Hablar bien en público sí se puede
© 2014, Germán Díaz Sossa
© 2014, Intermedio Editores S.A.S.
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Rafael Rueda Ávila
Intermedio Editores S.A.S.
Av. Jiménez # 6A-29, piso sexto
www.circulodelectores.com.co
Bogotá, Colombia
Primera edición, mayo de 2014
Este libro no podrá ser reproducido,
ni total ni parcialmente, sin el previo
permiso escrito del editor.
Epub por Hipertexto / www.hipertexto.com.co
ISBN: 978-958-757-391-6
Introducción
Para pararse a hablar frente a un grupo no se necesita ser valiente sino
tener el dominio de unas técnicas y de uno mismo. Este libro analiza en
profundidad este proceso y formula recomendaciones concretas y prácticas,
con el propósito de brindarle a usted todos los elementos necesarios para
ejercer dominio sobre los grupos mediante la comunicación. En este
momento tiene usted en sus manos una extraordinaria herramienta intelectual
y, como autor, puedo afirmar con total certeza, que todas sus dudas sobre el
tema serán despejadas y recibirá valiosas enseñanzas que le ayudarán a
superar el temor de hablar en público.
Para la preparación de este libro realicé un gran trabajo de investigación,
viajé durante varios años por diferentes naciones como Estados Unidos,
Colombia, Argentina, México, España, Chile, Guatemala, Honduras, El
Salvador, Costa Rica y Panamá, entre otras, para entrevistar a oradores y
profesores con amplia experiencia en el campo de la oratoria, así como a
personas en capacidad de analizar a quienes comunican frente a los grupos. A
las entrevistas se suman algunos casos reales ocurridos en distintos lugares
del mundo, además del resultado de mis consultas a profesionales
especializados en la psicología del comunicador, el manejo del idioma, el
fortalecimiento de la memoria, la imagen, el manejo, el cuidado de la voz,
etc.
Las entrevistas sumaron más de cien y entre los entrevistados podemos
destacar a Zenaida Orozco y Jaime Girón Peltier, del Instituto Dale Carnegie
de México1; Leopoldo Barrionuevo, reconocido conferencista y autor
especializado en mercadeo y ventas; Mauricio Piñol, del Instituto Carnegie de
Guatemala; Rony Galdámez Carías, del Instituto Carnegie en El Salvador;
Luis Alfonso Anleu, del Instituto Og Mandino en Guatemala; José Manuel
Paredes, del Instituto Dale Carnegie en Panamá; Horacio Serpa Uribe,
excandidato presidencial de Colombia; Enrique Castellanos Rojas, del
Instituto Dale Carnegie de Nueva York, considerado como uno de los
mejores formadores de instructores y alumnos en el mundo; Miguel Ángel
Cornejo, el conferencista latinoamericano que más se escucha
internacionalmente, autor de unos cuarenta libros; varios expertos egresados
del Instituto Dale Carnegie Center of Excellence; Juan Gossaín, exdirector de
la cadena de noticias RCN; Hernando Santos Castillo, director del periódico El
Tiempo de 1981 a 1999; Daniel Samper Pizano, columnista reconocido
internacionalmente; el expresidente de Colombia Alfonso López Michelsen.
No solo hablé con oradores expertos sino también con personas que pudieran
indicar cuándo, en concepto de ellos, un orador es bueno, cuándo fracasa,
cuál es el peor defecto que puede tener, qué tipo de conferencistas los animan
a escucharlos, cuál es el mejor orador que han oído y por qué lo consideran el
mejor.
Sus respuestas fueron muy enriquecedoras. Así pues, pienso que en este
libro están todas las recomendaciones, observaciones y enseñanzas que
puedan necesitar los conferencistas profesionales, aficionados y principiantes.
Sin lugar a dudas, la manera de comunicar en un país puede ser diferente a
la de otro. Justamente por eso recurrí a los más destacados conferencistas de
muchos países, con el objeto de que orientaran a sus pueblos en el tema de
hablar en público.
Centenares de personas me han dicho que cuando pretenden hablar frente
a un grupo, hablar de pie, pensar de pie, se asustan, tiemblan, se les seca la
boca, les da taquicardia, no pueden razonar con fluidez, concentrarse y
muchas veces olvidan lo que iban a decir o incluso sienten ganas de ir al
baño. La mayoría dicen con nostalgia que de sus manos se han escapado
grandes oportunidades por no haber sido capaces de vencer su miedo a
comunicar de pie, frente a un grupo. Sé de estudiantes que perdieron materias
en la universidad porque se negaron sistemáticamente a pararse a exponer sus
ideas. No fueron capaces de hacerlo. Otros pierden ascensos que les
significarían mucho en su profesión, en su proyección, económicamente, por
su incapacidad para hablar bien en público. Y esto ocurre en el mundo entero.
José Manuel Paredes, del Instituto Carnegie de Panamá, indica: «Creo que el
arte de hablar en público se desarrolla. En mi opinión, todos tenemos
capacidad para lograrlo. Se requiere algo de disciplina, algo de esfuerzo
personal, algo de interés. Hay que lanzarse al agua». En un libro que leí
alguna vez encontré esta maravillosa frase: «Actúa como si fuera imposible
fracasar y triunfarás».
Por su parte, Rony Galdámez Carías, del Instituto Carnegie de El
Salvador, me dijo:
Hay que tener una actitud positiva frente al reto de hablar en público. Hay que querer hacerlo y
hacerlo bien. Si tiene conocimiento de su tema, si sabe cómo desarrollará la conferencia, si
domina el tema, lo demás es afinar la puntería con algunos detalles. Se necesita mucha práctica
para lograr habilidad.
Zenaida Orozco y Jaime Girón Peltier, del Instituto Carnegie de México,
apoyan: «Todos tenemos habilidades para hablar frente a los grupos, pero se
necesita capacitación y, luego, mucha práctica. Nunca digamos “no” antes de
intentarlo. Todo está en nuestra mente».
A este respecto, el español Antonio Fernández Manzano nos dijo:
La gente tiene el potencial, pero se deben capacitar para desarrollarlo. Primero hay que saber
qué hacer y luego dedicarse a practicar. Habrá unos mejores que otros, pero pienso que
cualquier persona se puede convertir en conferencista si se prepara, practica y habla de lo que
sabe.
Por fortuna, en este libro usted encontrará lo que debe y lo que no debe hacer
frente a un grupo, para convencerlo, para entusiasmarlo, para venderle sus
ideas. Afortunadamente también, se cuentan por millares las empresas en el
mundo que, conscientes de la imperiosa necesidad de que sus ejecutivos
comuniquen mejor, contratan este tipo de seminarios talleres. Yo dicto mis
seminarios en muchos países de habla hispana, desde hace unos veinticinco
años. Tomar seminarios talleres prácticos en un ochenta por ciento es muy
importante. Se aprende a hablar hablando.
Decenas de personas me han dicho que, al no hablar bien en público, «se
perdió la oportunidad». Y yo pienso: «Quédese tranquilo que las
oportunidades nunca se pierden. Siempre las toma otro. Usted las dejó pasar,
pero otro las tomó».
Grandes oportunidades, seguramente, han pasado por su lado y han
seguido derecho por su dificultad para comunicar. Este libro se ilustra con
experiencias reales, verdaderas, que le dejarán mensajes muy claros. Cada
uno de nuestros entrevistados le aportará valiosas y hermosas enseñanzas
sobre la vida y sobre las claves para hablar bien en público.
Para terminar esta introducción, quisiera mencionar a otros de los
personajes entrevistados: Pedro H. Morales, considerado uno de los mejores
oradores de América; Ignacio Orrego Rojo, conferencista colombiano,
destacado en el ámbito nacional e internacional; Ivette Consuelo Hernández,
fonoaudióloga; Jaime García Serrano, ganador de varios premios mundiales y
conocido como la computadora humana; Fernando Villa Uribe, quien fue
profesor de oratoria por más de cuarenta años; Hugo Plazas Dennis, uno de
los más destacados conferencistas de América; los psicólogos Rodrigo
Sepúlveda y Hugo Mastrodoménico; Diana Neira, experta en manejo de
imagen; Bill Valenti, profesor de oratoria en diferentes ciudades de Estados
Unidos; y Antonio Fernández Manzano, profesor en diferentes ciudades de
España.
Todos podemos ser buenos oradores
Quien no comunica es como si no existiera
EL ASCENSO DEL SEÑOR FERNÁNDEZ
La siguiente es la historia de un ingeniero civil que estuvo en el seminario
«Así se Habla en Público», que yo dirijo. Todo ocurrió exactamente como se
narra, pero he determinado cambiar su nombre y lo llamaré el doctor Aurelio
Fernández. El doctor Fernández trabajaba como director administrativo de
una compañía de construcción. Era la persona que más laboraba en esa
empresa. Establecía dónde había lotes en venta, entraba en contacto con sus
propietarios, realizaba estudios de factibilidad para proyectos de vivienda,
trazaba políticas de ventas y de precios, etcétera. Solo había algo que no
ejecutaba: exponer.
Cuando toda la información había sido recopilada, cuando estaba listo el
proyecto y hasta las maquetas habían sido elaboradas, sus compañeros lo
felicitaban, le informaban la fecha de la reunión de Junta Directiva en la cual
se debía presentar el plan y lo invitaban a que lo hiciera. Él siempre respondía
lo mismo:
–¿Yo? ¿Hacer el ridículo, yo? No. Exponga usted.
Y, claro, sus compañeros jamás perdían estas oportunidades de oro,
maravillosas. La ocasión les era servida en bandeja por Aurelio.
El expositor delegado frente a la Junta Directiva, decía cosas como estas:
Logramos establecer que hay un lote con las siguientes características en este sitio. Hicimos un
estudio de factibilidad y establecimos que se puede desarrollar un proyecto con tales y tales
especificaciones. Nosotros pensamos que los precios de venta pueden oscilar entre esta y esta
cifra.
Al final, el expositor recibía un gran aplauso. Y muchas veces hasta un
ascenso.
–¿Aurelio Fernández tiene algo que anotar? –preguntaba el presidente de
la Junta Directiva.
Fernández, arrinconado, agachado, apocado, respondía:
–No señor.
–Está bien –indicaba el directivo–. Se acabó la reunión. Excelente
proyecto y excelente exposición. ¡A ver ese aplauso para nuestro investigador
y expositor!
Y pensar que prácticamente todo el trabajo lo había hecho Aurelio.
Pero un día las cosas cambiaron. Fernández determinó tomar el seminario
«Así se Habla en Público». Sufría, en verdad, grandes dificultades. Era
inseguro y dudaba de sus capacidades. Además, era autocrítico en exceso.
Pero, y eso lo aceptaban sus propios compañeros, era un excelente trabajador.
Lucía temeroso y apocado, aunque, definitivamente, se empleaba al máximo
en su labor.
El señor Fernández, al igual que todos los alumnos, participó en unas
dinámicas con las que arranco de las personas el temor al ridículo. Se trata de
dinámicas fuertes, pero efectivas. De procedimientos incómodos, pero que
aportan resultados contundentes. Siempre he creído que sin dolor no hay
recuperación. También sabemos que el ser humano muchas veces crece más
con la adversidad que con el éxito. Es más: hay éxitos que pueden arruinar y
hasta acabar la existencia de las personas, si no los saben manejar y si les
aparece la soberbia y la prepotencia.
Miguel de Unamuno decía que «un pedante es un estúpido adulterado por
el estudio» y John Gardner, el escritor inglés, reflexionaba en los siguientes
términos:
Un plomero excelente es infinitamente más admirable que un filósofo incompetente. La
sociedad que desdeña la excelencia de un plomero porque su oficio es humilde y tolera a los
filósofos chapuceros porque la filosofía es una actividad excelsa, no tendrá ni buena plomería ni
buena filosofía.
Pero volvamos con el señor Fernández, luego de estas reflexiones que desean
dejar enseñanzas valiosas.
El señor Fernández realizó varias exposiciones. Le formulamos las
observaciones pertinentes y descubrió algo maravilloso: que sí era capaz de
pararse frente a un grupo y hablar. Todo esto lo consiguió durante nuestro
seminario. Hizo exposiciones realmente buenas. Estuvo inmerso en el
proceso durante varios días y al final esto fue lo que dijo: «Me siento una
persona diferente; ahora sé que soy capaz».
«Es cierto aquello de que nadie da tanto como quien da esperanza», pensé
aquel día. Y siento lo mismo en cada uno de mis seminarios.
Luego de algunas semanas, nuestro director administrativo, el señor
Fernández, se comunicó conmigo y con voz emocionada me dijo:
–¿Me recuerda? Soy Aurelio Fernández. Estoy feliz y lo llamo para
compartirle mi alegría. Cuando decidí tomar el seminario, era director
administrativo de mi empresa. Hoy fui nombrado gerente administrativo y
financiero. Digo que nací el 4 de marzo y que mi papá se llama Germán Díaz
Sossa.
¿Qué fue lo que pasó con el señor Fernández? ¡Que habló! Terminado el
seminario, continuó haciendo el trabajo intenso de siempre. Pero a la primera
oportunidad expuso un proyecto ante las directivas. Lo hizo con entusiasmo,
brío y confianza. Luego realizó otras exposiciones. Así fue acumulando
experiencias positivas y mejoraba sustancialmente exposición tras
exposición. Un día cualquiera, renunció el gerente financiero y administrativo
de la firma. Se reunió la Junta Directiva, se estudiaron nombres del posible
sucesor y fue escogido el señor Fernández, quien desde mucho tiempo atrás
merecía esa oportunidad, solo que sus superiores no lo sabían. Siempre
hemos creído que quien no comunica es como si no existiera. Y quien no
comunica bien, no administra, no se relaciona ni vende bien. Los sueños, sin
acción, son desilusión.
Si yo tuviera posibilidad de delegar puestos de importancia en una
compañía, los pondría en manos de personas que muestren liderazgo, arrojo,
confianza. Si hay algo que dé don de mando en poco tiempo, es una
comunicación adecuada.
Haga a un lado las censuras internas
Tal vez una de las más grandes satisfacciones que pueda sentir un ser humano
la obtiene cuando los demás, luego de un discurso, piensan como él. En ese
momento se siente fuerza, dominio, poder, satisfacción, alegría, emoción.
Esas son las mieles que usted puede disfrutar, si realmente tiene el ferviente
deseo de desarrollar esta habilidad. Se trata de esas emociones que nunca se
olvidan. «Dos minutos antes de ponerme de pie –le decía un orador al
maestro Dale Carnegie– prefiero que me den azotes a empezar. Pero dos
minutos antes de sentarme, prefiero que me den un tiro a terminar».
Podemos decir que en el mundo hay millones de oradores. Pero, ¿por qué
tan pocas personas hablan frente a grupos? Sencillamente, porque esos
millones no han descubierto que son capaces, no han vivido experiencias en
esta área y, en consecuencia, prefieren, agachados en los rincones, guardar
silencio cuando tienen cosas importantes que decir.
Hay un proverbio americano preñado de verdad: «El éxito es una escalera
por la que no puedes subir con las manos en los bolsillos». Hay que trabajar
para conseguir nuestras metas. El único sitio donde el éxito está antes que el
trabajo es en el diccionario. Usted puede hablar bien en público. Ojalá nos
diera chance de demostrárselo.
José Manuel Paredes indica:
Pienso que todos tenemos un potencial de hablar en público que puede y debe ser desarrollado;
dentro de nosotros está la capacidad esperando a ser explotada. Uno puede transformar rasgos
de su personalidad, trasformar su vida con tan solo proponérselo. Si decide ser alguien, lo
conseguirá. Quien desee hablar en público, lo que tiene que hacer es proponérselo. Hay que
decidirse a hacerlo y lo hará.
¿Cuántas veces usted, durante una conferencia, ha tenido una pregunta y se la
guarda por temor al ridículo, al fracaso, al qué dirán, y una persona que está a
su lado formula, justamente, la pregunta que usted tenía?
«Maldita sea –dice usted–. Justo lo que yo iba a preguntar. Me ganó. Qué
hombre tan de buena suerte».
Realmente no es de buena suerte. Sencillamente tuvo dominio de sí
mismo, aplastó el temor al ridículo y formuló la pregunta.
Y viene lo más frustrante: «Me parece extraordinaria su pregunta, amigo»,
dice el conferencista.
¿Cuántas veces, en una reunión de trabajo, ha tenido una opinión, se la
guarda y, dos minutos después, alguien hace justo el aporte que usted tenía en
mente? Y quien formula esa opinión es felicitado...
«Maldita sea –se recrimina usted–. Me ganaron de nuevo».
Existen métodos –nosotros los practicamos día a día en nuestros
seminarios– para eliminar las censuras internas que, unos más que otros,
tenemos los seres humanos. O usted acaba con esos censores mentales o esos
censores acaban con usted y con sus oportunidades. Es imperioso que pierda
el miedo al ridículo, se pare y hable.
El temor a formular cuestionamientos, aportar comentarios o hablar frente
a grupos es sencillamente ridículo. Otórguenos la oportunidad y lo
borraremos por siempre de su mente, de su humanidad.
Los oradores se hacen
Millares de personas que han pasado por mis cursos expresan el deseo de
perder el miedo a los auditorios, hablar con seguridad, realizar exposiciones
coherentes. Quieren convencer a su auditorio, venderle sus ideas.
Pensamos que todas las personas, si se dejan guiar por un experto, pueden
desarrollar la habilidad para hablar frente a grupos. Es algo que hemos visto
en centenares de seminarios, dictados en muchos países. Los conferencistas
no nacen. Se hacen.
En mis seminarios puedo determinar, a ojo, cuáles son los estudiantes que
desarrollarán más confianza y habilidad para comunicar frente a grupos. Los
que más avanzan son los que tienen una ferviente necesidad y el deseo de
salir adelante en esta área. Se les notan la atención, las ganas, el deseo de
superar ese miedo absurdo que paraliza a quienes, por falta de experiencia,
prácticamente no pueden comunicar frente a un auditorio.
De lo que se trata es de intentarlo. La persona descubre, casi con asombro,
que sí es capaz de hacer aquello que tanto temía, eso de lo que tanto había
huido. En nuestros seminarios no solo damos información, técnicas, teorías
sobre comunicación, sino que les despejamos a los asistentes las barreras que
ellos mismos se han creado y que los paralizan a la hora de hablar de pie. Hay
personas que nos dicen:
Yo, cuando estoy sentado, reflexiono perfectamente sobre un tema que conozco, tengo
argumentos interesantes, puedo hacer aportes valiosos y los hago. Pero cuando me dicen que me
pare y repita lo que he dicho, me paralizo, todo se me olvida, comienzo a sudar, a temblar, me
da taquicardia y no puedo, prácticamente, ni abrir la boca. Esto es supremamente raro.
«Realmente –les decimos– no es nada raro». Y argumentamos que las
personas, cuando están sentadas, piensan, hablan, reflexionan, discuten, con
gran solvencia, por una sencilla razón: tienen gran práctica en hablar
sentadas. En cambio, cuando se ponen de pie, quedan en un estadio
completamente diferente. No están acostumbradas a reflexionar ni a hablar
paradas. Y es por eso que se desencadenan todas esas reacciones indeseables.
«No vuelvan a decir sentados lo que puedan decir parados», les decimos
una y mil veces a los alumnos del seminario. Practiquen, practiquen,
practiquen, les recomendamos con la certeza de que ese es el camino más
corto y el más completo. De lo que se trata es de que acumulen experiencias
positivas. El único método que sirve para consolidar la confianza y
convertirse en un buen expositor, es practicar, practicar y practicar. Luego,
siga practicando. De hecho, en una gran investigación realizada en Estados
Unidos sobre el miedo a hablar en público, se concluyó que el noventa por
ciento de las personas superaban el temor practicando, practicando y
practicando. Y el diez por ciento restante, también lo superaba practicando,
practicando, practicando y practicando un poco más.
El gran secreto consiste en consultar a un experto, saber exactamente qué
es lo que hay que hacer y qué no y, luego, no perder oportunidad de pararse a
hablar. De lo que se trata, reitero, es de acumular experiencias, experiencias
positivas.
José Manuel Paredes, del Instituto Dale Carnegie de Panamá, asegura que,
por ejemplo, en las reuniones de padres de familia, los que levantan la mano
y exponen, terminan imponiendo sus criterios sobre los que se quedan
sentados, apocados, temerosos. Agrega que, entonces, unos conducen el carro
cómodamente y los otros se dedican a empujarlo.
Antonio Fernández Manzano, experto español en el tema, señala:
Hay que estar preparados y hablar del asunto que se domine. El conferencista puede tener la
certeza absoluta de que, en la medida en que practique, cada vez tendrá menos temor. En sus
primeras charlas estará nervioso; luego irá ganando confianza y, finalmente, sentirá verdadera
pasión por hablar frente a los grupos.
Hay quienes suponen que los oradores nacen, pero la verdad es que se hacen.
Solo necesitan dominar unas técnicas. Esto no es tan difícil como la gente
supone. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que es el noventa por
ciento menos difícil de lo que la gente cree. Y hay que ver las satisfacciones
maravillosas, inmensas, que otorga este nuevo poder.
La capacitación es imperiosa. Emilio Romualdo Santamaría, instructor del
Instituto Dale Carnegie de Honduras, nos manifestó lo siguiente: «Las
personas se crean barreras y piensan que no son capaces de hablar bien en
público. Cuesta convencerlos de que están haciendo las cosas bien. Nosotros
realmente no les adjudicamos habilidades a las personas. Ellas las traen, aquí
les ayudamos a verlas y, al verlas, las van desarrollando».
A su turno, Mauricio Piñol del Instituto Carnegie de Guatemala, indica:
Desearía que las personas busquen capacitación en esta área tan importante. Se trata de un
elemento realmente clave para el éxito de la gente. En varios países, por ejemplo en Guatemala,
están despidiendo gente y, muchas veces, despiden justamente al menos capacitado. Ahora bien,
tampoco es justo que un gerente aspire a que sus subalternos hagan grandes presentaciones, si
no los ha capacitado.
Hace algunos meses hablamos con el presidente de Aviatur, Jean Claude
Bessudo, quien al respecto nos dijo: «Delegar, sin capacitar, es claudicar». En
efecto, nadie puede hacer bien lo que no sepa hacer. Capacitar es hacer capaz
a alguien de hacer algo. En el transcurso de uno de nuestros talleres, uno de
los participantes hizo un comentario lleno de gracia y de verdad. Dijo:
«Pilotear un avión es fácil… ¡Para el piloto!».
Hay personas que sienten muchos nervios y por eso no levantan la mano,
no se paran y hablan. José Manuel Paredes, del Instituto Carnegie de Panamá,
opina:
Los nervios no son otra cosa que un efecto; lo que la persona debe trabajar es la causa. Y,
generalmente, el temor lo origina la falta de habilidad, de experiencia. Hay que practicar. Todo
lo que uno practica se puede convertir en una cualidad permanente. Al principio será difícil.
Cuando uno está aprendiendo a nadar, traga agua. Cuando está aprendiendo a montar en
bicicleta, se cae. Pero, posteriormente, es posible que flote sin mover ni un músculo y que
conduzca la bicicleta hasta sin utilizar las manos. Y esto no es nada distinto que habilidad. Todo
lo que sea una habilidad se desarrolla con la práctica.
Es posible que nunca le desaparezcan las mariposas del estómago. Pero lo
que sí es posible es ponerlas a volar en orden. «La práctica hace al maestro.
De todas formas, casi siempre habrá un poquito de ansiedad, lo cual
demuestra el respeto y el compromiso que tenemos frente al grupo», anota
Zenaida Orozco en la entrevista que me concedió.
Una persona puede llegar a reflexionar, a comunicar parada, lo mismo o
mejor que sentada. Solo necesita dominar unas técnicas y acumular
experiencias positivas.
EL DESCUBRIMIENTO DE ALBERTO
Conocemos el caso de Alberto, quien se ubicaba en el último rincón de un
salón de tertulias, donde se hablaba sobre todo tipo de temas que eran
propuestos por el coordinador de turno. Él comenzó a asistir justamente para
averiguar por qué sentía verdadero pavor cuando tenía que pararse a hablar
frente a un grupo de médicos en el consultorio de su propiedad. Narra así su
experiencia:
Comencé a asistir para ver a esos héroes que se paraban y decían algunas palabras, por cuatro,
cinco o seis minutos. Hoy recuerdo que para ir hasta la greca y servir un tinto, era necesario
atravesar el salón. No tomé tinto durante un año, por el físico temor de recorrer el salón. Un día
me inscribí en un curso de oratoria, fui guiado por un buen maestro, hice mis primeras
intervenciones y descubrí que sí podía. Me pareció tan increíble como emocionante. En una
oportunidad preparé una pequeña charla para la tertulia, pedí la palabra, me paré y hablé. Al
final recibí un aplauso. Me siento realmente feliz. Vencí ese miedo y en la medida en que
realizo exposiciones, en todo tipo de lugares, cada vez tengo más confianza y hablo con más
naturalidad. Definitivamente es verdad aquello de que la experiencia hace al maestro.
«Antes Alberto se moría de pánico y ahora es uno de los mejores
expositores», dice uno de sus amigos.
Cuestión de tiempo, aprendizaje, esfuerzo y sacrificio
Hay millones de personas, en Colombia y en el mundo, cuyos primeros
discursos fueron un fracaso. Pero siguieron luchando, con valor y decisión,
hasta cuando lograron dominar esta habilidad.
Recuerdo que cuando niño alquilaba los fines de semana una bicicleta y
que me caí decenas de veces, hasta que aprendí. Actualmente lo hago en
forma destacada. Es una habilidad que jamás se irá de mí, mucho menos si
practico, como lo hago en ciertas oportunidades.
Hoy tengo la certeza absoluta de que si algún día deseo aprender a patinar
sobre el hielo caeré en muchas oportunidades, pero lo intentaré una y otra vez
hasta conseguir el dominio de esa disciplina. Lo importante no es no caer,
sino levantarse. Y tener perseverancia. Tener el firme deseo de romper los
obstáculos. Usted puede hacerlo, luego de leer este libro, de consultar un
experto, si es necesario, o tomar un seminario sobre el tema. Llene la cabeza
de conocimientos, que después esos conocimientos le llenarán los bolsillos de
plata. Quien dice que la capacitación es costosa, es porque no le ha hecho el
cálculo a la ignorancia. Nadie puede hacer bien lo que no sepa hacer.
Nunca olvidaré la historia de un gran maestro de piano, quien cierto día
realizó un majestuoso concierto. Una mujer, de unos sesenta años, se le
acercó y le dijo, mientras le acariciaba el brazo:
–Maestro: yo daría hasta mi vida por tocar como usted.
–Pues yo la he dado, mi señora –le contestó el pianista.
Las cosas que realmente valen la pena, requieren tiempo, aprendizaje,
esfuerzo, sacrificio. Por ejemplo, la oratoria o el estudio de un idioma.
Pensamos que un altísimo porcentaje de los niños y adultos de muchos
lugares del mundo desearían hablar inglés o francés. Sin embargo, ¿por qué
tan pocos hablan esas lenguas que cada vez son más importantes? Bueno:
pues sencillamente porque no están dispuestos a pagar el precio, en sacrificio,
para dominar una segunda lengua. Y, mientras tanto, las oportunidades
continuarán pasando por su lado. Aprender sin ningún esfuerzo es el deseo de
mucha gente. No faltaría gente dispuesta a pagar para que le inyecten
conocimiento, pero esto no es posible. Ahora bien. Hay que lanzarse, sin
esperar ser perfecto. Como dice mi colega y amigo Joachim de Posada:
«Cualquier cosa que valga la pena hacer en la vida, vale la pena hacerla
mal…¡hasta cuando aprenda a hacerla bien!».
No sobra repetir que una vez adquirido el conocimiento, es necesario
practicar, practicar y practicar. Platón decía que «quien aprende y aprende y
no practica, es como quien ara y ara y no siembra».
Hay habilidades que se pierden por falta de práctica. Se pueden contar por
millones las personas que aprendieron un idioma y que, por no practicarlo, lo
olvidaron. Y normalmente el argumento para justificar esta actitud
injustificable es: «No tenía con quien practicar».
Sin embargo, Luis Jorge Santos, fundador de los institutos de enseñanza
de inglés Winston Salem, dice que una persona no perdería habilidad si lee en
inglés, oye música, ve canales internacionales y, lo que es más importante,
lee en voz alta durante diez minutos al día. Al leer en voz alta, es como si
estuviera hablando con otra persona. No perderá su habilidad para pronunciar
en una lengua foránea.
Cuando le preguntamos a Pedro H. Morales, conferencista que trabajó en
varios países de habla hispana, qué debe hacer una persona para ganar
confianza y seguridad, nos contestó: «Entrenamiento. La única forma que
existe en el mundo es el aprendizaje y el entrenamiento. Tal como la gente se
perfecciona en un deporte, el tenis, la natación, el golf, exactamente,
mediante la ejercitación puede perfeccionar su oratoria».
He visto a millares de personas que, al iniciar, sienten turbación y nervios.
Incluso muchos piensan y dicen que jamás superarán esta situación. Pero
luego comprueban que sí pueden, si realmente tienen el ferviente deseo de
desarrollar esta habilidad. No olvide que no hay cosas imposibles sino
hombres incapaces.
Muchos oradores ya famosos, hábiles, reconocidos, sienten cierto temor
antes de iniciar. Pero este temor jamás los paraliza. Lo que realmente
demuestra esa ansiedad inicial es que son personas responsables, que saben la
clase de compromisos que enfrentan. Nunca desaparecerá la inquietud, la
ansiedad, antes de una intervención frente a un grupo.
Si una persona realmente tiene el deseo de aprender a hablar de pie, frente
a grupos, si tiene un deseo vivo, puede contar con la certeza de que logrará el
éxito. Bueno, realmente uno tiene gran éxito cuando aprende cosas que le
gustan, que desea fervientemente. Tal vez por eso yo fui un buen estudiante
de historia, geografía, español y pésimo en matemáticas, cálculo y álgebra.
Es muy importante que piense lo que significará en su vida esta habilidad.
Lo que significará en términos de nuevas oportunidades en el estudio, en el
trabajo, en su comunidad. Si algo da don de mando, es la comunicación.
Piense en las satisfacciones espirituales y de toda índole que le brindará el
hablar hábilmente frente a grupos. Y luego, manos a la obra.
Samuel Aun Weor, escritor colombiano que fundó un movimiento
neognóstico, dice: «Para cambiar es necesario saber; para saber hay que
aprender; y para aprender hay que hacer grandes sacrificios».
Hay que confiar en que sí se puede, como decía el expresidente
colombiano Belisario Betancur. «La confianza en sí mismo, es el primer
secreto del éxito», opinaba Ralph Waldo Emerson, escritor estadounidense.
¿O usted qué cree?
Hoy realmente todo es comunicación. Veamos cómo en la medida en que
los procesos se automatizan, la gerencia cada vez se centra más en la
comunicación.
Antes los gerentes vigilaban que los operarios hicieran marchar máquinas.
Pero hoy la mayor parte de las máquinas son automáticas, los procesos son
automáticos y, en consecuencia, el gerente se dedica a otra tarea vital: lograr
metas, organizar el trabajo, señalar políticas, pautas, misiones, etc. Es decir,
dirigir la orquesta. Y todo lo hace mediante la comunicación.
Decídase y láncese
Es imperioso lanzarse de una vez por todas. Los auditorios no comen gente.
Mao Tse Tung decía que vivir no consiste en respirar...sino en obrar. El
escritor y filósofo inglés, Geoffrey Chaucer, opinaba, por su parte, que «el
que nada emprende, nada concluye».
Si usted no lo intenta, es posible que luego le pese profundamente, hasta
con dolor. Un día le preguntaron a ese fabuloso actor norteamericano, Dustin
Hoffman, si estaba satisfecho con lo que había vivido, con lo que había
logrado. Y respondió algo que debe ser una lección para todos nosotros:
Un día le pregunté a mi padre, quien trabajaba con enfermos terminales, si las personas que
habían muerto de cáncer y con las que había estado, tenían algo en común, y él me respondió
que la ira. No la ira porque fueran a morir, sino la ira por lo que no habían hecho en sus vidas,
por las cosas que pudieron haber hecho. Así se tiene esa sensación a los 51 años y no quiero
estar rabioso por eso. Hay que hacer cosas.
El gran conferencista mexicano Miguel Ángel Cornejo está convencido de
que, definitivamente, hay que lanzarse al agua. Y si se cae, hay que
levantarse e insistir. La práctica le dará una gran habilidad para hablar frente
al público.
Hay que tomar la decisión y actuar. Homero decía: «Jamás seré un
obstáculo para mí mismo». Usted no puede seguir siendo un palo entre las
ruedas para su propio desarrollo.
Un fracaso no es el fin
Siempre se puede estar aprendiendo. El hecho de que usted tenga un pequeño
fracaso no significa que es un fracasado. Esto es absurdo. Siempre hay que
levantarse, luego de cada caída. Quien se prepare y tenga el ferviente deseo
de hablar y convencer auditorios, lo logrará tarde o temprano. Y será más
temprano que tarde, dependiendo de sus ganas y del esfuerzo que esté
dispuesto a realizar. Abandonar, a veces, tiene sentido. Abandonarse jamás lo
tiene. Como dijo alguien un día: «Voy de derrota en derrota, hasta la victoria
final».
El gran conferencista Leopoldo Barrionuevo nos dijo: «Usted puede
fracasar una vez y tener éxito después. Es como en el fútbol. No hay fracaso
permanente. Hay que prepararse cada vez que vaya a hablar frente a un
grupo».
Hablan los expertos
Alfonso López Michelsen
Entre las personalidades entrevistadas para este libro se cuenta el expresidente
de Colombia Alfonso López Michelsen. Van sus opiniones:
En su concepto, ¿cuándo un orador es bueno?
Cuando logra establecer una comunicación con su audiencia, poniéndose a su
nivel.
¿Cuándo es un fracaso?
De lo contrario, pese a las cualidades que lo adornen, el orador es un fracaso
cuando no consigue comunicarse con su audiencia al incurrir en el error, por lo
demás frecuente, de sobrevaluarla o subestimarla.
¿Cuál ha sido el mejor orador que usted ha escuchado y por qué lo
considera el mejor?
Sin duda alguna, el doctor Laureano Gómez. Su oratoria, principalmente la
parlamentaria, era un verdadero espectáculo que sustituía con ventaja cualquier
representación teatral. Era didáctico, sarcástico, lírico en el curso de una sola
pieza literaria. Por sobre todo, interpretaba a cabalidad un cierto sesgo
malévolo que es muy del gusto de la mentalidad política colombiana.
En su concepto, ¿cuáles son las principales cualidades que debe tener un
orador para impactar?
Creo que en las anteriores respuestas he definido mi concepto acerca de cuáles
son las principales cualidades del orador. Agregaría que la voz, más
propiamente la dicción y el ademán, son atributos esenciales del orador,
cualquiera que sea el género que cultive.
¿Puede mencionar alguna historia interesante en relación con el tema de
hablar bien en público?
Como no he sido orador, mal puedo evocar experiencias distintas de haber
salido bien en mi deseo de transmitir mi pensamiento.
¿Cómo se siente cuando va a hablar de pie ante un grupo? Por favor,
cuéntenos sus experiencias sobre este aspecto.
La circunstancia de ser una persona tímida y con una cierta dosis de
autocrítica, me previenen contra una excesiva confianza al hablar ante un
grupo, cualquiera que sea. Profeso la convicción de que, como en el verso de
Machado, en la oratoria se hace camino al andar. Poco a poco se va sondeando
el estado de ánimo de quienes escuchan y se busca el camino de llegar a su
pensamiento en procura de orientarlo hacia las tesis que uno se propone
desarrollar.
¿A usted qué tipo de oradores, de conferencistas, lo entusiasman, lo
animan a escucharlos?
Aquellos que mueven ideas y conquistan a su auditorio. Lo mismo me da que
sea un orador de plaza pública que un conferencista, pero siempre aprecio un
cierto vigor idiomático de buen gusto que revista de claridad la exposición.
¿Cuál es el peor defecto que puede tener un orador?
El peor defecto que puede tener un orador es no sintonizarse con su auditorio.
Desde el punto de vista literario puede una pieza oratoria ser magistral,
impecable al ser leída, pero si no llegó al corazón del auditorio no vale nada.
Frente al auditorio
Una persona debería hablar mucho mejor, con más entusiasmo, más ganas,
más deseos de convencer, más énfasis, cuando está frente a un grupo que
cuando no lo está. El auditorio debería incitarla a hablar con más ganas, a
vibrar con más fuerza para convencer.
A mí, por ejemplo, me gusta más hablar frente a doscientas, trescientas o
mil personas que frente a veinte o treinta. Una vez que el orador gana
confianza con la práctica, cuanta más gente haya, mejor. El grupo me incita a
continuar, a hablar. Es casi seguro que un cantante canta mejor ante veinte
mil personas que ante un grupo de amigos al lado de una chimenea. Es mejor
escuchar una carcajada o un aplauso de trescientas personas en un auditorio,
que de veinte personas en otro. Las reacciones de los seres humanos son
contagiosas. El entusiasmo que produce un buen orador, se contagia, crece, y
el orador, a su vez, se alimenta de esas reacciones que inspira.
Hemos hablado con muchos oradores profesionales y todos coinciden en
que se sienten mejor ante centenares de personas que ante diez o veinte. Nos
mencionan cómo su cerebro se despeja y se vuelve más agudo, incisivo,
rápido, y la manera estupenda como crece su carisma frente a un nutrido
grupo.
Hay una cosa segura: el adiestramiento, el dominio de unas técnicas y el
permanente ejercicio de esta habilidad irán eliminando a pasos agigantados el
temor al auditorio. El miedo será arrinconado por la práctica y la
acumulación de experiencias positivas. Es un hecho millones de veces
comprobado. No diga sentado lo que pueda decir parado. Aproveche toda
oportunidad, en el colegio, la universidad, el trabajo, en sus reuniones, para
levantarse y realizar sus exposiciones. Notará cómo con la práctica, el temor
cada vez disminuye. Y notará luego que hablar parado se convierte en un
verdadero placer. Podríamos decir que es uno de los más grandes placeres
que existen. Usted sí puede vencer el miedo absurdo a hablar parado, a
exponer de pie. Siga nuestros consejos y lo logrará. Usted no es el único que
siente ese temor. Muchos grandes oradores también lo sintieron, pero, como
tractores, pasaron por encima de esos miedos, los dejaron aplanados en las
vías polvorientas y se convirtieron realmente en triunfadores.
«Puedes llegar a cualquier parte si no vas acompañado por el miedo»,
decía Confucio. También es cierto aquello en el sentido de que el que no
espera vencer, ya está vencido. En este sentido, el autor mexicano Héctor
Tassinari enfatiza: «Dios no te hubiera dado la capacidad de soñar, sin darte
también la posibilidad de convertir tus sueños en realidad».
El entusiasmo
El elemento más importante de la comunicación frente a grupos es el
entusiasmo. Como lo decimos en nuestros seminarios abiertos al público y
privados para empresas nacionales e internacionales, el entusiasmo puede ser
más del cincuenta por ciento de la posibilidad de éxito de un conferencista.
La comunicación frente a los auditorios debe tener fondo, pero también
forma. Y la mejor forma es hablar con vehemencia, con ánimo, con
entusiasmo, con ganas. ¿Con ganas de qué? De vender. De vender lo que está
pensando, lo que está planteando.
Luis Alfonso Anleu, instructor de los cursos Og Mandino, nos dijo:
Hay que hablar con pasión y con sentimiento. Diría que una charla sin sentimiento es una charla
mecánica. El sentimiento es aquella parte de mí mismo que le pongo a mi charla. Hay que dejar
ver las emociones. La emoción, la mayoría de las veces, despierta respuestas emocionadas en el
auditorio. Hay que hacer que la gente viva la charla y para eso se necesita meterle emoción.
Cuando las personas vibran, viven la charla, se emocionan, necesariamente hay éxito.
Mauricio Piñol lo apoya:
Hay conferencistas que tienen cosas muy importantes para decir, pero las dicen sin ánimo, sin
entusiasmo, sin brío y, en consecuencia, pierden al auditorio. Existen conferencistas que
duermen a los auditorios. Hay que hablar con ganas, con entusiasmo, con brío; no incurrir en la
monotonía, cambiar el volumen de la voz, hablar con pasión, si se desea tener éxito.
Zenaida Orozco y Jaime Girón Peltier, manifiestan que «los auditorios
reaccionan como los conferencistas. Un orador debe hablar con
convencimiento, con fuerza, con motivación, con convicción. El orador
recibe de lo que da». «Yo diría que el entusiasmo, al igual que el
aburrimiento, es contagioso», sentencia Luis Alfonso Anleu.
Hay que entender muy rápidamente que, desde el mismo comienzo, se
debe hablar con pasión o se fracasará. Bill Valenti, conferencista
norteamericano, señala:
Pienso que uno de los peores defectos de un conferencista, que necesariamente lo lleva al
fracaso, es hablar sin entusiasmo. Para mí, el entusiasmo es el elemento determinante en el éxito
de un expositor. Obviamente, su mensaje también debe ser sólido, interesante, lleno de
enseñanzas, pero es imperioso hablar con ánimo y determinación.
Por su parte, Enrique Castellanos, considerado uno de los mejores
instructores del mundo, señala: «El fracaso se produce cuando la actitud del
orador falla, ya sea por inseguridad, falta de empatía o poco entusiasmo».
El experto Ignacio Orrego Rojo, apoya a los anteriores y expresa:
Usted no podrá convencer a un auditorio si no le pone el corazón. Y eso nace del
convencimiento, pues si uno no está convencido, tampoco puede convencer a los demás. El
secreto lo resumo en una sola palabra: entusiasmo. Todo lo que uno hace con entusiasmo, queda
bien hecho.
Si el orador se muestra lánguido, el auditorio estará lánguido. Si tiene poco interés, su grupo
tendrá poco interés. La vehemencia es contagiosa. El entusiasmo es contagioso.
También el doctor Rodrigo Sepúlveda nos dio sus apreciaciones sobre el
tema:
Los auditorios responden como los oradores. Uno no puede pretender entusiasmar a un
auditorio, cuando uno mismo no está entusiasmado con su tema. Cuando no cree ni siente
fervientemente lo que va a decir. Hay una relación directa entre el entusiasmo del orador y el
del auditorio; entre mi decaimiento y el del auditorio. Si entro con una voz pausada, calmada,
lenta, monótona, sentado detrás de un escritorio, en un rincón, a hablar después de almuerzo a
cuarenta personas, a los diez minutos no hay nadie ahí. Puede que todos sigan sentados, pero
mentalmente se habrán ido. O estarán dormidos.
Así pues, no lo olvide: es imperioso hablar con ganas, con entusiasmo, con pasión.
Sobre las respuestas de los escuchas, Enrique Castellanos señala:
El auditorio responde como si fuera una persona sin inhibiciones de ningún tipo. Por ejemplo:
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Ante un orador aburrido, se duerme o se distrae.
Ante un orador entusiasta, se energiza.
Ante uno soberbio, se rebela.
Ante un orador simpático, se deja llevar.
Ante un orador inseguro, se incomoda.
Sí a la empatía, no a la confrontación
No sea nunca peleador frente a sus grupos. Enrique Santos Montejo,
«Calibán», famoso periodista colombiano, decía que para descargar los
espíritus es obvio comenzar por descargar de explosivos las palabras. Por mi
parte agregaría que hay que descargar de explosivos también las actitudes.
Comunique con el deseo de servir. Y jamás se enfrente a los miembros del
grupo. Tenga presente esta reflexión de Confucio: «Nunca contestes a una
palabra airada con otra palabra airada. Es la segunda la que provoca la riña».
Es realmente estúpido enfrentarse a un auditorio, pelear con un auditorio.
«Hay que generar empatía. Podríamos decir que en una sala de conferencias
lo más importante no es el orador, sino el auditorio. Un orador necesita
habilidad y humildad», opina Rony Galdámez, del Instituto Carnegie de El
Salvador. Y agrega:
Si no se tiene empatía, si no se llega al grupo, ¿de qué sirven la habilidad y el conocimiento? Si
no hay sintonía se le parte una pata al trípode. Eficacia, sin sintonía, no es lo adecuado. Si no
hay empatía con el grupo, es muy difícil hacer presentaciones, por brillantes que sean. El
auditorio debe ser acercado como nuestro amigo.
Los oyentes no ven al conferencista como enemigo. Pienso que no hay derecho a que uno
tenga que pagar entrada para ver a un enemigo, a menos que sea estratega militar y quiera
enterarse de los pasos y planes del adversario. Los auditorios deben ser considerados como
amigos.
Zenaida Orozco y Jaime Peltier recomiendan no entrar en controversia o
pelea con el grupo y piensan que lo mejor es decirles a las personas que están
en oposición que respetamos su punto de vista aunque no lo compartimos o
que se den la oportunidad de escuchar opiniones diferentes. En este sentido,
Galdámez añade esta interesante reflexión:
Supongamos que usted tiene toda la razón, pero rompe la empatía, la cordialidad con el grupo.
En ese caso, ¿de qué sirve tener la razón? ¿De qué sirve tener toda la razón si el auditorio está
en contra de su personalidad? Creo que no sirve de nada. Uno o dos individuos pueden tener un
punto de vista diferente. Usted debe respetar sus conceptos, aun cuando no los comparta.
Luego, continúe hablando para los 38 restantes, del grupo de cuarenta.
Así pues, en muy claro que para evitar confrontaciones inútiles, se respetan
los puntos de vista aislados y se continúa con el resto de la gente. Creo que es
lo ideal y proceder en esta dirección es de elemental sentido común.
«No me gusta la soberbia intelectual. Hay que respetar y escuchar con
mucha atención al auditorio. Me preocupa el discurso vacío que no tiene en
cuenta la presencia del otro. Hay que ser empático y sintonizarse con el
grupo. Sin eso, no hay nada», indica a su turno, el conferencista Leopoldo
Barrionuevo quien incluso, antes de muchas de sus conferencias, ora por sus
escuchas:
Esta gente merece lo mejor. Los aprecio porque me permiten ganarme la vida; me hacen
disfrutar de mi trabajo y, además, me pagan. Esta gente es muy valiosa, la aprecio mucho y voy
a hacer lo mejor por ellos, voy a dar lo mejor que tengo para su crecimiento.
Barrionuevo señala, además:
Creo que una persona prepotente, que no respete ni siquiera a su auditorio, cae como una patada
en el hígado. Cuanto más pase el tiempo, cuanto mejor hagamos nuestro oficio, cuanto más nos
aplaudan, debemos ser más humildes. No hay otra forma. A mí no me gustan los que hablan con
pedantería y soberbia.
«Sea una buena persona que habla bien en público. Realice esta labor con
amor», enfatiza Zenaida Orozco.
Si es del caso, dé la oportunidad de hablar a algunos escuchas. Formúleles
preguntas sobre lo tratado hasta el momento. Pídales opiniones sobre algún
aspecto. Pero jamás los desmienta de manera tajante. Es mejor orientarlos,
encausarlos, que desmentirlos. A nadie le gusta que lo rectifiquen en público.
Y si usted lo hace frecuentemente, el auditorio dejará de colaborarle. Si usted
pregunta y uno de los miembros del auditorio responde algo equivocado, pase
a otra persona, hasta cuando encuentre la respuesta correcta. Si alguien le da
la respuesta exacta, elógielo con efusividad. Esto animará la colaboración de
los demás. Si la respuesta es parcialmente cierta, encáusela. No desmienta.
Trate, mejor, de orientar conceptos otorgados por los escuchas. Entregue
armónicamente su opinión sobre el tema. A los auditorios no les gustan los
oradores camorreros, busca líos.
José Manuel Paredes señala:
He visto fracasar a muchos oradores que creen que son muy superiores al auditorio. Hay,
incluso, algunos que ven al grupo como ignorante. Cuando un expositor soberbio entra a pelear
con sus oyentes, los dos pierden. Hay que estar siempre abiertos a otras opiniones y respetar los
conceptos de los demás, aun cuando no los compartamos. Bajo ningún pretexto se pueden dar
peleas, que dejan frustrado al auditorio.
Emilio Romualdo Santamaría, instructor Carnegie, me dijo, por su lado, que
uno de los peores defectos que puede tener un orador es sentirse muy grande
y no escuchar ni aceptar sugerencias.
Hay personas soberbias que dicen que no les da miedo hablar en público,
se paran y hablan horas y horas. En realidad, parece que no les da miedo
hablar en público, pero al público sí le da miedo que ellos hablen. Hay
quienes lo hacen mal y creen que lo hacen bien. Hay quienes hablan al grupo
de cosas que no les interesan, que no les resultan valiosas. Existen quienes
hablan con palabras muy floridas, pero de temas que no le interesan al grupo,
y es ahí donde llega el fracaso».
Mauricio Piñol nos dijo que un grave defecto es creerse muy bueno,
cuando ni siquiera se es.
Hay conferencistas endiosados, especialmente por los aplausos que reciben. Considero defectos
la prepotencia, la soberbia, la «sobradez», como dicen en algunos países. Hay que tratar de
enseñar, tener cierto idealismo, trasmitir conocimiento de manera sencilla. Hay que estar más
dispuestos a dar que a recibir. Existen quienes, al término de una conferencia, preguntan:
«¿Cómo estuve yo?», en lugar de preguntar: «¿Qué reacciones tuvo el auditorio?»
Y hable con ganas. «El pensamiento apasionado –decía el escritor Ignacio
Lepp–, no deja indiferente a quien con él tropieza. Os obligará siempre a
tomar postura».
Por su lado, Coll-Vincent, expresa que «la conciencia que se tiene de las
cosas, creer firmemente lo que se dice, tener la necesidad de comunicar lo
que se sabe y lo que se vive, le da a la expresión el brío, el vigor, el nervio y
la convicción que le agrada a los auditorios».
La humildad, gran compañera
Rony Galdámez Carías, instructor Carnegie, aconseja:
Transmita lo bueno que tiene, con sencillez, sin pretender parecer un genio. Hay que establecer
sintonía con el grupo y no pensar que usted es muy inteligente y los demás muy brutos. No hay
sintonía cuando usted parece decir que es lo máximo y que ellos son mediocres; que tiene
enorme éxito y ellos son fracasados. Los auditorios no deben ser considerados como enemigos.
No es bueno caerle mal al auditorio, lo cual ocurre cuando el orador es presumido. La
prepotencia rompe la empatía.
«A mí me entusiasman, me invitan a escucharlos, los oradores o
conferencistas que tienen conocimiento del tema, lo hacen sencillo y claro, y,
desde luego, los que hablan con entusiasmo contagioso», dice Enrique
Castellanos.
El doctor Hugo Mastrodoménico, también psicólogo, señala que el orador
debe ser humilde:
Cuando esté tratando de prestar un servicio, con honestidad y humildad, cada vez que se le
presente un olvido, digamos, de una palabra, una fecha, una estadística, el auditorio le ayuda. El
deseo de servir y la humildad son definitivos y otorgan la colaboración de los escuchas.
El sacerdote Gonzalo Gallo indica que la humildad y el deseo de prestar
servicio son claves. «Muchas veces siento pena e incomodidad, porque lo
ponen a uno de artista cuando apenas es el pincel», nos dijo.
El periodista Andrés Salcedo González, presentador de televisión, narrador
deportivo de grandes medios nacionales e internacionales, conferencista y
columnista de prensa, manifestó enfáticamente cuando le pedimos que
mencionara un defecto de los oradores: «La arrogancia. Se trata de un defecto
que no tardamos mucho en descubrir, porque dictar una conferencia es tan
revelador como hacer strip tease. La arrogancia es una barriga fofa sostenida
con una faja».
Ignacio Orrego Rojo, master en administración de la Universidad de
Illinois, dijo que uno de los mejores oradores que ha escuchado en su vida fue
Og Mandino, «por su claridad y sencillez; por el mensaje objetivo y real que
transmite, y por el compromiso de acción que deja en sus escuchas».
Sea usted mismo
¿Cómo se debe comportar un orador frente a su auditorio?, le preguntamos a
Enrique Castellanos, uno de los mejores instructores de oratoria del mundo.
Su respuesta fue contundente: «Debe actuar sin máscaras». Miguel Ángel
Cornejo la complementa con su opinión: «Usted debe ser usted mismo. No
imite a nadie. No se sobreactúe, como los actores mediocres y con poco
sentido común».
Un orador es natural cuando utiliza su propio vocabulario, cuando habla
como lo hace habitualmente, ante un grupo de amigos en la sala de la casa.
Analicemos lo siguiente: ¿Uno cómo habla en la sala de la casa? Pues lo hace
naturalmente. Uno en la sala habla naturalmente con Francisco y con Martha,
sus amigos. Y acaso, ¿qué es un auditorio? No es, en nuestra opinión, nada
distinto a veinte Marthas y quince Franciscos. Pero como no son dos, sino 35,
solo hay que modificar dos cosas: hable más alto y ponga un poco más de
énfasis. Pero sea tan natural como en la sala de la casa. Hablar naturalmente
es la mejor manera de hacer exposiciones, por lo menos en los países de
habla hispana que conozco y en los cuales he dictado nuestros seminarios.
Con toda razón, Dale Carnegie y varios de nuestros entrevistados dicen
que los auditorios prefieren a los conferencistas que charlan con ellos, sobre
los que se dirigen a ellos. Las más de las salas de conferencias no son la
Cámara de los Comunes, el Congreso de la República o plazas en las que se
congregan seguidores de políticos.
Jamás utilice palabras rebuscadas, de difícil comprensión, términos
exóticos. Nos dice el autor Herbert V. Prochnow: «Usted habla con
efectividad completa cuando expresa sus ideas y su modo de ser. Por tanto,
nunca imite a nadie por mucho que admire su manera de hablar».
Aun cuando parezca contradictorio, como expresó el profesor Pedro H.
Morales, para hablar con naturalidad hay que practicar, ejercitarse. Hay
quienes hablan habitualmente con naturalidad y cuando están frente al grupo,
se vuelven solemnes, deseando mostrar el personaje que querían ser, llámese
profesor, obispo, diputado, abogado o cualquiera otro. No sea ceremonioso.
Eso ya pasó de moda hace muchísimos años. Jamás nos cansaremos de
indicar que los grupos prefieren a los conferencistas que charlan con ellos,
sobre los que se dirigen a ellos. Y la diferencia es un abismo.
Hable con sencillez. Hay una frase contundente, un verdadero martillazo.
La dijo Chesterton: «Una idea que no se puede expresar, es una mala idea;
una palabra que no se puede comprender, es una mala palabra».
Luis Alfonso Anleu, a quien entrevistamos en Guatemala, señala:
En mi concepto un orador es bueno cuando logra que todo su mensaje sea transmitido directa y
claramente al auditorio, cuando el auditorio percibe ese mensaje, lo ve y lo hace propio. En ese
momento, el orador se convierte en un educador, puesto que hace que su mensaje sea realmente
percibido por el grupo al cual va dirigido.
Nunca diga cosas en las que no crea. No adopte actitudes exteriores que estén
en contra de lo que piensa en su interior. Hay que ser coherentes,
consecuentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Cuando no sepa
algo que le pregunte el grupo, acéptelo. Si comete un error, indique que se ha
equivocado. Este tipo de actitudes, al contrario de lo que se piensa, inspiran
respeto para quien las asume. La persona gana credibilidad.
Joseph Folliet, renombrado autor de libros de oratoria, manifestó que «la
oratoria toma su verdadera fuerza de la energía profunda de la convicción».
Aunque hable con torpeza, aunque cometa errores y tenga defectos, un orador
sincero y honesto es aceptado. Este tipo de cualidades son detectadas al
rompe por el grupo. Es lícito que una persona se equivoque. El hecho de que
sea comunicador activo no lo hace infalible. Lo que no es lícito es que
mienta.
Zenaida Orozco señala que «entre los más graves defectos que puede tener
un orador figuran la vanidad, la falsedad, el querer apantallar, el querer
impresionar, el no ser específico o concreto, el no ser congruente, el no saber
estructurar su intervención, el no saber cómo empezar y cómo terminar, el no
tener una metodología».
Modelamiento y asertividad
Como lo veníamos diciendo, hay personas demasiado eruditas quienes, con
un discurso muy elevado, dejan perder al grupo, pierden la sintonía con su
auditorio.
Hay otros que son incongruentes: piensan de una forma, sienten de otra y
actúan de otra. Para W.J. Bryan, «un orador es quien dice lo que piensa y
siente lo que dice». Hay cierto porcentaje del auditorio que detecta la
incongruencia, la incoherencia. Finalmente, el mensaje no llega al grupo y el
orador fracasa.
Una persona puede desarrollar carisma y ángel por medio, por ejemplo,
del modelamiento y la asertividad.
¿Pero qué significa modelamiento? El psicólogo Rodrigo Sepúlveda dice
que modelamiento es apropiarse, imitar una tecnología, un conocimiento, una
forma de hacer, una técnica. No se trata, eso sí, de hacer chistes si otro
conferencista exitoso los hace. Ese no es el caso. Eso no es modelamiento.
Muy seguramente la persona que imita esos chistes no tiene la finura y la
gracia de aquel a quien se los escuchó. Modelar es tomar aquellos elementos
buenos, interesantes que otra persona tiene, que lo valorizan, y hacer una
adecuada transferencia a mi pensar, sentir y actuar propios, íntimos. Para ello
puede tomar como modelo a personas con un gran carisma, con ángel y
llegada a la gente, de forma que pueda obtener parte de esos elementos.
A la pregunta de qué es la asertividad, el psicólogo Sepúlveda dice que es
adecuar mi comunicación al otro, al que escucha, a los miembros del
auditorio. Es conseguir la empatía y la simpatía. Para desarrollar asertividad
se necesita conocer algunos datos claves y claros de quienes conforman el
auditorio. Hay que pulsar al grupo y sintonizarse con él. Se debe hacer una
lectura de las reacciones de buena parte del público y detectar si se está
llegando asertivamente. Por ejemplo, un orador dice una palabra exótica, rara
y nota una expresión de extrañeza en no pocos miembros del auditorio.
Proceder asertivamente es entrar a explicar ese término. No actuar
asertivamente es pensar: «¿No entendieron? A mí qué me importa. Que lo
busquen en el diccionario o en Google». Mi obligación como orador es darle
elementos claros al auditorio. Si un orador no es asertivo, pierde al grupo. He
visto oradores que no lo son y cuando dicen: «¿Alguien tiene una pregunta?»,
reciben esta respuesta: «Sí. ¿Por qué no hacemos un receso?». Una idea que
no es clara, no es una buena idea.
Un lenguaje adecuado para cada auditorio
Definitivamente, una persona debe comunicar para que le entiendan. Al
utilizar un lenguaje técnico, elevado o extraño, generará un impacto en el
grupo, pero un impacto negativo. ¿Usted cómo se siente cuando alguien
utiliza palabras que no entiende? ¿O cuando hablan en un idioma que no
comprende? Seguramente sentirá molestia. Y esto es lo que ocurre con los
auditorios.
H. Mackay reflexiona en los siguientes términos: «Cuando leemos,
siempre podemos volver sobre lo que no entendemos. En cambio, cuando se
escucha un discurso en vivo, casi nunca es posible levantar la mano y pedirle
al orador que repita algo si habla muy rápido».
El ex ministro del Interior de Colombia y candidato a la Presidencia,
Horacio Serpa Uribe, es mencionado como uno de los mejores oradores del
país. Le preguntamos cuándo un orador es bueno. Respondió: «Cuando logra
transmitir sus ideas con sencillez, transparencia e inteligencia, y alcanzar, con
su intervención, los objetivos propuestos de antemano, como motivar al
auditorio, generar la reflexión colectiva o inducir a acciones concretas». Y
opina también que fracasa cuando «hace todo lo contrario a lo señalado antes.
Es decir, no concatena las ideas, confunde en lugar de aclarar y desperdicia el
tiempo del auditorio».
Leopoldo Barrionuevo, lo apoya:
Insisto en la imperiosa necesidad de hablar en un lenguaje que nos entiendan sin dificultad. Si
hay que hablar con carpinteros, hay que hablar con el lenguaje de los carpinteros; si hay que
hablar con abogados, hay que hablar con el lenguaje de los hombres de leyes, para no estar
explicando palabras sofisticadas o técnicas. Hay que adaptarse, no al nivel de los escuchas, sino
al lenguaje que ellos entiendan. Hay quienes se ocultan detrás de palabras difíciles para
pretender demostrar que son inteligentes. Uno puede llegar con palabras elementales a todos los
niveles.
Jamás presuma que todas las personas tienen un amplio léxico. Como dicen
muchos de los instructores Dale Carnegie que hemos entrevistado en
diferentes países, es mejor utilizar palabras de diez centavos de dólar que de
cinco dólares. Es decir, son mejores las palabras claras y sencillas.
Cada vez que utilice un término técnico, si usarlo es estrictamente
necesario, explíquelo, especialmente cuando el auditorio sea mixto.
Entendemos por auditorio mixto el compuesto por personas de diferentes
profesiones. Un odontólogo que esté hablando ante un auditorio mixto, debe
explicar todos los términos técnicos que utilice. Incluso, al comienzo, puede
decir a sus colegas, tal vez la mayoría, que aclarará todos los términos
técnicos, en razón de que en el recinto hay oyentes que no pertenecen a su
profesión. No tendría ningún sentido, por otra parte, explicar términos
médicos, cuando todos los del grupo sean médicos. Sobraría hacerlo. En
nuestros seminarios, cuando una persona utiliza un término poco común, le
preguntamos a cada uno de los miembros su significado. El propio orador se
sorprende al notar que, digamos, de veinte personas, quince o más dicen no
conocerlo.
Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos y Premio Nobel de la
Paz, contaba esta experiencia:
Mi padre era un hombre de gran energía intelectual. Él me dio el mejor adiestramiento que haya
tenido. Era intolerante con la vaguedad, y desde que empecé a escribir hasta su muerte, ocurrida
en 1903, cuando tenía ya 81 años de edad, siempre le mostré cuanto escribía. Me hacía leer en
voz alta, lo cual me resultaba doloroso. De vez en cuando me interrumpía y me decía: «¿Qué
quieres decir con eso? Yo le explicaba y, desde luego, al explicarle, me expresaba con más
sencillez que en el papel. Pues ¿por qué no lo pones así? –me decía–. No dispares con
perdigones, que se esparcen por todo el campo. Dispara con bala, y pega a lo que tienes que
decir».
Tenga en cuenta el momento
No se equivoque de tema, de lugar ni de estilo. Debe adecuar su mensaje al
auditorio y al momento.
¿Qué sentido tienen, por ejemplo, la solemnidad, revelar cifras, estudios,
planes, proyectos, estadísticas, etc. cuando se va a inaugurar la iluminación
de un estadio de fútbol en el cual, acto seguido, habrá un gran encuentro
deportivo? ¿Qué sentido tiene pronunciar un largo discurso en esta situación?
Lo que la gente desea en ese momento es la fiesta, la alegría, el juego, que se
toque la bola, se inicie el encuentro y venga la acción.
Así mismo, ¿qué sentido tiene hablar deportivamente, superficialmente en
un congreso médico, científico, en un encuentro de investigadores? No es lo
mismo hablar en un entierro que al destacar un triunfo profesional o
deportivo de alguien. Intuya qué desea el auditorio y proporcióneselo. Los
matadores saben que cada toro es diferente y la medicina, la táctica que
aplican a uno, no se la repiten a otro. Estudian todas sus características, sus
rasgos, por dónde embiste, cómo es, le estudian hasta el más mínimo detalle
y lo torean de acuerdo con esas características. No todos los grupos son
iguales. No se equivoque en esto.
El humor
El mexicano Miguel Ángel Cornejo origina permanentemente explosiones de
risa en sus conferencias. Hace advertencias sobre el particular: «Los chistes
no deben hacerse a la ligera, sino que deben ser parte de la propia
conferencia. La broma tiene que ser muy oportuna e ilustrativa».
Enrique Castellanos, del Instituto Dale Carnegie, considerado uno de los
mejores instructores del mundo, nos narró la historia de aquel ejecutivo
norteamericano, quien en México abrió con un chiste. Nadie se rió. Pensó que
no lo habían entendido. Lo repitió y sucedió lo mismo: nadie se rió. Fatal.
Dios nos libre de vivir una situación tan bochornosa. Esta experiencia nos
debe dejar una gran lección: hay que cuidarse muchísimo en la utilización del
humor.
Hay, lamentablemente, oradores que cometen el error de comenzar con un
chiste. Y por eso fracasan. Una persona jamás debe comenzar una
intervención frente a un grupo con un chiste. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si
nadie se ríe? Muchas veces me han contado chistes que me han causado risa.
Luego los he repetido y nadie los ha celebrado como esperaba. Uno
realmente no se ríe del chiste sino de la forma en que la persona lo cuenta. ¿A
usted no le ha pasado que le narran una historia graciosa, se ríe mucho, va
emocionado, la repite y la reacción no es la misma?
En lugar de hacer un chiste, es mejor decir algo exagerado, absurdo. No
utilice chistes. Utilice absurdos. O narre anécdotas, historias. Es muy posible
que estos originen risa pero, realmente, usted no estaba comprometido a que
esto ocurriera. Sencillamente, estaba diciendo algo exagerado.
Hay oradores que, por ejemplo, exageran un defecto físico suyo y esto
origina risas en el auditorio. Siempre he dicho que la verdadera inteligencia
consiste en reírse de uno mismo. Un maestro para reírse de sí mismo es el
norteamericano Woody Allen.
El maravilloso periodista y escritor Daniel Samper Pizano
permanentemente se burla de él mismo. Por ejemplo, de su edad y su
calvicie. En una oportunidad aseguraba que las mujeres dicen que los calvos
son más inteligentes, más interesantes, más atractivos, pero siempre los
viernes se van a bailar con los mechudos, los peludos, los melenudos. Tiene
toda la razón, por lo demás.
Las improvisaciones
En nuestros seminarios, acostumbramos preguntarle a los asistentes qué está
mal en su ciudad. Y todos opinan: las basuras, los huecos, las congestiones
del tránsito, la corrupción, la inseguridad, etcétera.
Luego les preguntamos de qué manera se podrían remediar estas
situaciones. Y se escuchan todo tipo de soluciones. Es decir, que las personas
saben qué esta mal y cuáles son las soluciones. Pues bien, esa es una forma
de construir intervenciones frente a grupos.
De esta forma hará improvisaciones dignas, ordenadas. Ya tiene esta
herramienta. En otras palabras, usted tiene mucha información sobre muchos
temas de los que podría hablar. Pero lo que no tenía era un esquema, una
fórmula para evacuar esa información.
En una oportunidad, por ejemplo, pusimos a una médica de un importante
laboratorio internacional a que hablara, primero, de medicina. Y luego le
sugerimos temas, le dimos unos minutos para pensar y nos habló de basuras,
inseguridad, congestiones de tráfico, huecos, impuestos, la inmoralidad de
muchos políticos, tala de árboles, contaminación de los ríos, etc. Y era
médica. Pero tenía dentro de ella, en su mente, en el computador de su
cerebro, una inmensa cantidad de material y opiniones. Construyó sus
discursos solo dejando que fluyeran todos los argumentos que reposaban en
su mente, acumulados a lo largo de su vida.
Diga, entonces, todo lo que está mal, cómo se puede solucionar e invite al
auditorio a que respalde su mensaje. Pero este mismo esquema, este orden,
duplica sus posibilidades si en cambio de decir algo que está mal, puede decir
algo que está bien, cómo se puede mantener o mejorar y, finalmente, invita al
auditorio a que respalde su mensaje.
ESQUEMA PARA UNA IMPROVISACIÓN
1. Pregunte a los asistentes sobre algo que está mal o que está bien en el mundo, la ciudad o la
comunidad.
2. Dé su punto de vista al respecto.
3. Invite a cooperar, a que los oyentes respalden el mensaje que les entregó y actúen.
El auditorio, su mejor juez
El único que determina si un producto es bueno, regular o malo, es quien lo
recibe. Por eso en nuestros seminarios talleres enseñamos cómo se hace una
evaluación acertada, para que los asistentes a sus conferencias expresen con
sinceridad sus observaciones. Estas observaciones le darán ánimo, cuando
son positivas o le indicarán qué cambiar o mejorar, cuando no sean tan
positivas. Estas evaluaciones, bien hechas, son absolutamente
imprescindibles para el progreso y el desarrollo de cualquier conferencista. A
esto le dedicamos cierto tiempo en nuestros seminarios talleres abiertos para
el público o internos para empresas.
Cada vez que usted dicte una conferencia o seminario taller, debería
hacerse evaluar por los asistentes. Pero no les pida el nombre, para no
sesgarla. Si usted quiere saber la verdad sobre su forma de hablar en público,
sobre su calidad, entregue las evaluaciones, pero diga que se las devuelvan
una vez diligenciadas a otra persona del curso. En las evaluaciones, entonces,
nunca pida el nombre, porque las sesga. Y siempre pregunte por qué. Si no lo
hace, la evaluación le servirá muy poco. Si acaso para tabularla. Cuando
usted pregunta por qué, le pueden señalar aspectos importantes a corregir,
pero lo que es más importante, le destacarán, le señalaran muchas virtudes
que usted no reconocía y que se alegrará de recibir. Y esto le fortalecerá la
autoestima y la confianza. Los conferencistas siempre son mejores de lo que
ellos mismos creen. Ahora bien. Le reitero que jamás logrará la unanimidad.
Si de veinticinco personas, una o dos dicen que usted habla, por ejemplo muy
rápido, no tenga esto en cuenta. Pero si son seis o siete, esto es verdad y debe
cambiar. Si de un grupo de veinticinco personas, una o dos dicen que usted
no tiene carisma y luce prepotente y creído, no haga caso. Pero si lo dicen
siete, pues es verdad y debe cambiar, debe hablar con más entusiasmo, no
actuar con prepotencia, actuar con deseos de servir, ganarse al auditorio,
sonreír, etc.
PREGUNTAS QUE DEBE INCLUIR UNA EVALUACIÓN
1. ¿Considera que esta jornada ha satisfecho sus expectativas?
SÍ NO
¿Por qué?
2. Califique de 1 a 5 al conferencista.
¿Por qué da esta calificación?
3. Mencione tres enseñanzas concretas que haya recibido en esta conferencia.
4. Otros comentarios o sugerencias para el conferencista.
5. ¿Qué comentarios o sugerencias tiene para los organizadores?
Hablan los expertos
Entrevista a Miguel Ángel Cornejo
Uno de los muchos entrevistados para este libro fue el escritor e investigador
mexicano Miguel Ángel Cornejo, quien es además uno de los conferencistas
latinoamericanos que más se escucha en el mundo entero; se trata de un
conferencista que estremece auditorios. Ha publicado veinticinco libros, entre
ellos: Estrategias para triunfar; Excelencia directiva para lograr la
productividad; El ser excelente; Metáforas y pergaminos de la excelencia;
México-Asia; Liderazgo de excelencia; Excelencia, la nueva competencia;
Círculos de calidad; Excelencia; ¿Qué significa ser joven? y Sí puedo.
¿Cuándo un orador es bueno?
Cuando está convencido. Lo que convence es la convicción y esa es la parte
detonante de toda la explosión que una persona puede dar a su mensaje.
Cuando la gente está plenamente convencida de lo que está diciendo, logra el
comienzo, si no de la oratoria, sí de la comunicación.
¿Cuándo un orador es un fracaso?
Cuando se le duerme todo su auditorio. Y esto puede ocurrir justamente por
falta de entusiasmo en su manera de comunicar. Si le falta fuerza al mensaje,
pues la gente no escucha. Hay que saber despertar las emociones que
poseemos todos los seres humanos. Si el orador no siente emoción, si no siente
entusiasmo, es imposible que los demás lo sientan.
Hay personas que cuando hablan no se concentran en el mensaje que
están comunicando. Se concentran demasiado en ellos mismos y en el
propio grupo y terminan bloqueados. ¿Usted que opina al respecto?
Suele suceder. Obviamente, la concentración en el tema, en la exposición, es
un elemento básico para poder comunicar.
Usted habla en grandes auditorios. Supongo que también dictará
conferencias o charlas a pequeños grupos. ¿A dónde debe mirar el
orador?
Pienso que a los ojos. Los ojos son el punto de concentración de cualquier
orador y cualquier persona que quiera comunicar.
¿Cuáles son las principales cualidades que debe tener un orador para
impactar?
Solamente la gente convencida puede convencer, la convicción convence. Si la
gente no está convencida pues es imposible que pueda convencer. Yo creo que
la oratoria, más que una metodología, es una actitud de querer transmitir algo.
¿Usted a qué atribuye el gran éxito que tiene como conferencista?
Jamás he pensado ni ser conferencista ni ser comunicador. Mi único sincero
deseo es tratar de transmitir sobre lo que yo mismo estoy convencido. Tal vez
de ahí surge el éxito. Mi intención ha sido únicamente transmitir lo que he
descubierto, que tal vez para otra gente sea obvio y claro, pero para mí es algo
nuevo. Me deleito mucho, me gusta muchísimo poder transmitir lo que sé.
¿A usted que tipo de oradores, de conferencistas, lo animan a escucharlos?
Hay muchísima gente que tiene un gran contenido y un gran mensaje y, al
escucharlos, obviamente voy sumando experiencias y conocimientos. De todos
he aprendido. Yo creo que de toda la gente hay que aprender.
¿Cuál es el peor defecto que puede tener un orador?
El no estar alerta a su público, a la gente que lo está escuchando. También el
no saber escuchar. La gente quiere opinar, quiere participar y cuando el
conferencista, el catedrático o el maestro no escuchan y no se dejan enseñar
por sus alumnos, creo que cometen un grave error.
¿Qué debe hacer una persona para ganar confianza, para ganar seguridad
ante los grupos?
Todo esto se deriva de la fe que uno tiene sobre el tema que está tratando.
El mexicano Cornejo afirma que en todos los públicos siempre habrá gente
que se convenza, gente escéptica, gente entusiasta, etc. Y señala que es difícil
saber cuándo el público es suyo. Pero enfatiza: «Yo creo que uno atrapa al
auditorio cuando el mensaje es atrayente».
Manifiesta que hasta la fecha no ha podido repetir una conferencia igual, lo
cual es muy difícil porque siempre hay una energía y una inquietud que se
respira en cada auditorio y cada grupo es diferente. Señala que por eso es muy
importante la intuición, para prestar el servicio que el auditorio requiere.
¿Es verdad que los auditorios responden como el orador?
En todo esto hay algo que es energía; la energía tú la transmites y es algo que
obviamente se convierte en un bumerang, en un circuito que se cierra. Tú
recibes energía, mucha energía de la gente y entonces se va construyendo esa
energía mutua entre el auditorio y el conferenciante u orador.
Las personas nos dicen en los seminarios que el momento más dramático,
el momento más difícil que viven son los segundos iniciales. ¿Qué tipo de
recomendaciones le da a la gente para que afronte el inicio? ¿A usted
todavía le da ansiedad, le da nerviosismo? ¿Qué reflexiones tiene sobre el
particular?
Jamás he podido quitarme el sudor de las manos, los nervios, la ansiedad. Es
algo que nunca he podido dominar y creo que seguiré toda la vida con esa
ansiedad. Pienso que los tres primeros minutos son los más difíciles de una
charla, pero luego es como correr un automóvil: hay gran temor pero también
hay un gran placer para quien disfruta la velocidad. Frente al grupo, una vez
arriba en el atril, el entusiasmo lo va llevando a uno.
¿Realmente lo que hay que hacer es lanzarse al agua?
¡Claro! Yo creo que lo interesante es afrontar. Pienso que la mejor manera de
afrontar el miedo es confrontándolo. Hay gente que le tiene pánico a hablar en
público y creo que yo sigo teniendo pánico de hablar en público, pero, una vez
que está resuelto el primer impacto, una vez que uno se lanza al agua, lo demás
fluye.
¿Dónde se debe inspirar un orador: en los libros, en lo que le cuentan
otras personas o en su propia experiencia?
En mi último libro, mi libro número veintiséis, señalo que yo solo soy un
tintero que estoy expresando lo que mis mejores maestros me han enseñado.
Yo creo que uno se inspira de los amigos, de las reuniones, de las
observaciones, de los libros, de la música, de la poesía, etc. Pienso que es la
conjugación de todos estos elementos lo que hace una pieza de oratoria.
Hay oradores que son postizos, sobreactuados, que no son naturales.
¿Cómo debe ser un orador ante un auditorio? ¿Cómo es usted, por
ejemplo?
Soy natural, soy yo mismo, no trato de imitar a nadie ni de ser lo que no soy.
Deseo, sencillamente, manifestar mi propia naturaleza.
Hay oradores que hablan sobre temas que no dominan. ¿Qué opinión
tiene sobre el particular?
Estoy totalmente convencido de aquello que dice: zapatero a tus zapatos. No
hay que meterse en temas que uno no conoce y solamente se puede hablar de
lo que uno cree conocer o intuir. Imagínate: si así es difícil, pues sin conocer el
tema, eso es un lío.
¿Usted cómo ordena una intervención frente a un auditorio? ¿Cómo la
prepara?
Es todo un ritual de concentración, es un ritual de ejercicios, es un ritual de
meditación y obviamente de estudio y de preparación. Busco tener la seguridad
de que mi desempeño será el mejor. Pienso que el compromiso es lo más
importante. Hay que tratar de dar lo mejor de uno mismo. Hay que ser creativo
durante una intervención. No todo está escrito.
Dice, finalmente, que el cuento es una forma de transmitir un mensaje de
manera clara. La anécdota también es una alternativa para transmitir una
lección muy fácilmente.
En cuanto al manejo del humor, en lo cual es todo un maestro, el licenciado
Cornejo señala: «Los chistes no deben hacerse a la ligera, sino que deben ser
parte de la propia conferencia. La broma tiene que ser muy oportuna y tiene
que ser ilustrativa».
Y formula estas recomendaciones sobre la manera como el orador tiene que
adecuar el mensaje a los escuchas: «Sin duda, el mensaje se debe ajustar al
grupo. Tener en cuenta si son jóvenes, si son adultos, si es gente escéptica, etc.
Debe haber flexibilidad. No se puede hablar de la misma manera, por ejemplo,
a la gente de ventas que a la de administración».
La sala
Gran sala y poco público
Ignacio Orrego Rojo dice que otro elemento que no se debe descuidar tiene
que ver con los vacíos que se pueden presentar en el auditorio.
En una oportunidad, nuestra empresa organizó una conferencia para
Orrego Rojo. Se trataba de una disertación sobre ventas cuando se
aproximaba la Navidad. Un día antes ocurrió un hecho delicado en la ciudad
y prácticamente el setenta por ciento de quienes habían separado sus cupos,
no asistieron. El teatro era demasiado grande para tan pocas personas. ¿Qué
hizo Orrego, ese experimentado conferencista? Pues lo que tenía que hacer:
invitó a todos los presentes a que se agruparan, se bajó de la tarima y lo que
iba a ser una conferencia, lo convirtió en una charla, donde entregó
información muy valiosa. Orrego dice que un auditorio disperso es muy
difícil de manejar. Agrúpelo, apíñelo y lo dominará con menor esfuerzo.
En nuestras conferencias nunca sobran sillas. Nunca hay vacías. Dejamos
en el salón las que serán ocupadas. Si asisten veinte personas, hay veinte
sillas. Si asisten cien personas, habrá igual número.
En cierta oportunidad se iba a realizar una reunión en una empresa y se
estaba aplazando porque no se encontraba completo el grupo para discutir el
asunto. Digamos que había siete personas y esperaban once. Pues el gerente
de la entidad ordenó que sacaran cuatro sillas de la sala y exclamó: «Ya no
falta nadie». Esto debería ocurrir siempre. En muchas ocasiones, por ejemplo,
en los congresos o parlamentos de muchos países, no se dan discusiones o no
se aprueban elementos sumamente importantes para la nación porque no hay
quórum. Es decir que faltan cinco o diez personas para completar el
decisorio. Faltan cinco y no hay quórum. No se puede trabajar. En otras
palabras, los cinco ausentes son más importantes que los cincuenta presentes.
Es un hecho lamentable, pero ocurre.
La experiencia nos enseña que las emociones de las personas en los
auditorios son contagiosas. Como ya lo he mencionado, para mí, cuanta más
gente haya, tanto mejor. Y cuando hay pocas personas, es imprescindible que
estén muy juntas. Los dominará con mucho menos esfuerzo. La tendencia de
las personas es hacerse lo más lejos que puedan una de la otra. Observe
cómo, cuando los individuos van llegando a un recinto, se hacen unos
retirados de los otros. A mí me pasa: el noventa por ciento de las películas
que he visto, las he visto solo. Y cuando alguien, pese a que el teatro tenga
poca gente, se hace a mis espaldas, aprovecho el corto de comerciales para ir
por otro perro caliente y luego busco un lugar diferente. Un día vi un
documental que muestra a una mujer en una sala de espera. En el sitio hay
unas veinte sillas. Solo hay una mujer. De repente, entra otra persona, un
hombre, mira los asientos vacíos y, sin embargo, se sienta al lado de la única
persona del recinto. La dama reacciona con gran inquietud, con ansiedad. Y
es posible que hubiera podido reaccionar con agresividad. Si usted está solo
en una sala de espera de un consultorio, hay veinte sillas vacías y llega un
desconocido que se sienta justo a su lado, ¿de qué forma reaccionaría?
De todas maneras, cuando el conferencista le pide a quienes se encuentran
en la sala que se agrupen, que se junten, ellos acceden. Las sillas vacías, los
espacios, invitan a la indiferencia por parte del auditorio. Hay que apiñarlo y
será dominado con muchísimo menor esfuerzo. Esto es vital. Es muy
importante.
Los psicólogos entrevistados para este libro confirman lo que dicen Dale
Carnegie y otros reconocidos investigadores en el sentido de que cuando una
persona deja su individualidad y pasa a hacer parte de una masa, tiende a
perder personalidad. Digamos que comienza a hacer parte del grupo, del
montón y, en consecuencia, se deja guiar con más facilidad. Observe lo que
ocurre en las fiestas populares. Si usted está entre la multitud, posiblemente
hará lo mismo que la masa. Observe también lo que pasa en los conciertos.
Es posible que no le guste mucho, digamos, el rock y que asista a un
concierto por acompañar a una persona. Una vez en medio de la multitud, lo
más seguro es que reaccionará como las mayorías. Estas contagian sus
reacciones.
En Alemania viven muchos turcos. Usted distingue a un alemán de un
turco, a varias cuadras, por la forma como visten, por ejemplo. Trabajan en
los más duros oficios y permanecen años sin integrarse a las costumbres de
los alemanes. Algunos porque no quieren y muchos porque no pueden.
Laboran intensamente, ahorran, y su deseo es regresar algún día a su lugar de
origen para montar sus propios negocios con el capital guardado. En
Hamburgo, hace varios años, observé algo curioso: la mayoría de los
alemanes llegan a un andén y si la figura del semáforo está en rojo,
sencillamente no pasan la calle, aun cuando no vengan carros. Es posible que
el próximo pase por ese lugar en dos horas, pero la mayoría de los alemanes
no cruzan la vía. Este es su comportamiento. En consecuencia, los turcos
tampoco pasan. Y yo tampoco crucé. Se trata de actitudes que se contagian.
Dígale, pues, a las personas dispersas que se junten. Hágalo antes de
comenzar a hablar. Y puede tener la certeza de que será un grupo más fácil de
influenciar.
La luz
Otro elemento importante es la luz. Lo ideal es hablar en un sitio
suficientemente iluminado o procurar que una luz le dé en la cara. El ser
humano comunica muchas cosas con sus gestos. En oportunidades, como
dice el psicólogo Rodrigo Sepúlveda, el lenguaje no verbal es más importante
que el verbal. Hay cosas que usted dice con un solo gesto y que no podría
explicar ni con mil palabras. Pero ese tipo de expresiones únicamente se
pueden observar si hay luz suficiente.
De cara al grupo
Una recomendación importante: no dé la impresión de que se oculta detrás
del atril o la mesa.
El psicólogo Rodrigo Sepúlveda señala: «La próxima vez que desee
quedarse detrás de una mesa o un escritorio, recuerde el burladero en las
plazas de toros y la función que cumple, e igualmente recuerde que la faena
se hace en el centro de la plaza».
Y formula otra recomendación válida: «Si está utilizando el atril, no se
recueste en él. Se ve muy mal y se puede caer con atril y todo».
He tenido muchos alumnos que hablan mirando el papelógrafo y no a los
miembros del auditorio, y siempre los invito a que observen de frente a los
escuchas. Hay que ponerse, como diría un buen matador, en la cara del toro.
Póngase en la cara del grupo.
Distractores
Otro punto muy importante cuando se está al frente del auditorio tiene que
ver con los distractores.
En uno de nuestros seminarios, una ejecutiva de un periódico local, llegó
con un bulto de diarios al hombro. En su exposición nos iba a enseñar qué era
un periódico tabloide. Y, antes de iniciar, le entregó un diario a cada uno de
los alumnos. La detuve, retiré los periódicos y le sugerí que no se pusiera
competencia.
¿Usted cree que si veinte personas tienen periódicos en las manos
atenderían a la conferencista? Desde luego que no. Los habrá mirando el
horóscopo, tanto su signo, Leo, como el de su novia, Tauro. Otros leyendo la
página política sobre el último escándalo de corrupción en el Congreso. Los
amantes del fútbol, por su parte, observando las deportivas, otros las
caricaturas, etc. ¿Y qué pasará con el mensaje del conferencista? Pues se
pierde. Los periódicos estuvieron a punto de convertirse en el peor enemigo
del mensaje de nuestra conferencista. Ella, atendiendo mis instrucciones,
tomó un diario y lo mostró mientras daba las explicaciones del caso. Y
cuando tenía que dejar ver un pequeño detalle, caminaba frente a cada
persona, le acercaba el diario y le permitía observar. Un conferencista jamás
debe permitir distractores que se conviertan en su competencia. En cambio de
darle un periódico a cada uno, puede escanear lo que quiere mostrar,
montarlo en una presentación de Power Point y amplificarlo en un video
beam. De esta forma no habrá distractores y todas las miradas estarán puestas
en las enseñanzas.
En otra oportunidad tuvimos a una médica endocrinóloga, cuyo tema era
un tratamiento científico que le permitió bajar de 120 kilos a ochenta en
menos de cuatro meses. Llevó fotos de cuando pesaba 120 kilos y, antes de
iniciar su exposición, las fue distribuyendo entre los integrantes del auditorio.
Procedí de la misma manera: recogí las fotos y le recomendé que no se
pusiera competencia. ¿Usted cree que alguien comprenderá en qué consistió
el tratamiento científico mientras veinte fotos van de mano en mano?
Realmente lo dudo. Pensamos que habría un dinámico intercambio, para
saciar la curiosidad, bastante marcada en el ser humano, por lo demás.
Es importante, así mismo, fijar reglas de juego para evitar distractores.
Los empleados de los hoteles que alquilan salones para conferencias tienen
la manía de interrumpir a los oradores permanentemente. Entran agua, tintos,
cables o, en el momento más inoportuno, determinan cambiar el papel o
arreglar una instalación eléctrica. Estos movimientos distraen al grupo y se
convierten en una seria competencia para el expositor, porque los seres
humanos no deseamos o no podemos evitar mirar las cosas que se mueven.
Otros distractores muy fuertes son aquellas personas que se hacen en la
tarima, al lado del conferencista, por razones que jamás he comprendido a
ciencia cierta. A esos grupos los denominan mesas directivas, y la verdad es
que distraen la atención con sus movimientos, por simples que sean, como
quitarse las gafas, sacar un esfero o cruzar la pierna. Lo ideal sería que esas
personas de la mesa directiva estuvieran en la ceremonia de instalación y
luego, cuando comience la conferencia, se pasen a la primera fila, dentro del
auditorio.
En nuestros seminarios se distribuye un resumen sobre la comunicación
frente a grupos, pero al final. De otra forma se convertiría en un distractor. Si
porta ayudas, por ejemplo estadísticas o mapas, para ilustrar su conferencia,
no hay necesidad de que cada persona los tenga en la mano. Puede utilizar el
retroproyector, el Power Point y mostrar la ampliación con la que desea
ilustrar.
Una ejecutiva de una importante multinacional pronunció un día su
conferencia enrollando y desenrollando en sus dedos una pequeña tira de
celofán rojo, al parecer sacada de una cajetilla de cigarrillos. Esto deslució su
presentación y distrajo la atención. No juegue con elementos mientras realiza
su exposición.
Tener en la mano un marcador, da seguridad, pero no se debe jugar con él.
Hay conferencistas que tapan y destapan el marcador decenas de veces
durante una charla, sin objeto alguno.
Los movimientos de quienes llegan tarde o de quienes entran y salen del
salón, son igualmente distractores.
Asistí como conferencista al Segundo Congreso Nacional e Internacional
de Relaciones Públicas y Protocolo, realizado en la ciudad de Cartagena, en
Colombia. Luego del almuerzo, comenzaron a entrar decenas de personas al
salón y las sillas de atrás estaban bloqueadas por una cinta. Quien iba
entrando tenía que hacerse en las de adelante. Y esto se hace, justamente,
para que quienes entren tarde, no distraigan a quienes siguen atentamente la
disertación. Es lo ideal. En los teatros no ocurre lo mismo y hay que ver el
fastidio que producen los que llegan pasada la hora y se paran entre el telón y
usted, interrumpiendo su observación. Es necesario mover la cabeza con
agilidad para no perder detalles importantes de la película. Y luego algunos,
si usted está bien de malas, se voltean y le solicitan un rápido resumen de lo
que ha ocurrido antes de su arribo.
El momento de la entrada
En una ocasión organizamos una conferencia para un reconocido expositor en
un club. Cuando llegué al lugar, faltando unos quince minutos para el inicio,
uno de los empleados me dijo que el orador estaba en un pequeño salón,
observando por un agujero la llegada del grupo. Fui a saludarlo y le pregunté
por qué estaba prácticamente oculto en ese lugar. Me explicó que es mejor
llegar al salón cuando la gente está lista que permanecer a la vista de todo el
mundo mientras se produce su arribo, que es a cuentagotas. Dale Carnegie
también aseguraba que «es mejor llegar al salón intempestivamente, como
pescado fresco». En su momento, nuestro conferencista entró al salón, saludó
e inició su apasionada conferencia sobre ventas y atención al cliente. Haga lo
mismo. Entre a la sala justo en el momento de comenzar y no antes. Y
mientras lo presentan, observe detalladamente a quien lo hace. Finalmente,
dirija su primera mirada a quienes lo oirán. Una recomendación en este
mismo sentido fue entregada por la doctora Diana Neira, experta en manejo
de imagen.
Pero hay otra alternativa. Conozco a muchas personas que llegan con una
hora de anticipación al salón, verifican que todo lo técnico y logístico esté en
orden y luego se paran cerca de la puerta, para saludar a todo el que vaya
llegando. Me dicen que luego, cuando comienza la conferencia, si han
saludado, digamos, a veinte personas, pues ya ven dentro del grupo veinte
rostros amigos. Les dejo también este estilo, que me parece valido e
inteligente.
Imagen personal
Otro aspecto que debemos mencionar tiene que ver con la presentación
personal del orador. Para nadie es un secreto que estar bien arreglado, bien
peinado, con los zapatos brillantes, pulcramente presentado, da seguridad.
Infortunadamente hay muchos oradores, incluso algunos que tienen esta
actividad como su profesión central, que no ponen suficiente atención en un
aspecto tan importante.
Cierto día vi en un hotel en Lima, Perú, a un orador que hablaba con un
ejemplar del periódico entre un bolsillo del saco. ¡Sí. Hablaba con el
periódico en un bolsillo del saco! Parece increíble pero es verdad.
Otro día dicté el seminario en una asociación de ingenieros y hubo un
orador que se presentó ante sus compañeros con un llavero que le colgaba
casi hasta la rodilla. Le recomiendo que se saque todo lo que tenga en los
bolsillos. Sáquese la billetera, las llaves, los esferos, los lápices, es decir,
elimine los bultos de su ropa. Esto le reportará una elegancia que es
importante para quienes comunican frente a grupos. Porte todos esos objetos
en el maletín ejecutivo.
A mí una persona mal arreglada me genera dudas. Y ante la duda, siempre
me abstengo, por ejemplo, de hacer un negocio. Pienso que muchas veces las
personas están por dentro como están por fuera. La apariencia física, el
cuidado físico, da mucha información sobre una persona. Hay oradores que
por descuidar este elemento tan importante, son descalificados antes de
hablar.
Un día me dediqué a preguntarles a muchas mujeres qué era lo primero
que le miraban a un hombre. Y escuché respuestas como estas: «La corbata»;
«Los zapatos»; «Las uñas»; «Los ojos»; «La boca»; «El vestido», etc.
Permanezco día y noche en salas de conferencias, en distintos países, y
veo cómo el orador es observado de pies a cabeza, es examinado en forma
minuciosa. Muchos son desaprobados por su apariencia personal.
A uno lo tratan como lo ven
Una cantante dijo un día que lo primero que le miraba a un hombre cuando
pretendía abordarla eran los zapatos. Mi hermana Ana Luisa sostiene que a
uno lo tratan como lo ven. Es verdad. A uno lo tratan como lo ven. Y uno
trata a mucha gente de acuerdo con su apariencia. «¿Por qué sentir demasiado
respeto por una persona que no siente respeto por ella misma?», me dijo un
día un conocido.
A uno lo tratan como lo ven. En una oportunidad observé atentamente
cómo una cajera trataba de una manera francamente desobligante a un
hombre pésimamente arreglado y también vi luego como esa misma mujer,
dos minutos después, acogía con una amplia sonrisa y cortesía a un hombre
impecablemente vestido que se le acercó a formularle una pregunta. Estas
cosas ocurren. Las cosas son como son y no como uno quiere que sean. Los
oradores deben cuidar su aspecto. Y deben saber que el auditorio los examina
de arriba a abajo y que muchas veces, antes de comenzar a hablar, ya están
desaprobados.
Consejos de una experta
A propósito de estos temas, entrevistamos a la doctora Diana Neira,
reconocida conferencista, asesora y autora de exitosos libros como Manual
Imagen de hombre, Manual Imagen de mujer y Pregúntele a Diana. La
doctora Neira es toda una autoridad en el manejo de la imagen de ejecutivos y
empresas. Es licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de Los Andes
y estudió imagen y modelaje en Estados Unidos. Se ha dedicado a la
docencia, igualmente, ha asesorado en capacitación del recurso humano a
importantes empresas multinacionales y dicta seminarios de imagen en
diferentes países de habla hispana.
A continuación presentamos sus recomendaciones, que serán de utilidad
para los conferencistas y para quienes no lo son pero valoran su presentación
e imagen personal.
RECOMENDACIONES GENERALES
Para presentarse frente a un grupo o en los medios masivos de comunicación, tiene que
sentirse muy bien con usted mismo. Para conseguirlo, debe tener la certeza de que
registrará adecuadamente.
Su presentación personal debe ser impecable. Un conferencista o un profesional puede ser
un genio, pero si, por ejemplo, tiene las uñas sucias o atiende con zapatos tenis, esos
descuidos hacen desconfiar de su habilidad.
Exponga con el saco abotonado.
Si le sudan las manos, lleve en el bolsillo del saco un pañuelo desechable con talco. Antes
de dar la mano, toque el papel para que le seque el sudor. También puede acudir al médico
o averiguar sobre los productos que existen para ayudar a superar esta situación.
Desocupe los bolsillos del saco y del pantalón, para que no aparezcan con bultos. No debe
tener billetera, ni estilógrafos, ni tarjetas entre los bolsillos. Retírese también el celular.
Entre al salón erguido, mirando de frente, sin temor ni arrogancia, con paso armónico y
firme. Un conferencista que entra con timidez e inseguridad, pierde credibilidad y
atención.
Aprenda a manejar el tiempo. Si da ejemplo de respeto con el tiempo, la gente lo sigue.
Sea puntual y siga ordenadamente el curso de su exposición.
No conteste llamadas mientras está en su exposición. De otra forma, los oyentes pueden
hacer lo mismo.
Evite al máximo los gestos repetitivos. Por ejemplo: parpadear compulsivamente,
morderse los labios, estirar el cuello, jugar con el bigote, manosearse la barba. Las mañas y
los tics son la cara negativa de nuestra expresión facial.
Nunca exponga mientras mastica un chicle.
PREPARACIÓN ADECUADA
Desayune bien. No abundantemente, sino con alimentos que le den energía para el
desarrollo de su trabajo. Antes de la conferencia, no coma en forma abundante, ya que el
proceso de digestión utilizaría gran parte de su fuerza y potencial.
Descanse adecuadamente antes de dictar sus conferencias. No puede llegar cansado a
hablarle al público. Los oyentes lo notarán. El día antes de la conferencia debe acostarse
temprano, no consumir bebidas alcohólicas; no se debe exceder en nada. Debemos
procurar que el cuerpo y la mente nos ayuden. Usted debe ser un amigo de sí mismo. Una
persona cansada no puede inspirar entusiasmo ni desarrollarlo. Es posible que esté tratando
un tema interesante, pero se le notará que no está dando cuanto puede. Cuando vaya a
enfrentar a un público, debe contar con el ciento por ciento de sus energías.
HÁBITOS SALUDABLES, APARIENCIA SALUDABLE
Ojalá tenga buena piel, que se note que la cuida. Para ello, siempre tenga a su lado un vaso
de agua. Una persona que no consuma por lo menos ocho vasos de agua al día,
difícilmente tendrá buena piel.
Para lucir saludable y que su piel se vea sana y fresca, tome una adecuada alimentación,
que incluya muchos granos, frutas y verduras, baja en condimentos fuertes. En lo posible,
elimine fritos y gaseosas o refrescos. Una persona que dicta conferencias permanentemente
tiene que cuidarse mucho.
CONSEJOS DE PELUQUERÍA
Un cabello brillante, saludable, bien cuidado y sedoso refleja una vida sana y balanceada.
Debe estar, además, bien cortado, peinado y limpio. Lo ideal es que se ponga en manos de
un buen peluquero que lo arregle según la forma de su cara.
La afeitada es para el hombre lo que es el maquillaje para la mujer. Es clave para verse
impecable. Dedique el tiempo necesario para que su afeitada o maquillaje, en el caso de las
mujeres, sea perfecta.
En cuanto a las manos, preferiblemente que esté recién hecho el manicure.
HOMBRES BIEN PRESENTADOS
Su vestido debe lucir impecable.
No use vestidos que tengan mucho diseño. Evite aquellos cruzados, porque, si tiene que
sentarse, no se sentirá cómodo.
Jamás use vestidos que brillan, que están motosos o arrugados, que han perdido la forma o
cuyo dobladillo está defectuoso.
El cinturón tiene que estar impecable, no pelado ni viejo.
La corbata es supremamente importante. Debe estar acorde en color y diseño con el
vestido.
Si usa pañuelo, que no sea de la misma seda de la corbata, aunque lo deseable es que
combine.
No use materiales que brillen, en pañuelos, corbatas o vestidos.
El cuello de la camisa debe verse impecable y coincidir con el cuello de quien la lleva.
No utilice, ni por accidente, prendas de cuero. No hay nada más informal que este
material.
De ninguna manera un conferencista debe estar vestido informalmente, así sus oyentes lo
estén. No debe hablar sin corbata, ni con la camisa abierta.
MUJERES BIEN PRESENTADAS
Vístase de traje.
Use faldas que no le impidan moverse cómodamente o que llamen la atención en sentido
negativo. Prefiera el largo de falda clásico.
Evite los vestidos que brillen o que tengan mucho diseño. Prefiera los de un solo color.
Procure vestirse siempre con falda. Si una conferencia es de tres días, el segundo día se
puede poner pantalón, pues ya la han visto de la otra manera.
No use joyas ni accesorios que llamen la atención. Deje de lado todo lo extravagante. La
gente deber reparar en el conjunto de su apariencia, no en los detalles.
BIEN CALZADOS
Nunca aparezca sin medias, aun cuando esté dictando su conferencia en tierras muy
cálidas.
Cuide que las medias estén impecables y siempre sean del color del pantalón.
Para las mujeres es aconsejable llevar medias de repuesto. Suele suceder que antes de la
conferencia usted se dé cuenta de que están rotas.
Las medias deben estar impecables. Que no tengan motas ni se vean sueltas.
Los zapatos deben gozar de óptimo cuidado y estar perfectamente lustrados.
Zapatos de ante o de charol, jamás se llevan de día.
EVENTOS RELACIONADOS
Es preferible que antes de su disertación no tenga relación con la gente, lo cual debe
ocurrir solo cuando llegue a la conferencia. Si, por ejemplo, antes de la intervención lo
invitan a un cóctel, no es recomendable que asista pues puede restarle imagen. Al terminar
la conferencia, perfecto, porque ya se ha establecido una relación.
Con ocasión de cualquier evento o encuentro previo a la conferencia, salude a la gente,
pero no avance en otros contactos. La relación debe ser cordial pero con mucho respeto.
Ellos allá y usted acá. Es mucho mejor. A las personas les gusta sentir al conferencista en
un nivel diferente.
A la hora de la comida, procure ser absolutamente impecable en sus modales, comer
divinamente, no excederse ni en la bebida ni en los alimentos.
Si fuma, trate de evitarlo al máximo.
El tema
Elección del tema
Y aquí recordamos una anécdota que nos narró uno de los asistentes a las
clases de oratoria, que se dictan en postgrados y especializaciones en muchas
universidades de Colombia. Nos dijo que cierto día, unos veinte empleados
jóvenes asistían a una conferencia sobre servicio al cliente. Pero que tal vez
era la peor conferencia a la que habían asistido en su vida. El orador no
estaba bien preparado, no estaba hablando de lo que sabía, era monótono, no
tenía expresiones en el rostro y hablaba en voz muy baja. De los veinte
asistentes, por lo menos doce estaban dormidos. Pero había uno
especialmente profundo. Tenía la cabeza sobre el hombro de su compañero.
El conferencista, ya un poco molesto, miró al chico al que le tenían la cabeza
en su hombro y le dijo: «Despiértelo!». Y el chico le respondió: «¡Despiértelo
usted que fue el que lo durmió!».
Prepare el discurso, no deje nada para la inspiración de último momento.
Usted debe tener algo preciso y perentorio que decir. Algo que lo haya
impresionado, algo que merezca la pena ser contado. Puede hablar con el
ánimo de dejar una enseñanza, de prestar un servicio. He oído de todo, pero
lo que más me apasiona es escuchar a quienes tienen un mensaje que
apasionadamente desean entregar. Hable para trasladar conocimientos, no
para lucirse. Hay otra plaga que he detectado en nuestros seminarios y es la
manera como las personas subestiman sus temas. Creen que lo que saben no
es importante, que no le va a interesar al auditorio. Esto es absurdo y
autodestructivo. La experiencia nos enseña que las personas tienden a
desvalorizar temas que, al final, resultan supremamente importantes para el
grupo. Todo el mundo es más hábil que usted en alguna cosa. Y nosotros
tenemos habilidades y conocimientos, por ejemplo sobre nuestro estudio o
trabajo, que otros no tienen. En consecuencia, al hablar frente a los grupos,
enseñe cosas o cuente sus experiencias, que pueden ser muy ilustrativas.
Usted debe dominar su tema y en este aspecto la opinión de Zenaida
Orozco y Jaime Girón es muy certera:
El conferencista debe enseñar lo que ha aprendido en la vida; debe compartir sus conocimientos
o habilidades para que los demás también tengan logros. Para impactar hay que dar lo mejor de
sí, hay que entregarse, hay que tener algo valioso para decir y hay que generar resultados, luego
de la comunicación.
Cuando el tema corre por las venas
Un buen presentador y orador debe estar muy bien enterado de lo que va a
tratar. Si a mí me invitaran a hablar, por ejemplo, de mecánica nuclear, pues
no aceptaría porque no tengo ni idea. Siempre trato de documentarme al
máximo para no irrespetar a mi público. El mejor consejo es, pues, que se
entere al máximo de lo que va a exponer y que, luego, lo haga de manera
clara de tal forma que le llegue hasta el último de los oyentes. De lo único
que debe hablar una persona es de lo que sepa. Y cuando hable de lo que no
sabe, pasará inmensos trabajos. Por otra parte, hablar de lo que usted no sepa
es un inmenso irrespeto con su auditorio. No se deje imponer temas. Es el
conferencista el que escoge el tema; no el tema el que escoge al
conferencista. Y si le piden que exponga sobre uno que usted no domina
plenamente, pida tiempo para investigar, para documentarse. La seguridad
intelectual le dará seguridad física y psicológica.
José Manuel Paredes nos dijo:
Usted debe hablar del tema que conoce a fondo, por vivencia, por estudio o por experiencia, y
no únicamente porque lo leyó hace algunos días. Es necesario que el tema le corra por sus
venas. Debe estar entusiasmado con su tema y tener el ferviente y genuino deseo de
comunicarlo. Es ideal asumir una actitud positiva frente al reto y no una actitud negativa y
pesimista. Si piensa que le va a ir mal, seguramente le irá mal, porque estará lleno de ansiedad.
Prepárelo todo. Siempre es necesaria la preparación intelectual y logística para tener éxito en
una conferencia. Muchas veces, por falta de precaución, fallan los equipos electrónicos que
serán utilizados, por no haber realizado los ensayos previos. Hay quienes preparan una muy
buena presentación, pero no se preparan para realizar una muy buena presentación.
A su turno, Rony Galdámez Carías recomienda:
Uno tiene seguridad y confianza cuando habla de lo que domina. Y, cuando vaya a hablar de un
tema que no le guste mucho, porque, digamos, se lo pidió el gerente, encuéntrele a ese tema las
cosas positivas. Cuando hable de su tema, concéntrese en el fondo, en el objetivo que busca.
Tenga siempre en cuenta las necesidades del auditorio. Los auditorios quedan encantados
cuando les proporcionan algo que no conocían. En el fondo, una conferencia es buena cuando
las personas que asisten salen con la sensación de que aprendieron algo que les sirve.
Proporcione beneficios con sus palabras y hable con pasión. Hay que hablar con palabras que
nacen del corazón y que están bien hiladas por la inteligencia. Sea natural. Los auditorios
quieren oír gente natural que comunica ideas humanas. Los auditorios ya no quieren plástico
sino naturalidad. Hable de temas que llamen la atención, que enseñen, que interesen. Los grupos
dan su tiempo al orador para obtener algo que necesitan, para obtener un beneficio, para obtener
una ganancia por su inversión. No hable de genialidades que no le interesen al grupo. Hay que
satisfacer sus necesidades. Una persona debe salir del salón mejor de lo que entró. Cuando esto
ocurre, significa que el orador cumplió con su trabajo. Logre sintonía y empatía, de tal forma
que los oyentes lo reciban como un amigo.
Entre tanto, Emilio Romualdo Santamaría señala:
Creo que un conferencista necesita haberse ganado el derecho de hablar de ese tema, ya sea
porque lo ha vivido o porque lo ha estudiado a fondo. Así mismo, esa persona debe estar
emocionada por su tema y reflejar todas las emociones frente al grupo, ya sea alegría, tristeza,
indignación, desconcierto, etc.
Mauricio Piñol, del Instituto Carnegie de Guatemala, opina que «hablar
de lo que se sabe da mucha seguridad. Quien habla de lo que no conoce,
desde luego, estará inseguro, puesto que no se encuentra en su zona
cómoda».
Leopoldo Barrionuevo, conferencista y asesor que trabaja en decenas de
países, opina a este respecto:
Hay que dominar el tema. Es necesario tener conocimiento y experiencia sobre lo que se va a
exponer. Creo que toda la vida nos preparamos para un discurso. Uno habla mejor de lo que
domina, de lo que conoce y de lo que ama. Usted no puede hablar de un tema porque lo acaba
de conocer en un libro. Eso me parece un pecado mortal. Eso lleva al fracaso. Se fracasa al
hablar de algo que no se sabe.
EL DISCURSO DE MILENA
En una oportunidad, durante nuestro seminario taller, una médica de nombre
Milena, hizo una vehemente, fervorosa, dinámica exposición sobre la
poliomielitis. En el curso, de veinte personas, había trece madres. Insistió con
vigor, con fuego, en la necesidad de vacunar a los niños contra esta terrible
amenaza. Su mensaje, por fortuna, quedó claro. Hice una encuesta y detecté
que algunas de las madres no habían vacunado a sus pequeños hijos. No
tenían conciencia de este peligro. O lo desestimaban, lo subvaloraban. Tengo
la certeza absoluta de que muchas acudieron muy pronto con sus pequeños
para inmunizarlos. Gracias a Dios, es posible que a algunos de estos niños no
les pase justamente lo que le ocurrió al hijo de Milena, afectado por la
poliomielitis. Ella tenía, con toda razón, un mensaje que pugnaba por salir, un
mensaje que era imperioso dejar conocer a sus compañeros del curso.
Siempre se lo agradeceremos todos.
Trabaje su tema
Investigue, lea, reflexione, pregunte, hable mucho tiempo sobre su tópico.
Saque sus ideas propias, experiencias, reflexiones. Ponga de usted en sus
intervenciones. Narre sus experiencias, lo que cree sobre el particular,
otorgue sus puntos de vista. Háblenos de sus experiencias, opiniones y
creencias.
Su tema debe crecer en su mente. Crecer y crecer. Y esto ocurre cuando lo
digiere. No podrá jamás explicar algo que no ha entendido plenamente. Si lo
hace, esa explicación resultará coja. En una oportunidad, Gabriel García
Márquez, Premio Nobel de Literatura, dio una información que es tan lógica
como importante: cuando está escribiendo un libro, solo lee sobre ese tema.
Lo mismo hice yo durante el tiempo en que me dediqué a la investigación
para producir este libro.
Medite sobre el tópico que va a exponer. Saque menos cosas de los libros,
de los folletos, de las estadísticas, de los estudios, y más de sus propias
experiencias, de sus necesidades y las de su comunidad.
Tenga conversaciones sobre el tema. Sus amigos, sus compañeros de
estudio o de trabajo, sin saberlo, pueden hacerle aportes interesantes.
Recuerde asuntos sobre su tema y expóngalos. Y durante la disertación,
narre historias que tengan que ver con lo que está hablando. Cada vez que
diga: «A propósito del tema, cómo les parece que en una oportunidad yo...»,
puede tener la certeza absoluta de que, instantáneamente, crecerá la atención
del auditorio. El ser humano está ansioso de que le narren experiencias.
Quiere que lo ilustren con hechos reales, verídicos, sobre el tema objeto de la
disertación. Ordene las cosas que va a decir, a contar, pero tenga bien clara la
meta a donde desea llegar. Tenga bien claro cuál es la intención de su
comunicación. Qué es lo que desea que piense o haga el grupo cuando
concluya. Anote sus pensamientos, sus reflexiones sobre el discurso o
conferencia que desarrollará. Mencione su manera de pensar, sus
convicciones. Sume experiencia y reflexión. Hable con pasión y su discurso
será un éxito.
Semanas o días antes de su presentación, anote cada una de sus
reflexiones, en pedacitos de papel y luego, cuando se acerque el día, escriba
como si fuera a leer la disertación. Usted no la va a leer pero, al escribir, cada
vez se familiarizará más y más con las ideas por desarrollar. Deles vueltas en
su cabeza a los puntos fundamentales, hasta cuando se le fijen. Finalmente,
trabaje con notas o, simplemente, con palabras guía, con su esquema, su
plano, y realice la exposición.
Fuentes de inspiración
Para preparar su tema debe desplegar sus radares con el objeto de absorber
todo lo que pueda serle útil el día de la verdad. Puede recopilar el material
que usará, fundamentalmente, de estas fuentes:
•
•
•
•
•
•
Usted mismo. Su experiencia.
La documentación escrita. Qué se ha dicho sobre el tema.
Lo que puedan aportar otros. Se trata de hablar con personas que dominen el tema.
Seminarios sobre los temas que usted manejará. Debe asistir a todos los que pueda.
Videos sobre su tema.
Información de Internet.
Pero, eso sí, cuídese de que sus propias ideas no sean totalmente
desplazadas por las de otros. Estas pueden ser su complemento, pero no lo
deben invadir de tal manera que borren su propio mensaje, sus convicciones.
Si se dedica únicamente a citar a otros, su intervención no tendrá vida.
Seriedad en la investigación
Muchos de los personajes entrevistados para este libro, como usted ha visto
hasta el momento, coinciden en afirmar, de otro lado, que un discurso debe
ser breve y jugoso. Igual que un escrito en la prensa. En los escritos, como en
las disertaciones, se percibe si hubo o no investigación y preparación. Para
mis trabajos en la revista Selecciones del Reader’s Digest, me ordenan
entrevistar hasta cuarenta o cincuenta fuentes. Muchas veces, a tres
autoridades para ratificar la misma afirmación. Cuando fui director de una
cadena radial, concebí una sección llamada «La gran crónica del día».
Trabajábamos sobre diferentes temas y el coordinador tenía instrucciones
precisas de entrevistar, por lo menos, a cinco personas por tema. No
decíamos: «Fuentes bien informadas dicen tal y tal cosa». Citábamos a esas
fuentes con nombres y cargos, e incluíamos su voz. Cuando leo una crónica
en un periódico o revista, aprecio el hecho de que se incluyan conceptos de
diferentes autoridades. Me agrada detectar que el periodista no inventó
conceptos, afirmaciones o análisis.
Apoyémonos sobre autoridades. Nosotros tenemos la tendencia a creer lo
que otros creen. Pensamos que si lo dijo un personaje muy reconocido, así
debe ser. De esta forma, con este tipo de citas de personajes respetados,
afianzamos lo expuesto e impedimos, en gran medida, que surjan ideas
contrarias en la mente de quienes nos escuchan.
Dar nombres y fechas otorga credibilidad. Es un recurso válido, pero no se
debe abusar de él. Los oyentes valorarán lo que dijo Fulano de Tal sobre este
o aquel aspecto, pero también desean saber qué opinamos o sabemos
nosotros. En cambio de decir que «muchos autores opinan», lo cual es vago y
vacío, mencione uno o dos nombres propios.
Es ideal que mencione estadísticas y la institución que las avala, lo cual da
credibilidad. Debemos dar a entender que, en efecto, manejamos el tema.
Esto es vital.
Cite a personas conocidas y que gocen de aprecio en el país o el mundo.
Hablan los expertos
Ignacio Orrego Rojo, «Igor»
Ignacio Orrego Rojo, es un conferencista destacado internacionalmente. Se
graduó como sociólogo de la Universidad Nacional de Bogotá y posee un
master en administración de la Universidad de Illinois. Así mismo, adelantó
estudios de Desarrollo Organizacional y Laboratorios de Comportamiento
Humano en la Universidad de Puerto Rico, lo mismo que Dinámica
Organizacional y Mercadeo en la Universidad de México.
Se ha desempeñado como catedrático en la Universidad de San Marcos, en
Lima; la Universidad Central, de República Dominicana; y las universidades
del Rosario, Eafit, Esap y Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá.
Dicta conferencias y talleres casi a diario en Colombia y en otros países, y ha
escrito varios libros sobre gerencia, dirección de personal, ventas, mercadeo y
temas motivacionales.
En su concepto, ¿cuándo un orador es bueno?
Yo me considero más conferencista que orador. Un conferencista es una
persona que no solamente plantea problemáticas comunes al auditorio al cual
se está dirigiendo, sino que plantea, fundamentalmente, soluciones. La gente
no va a un seminario a que se le hable de los problemas que vive todos los
días. La gente va a un seminario a encontrar soluciones y salidas específicas
para los problemas que enfrenta en el diario vivir. Para tener éxito frente a un
auditorio se requiere, básicamente, conocimiento y práctica. Si uno no conoce
bien el tema, si no lo domina, si no ha investigado, entonces cae en la
superficialidad, que es la puerta de entrada a la mediocridad. Y la mediocridad
es el acabose del hombre en todos sus contextos y en toda su dimensión. Pero
se requiere práctica. Con sobrada razón se dice que la práctica hace al maestro.
¿Qué quiere decir esto? Que uno no puede llegar a improvisar. Que uno tiene
que ensayar antes de salir al aire. Yo me he puesto a conversar con directores
de orquesta, con bailarines profesionales, con personas que se dedican al teatro
y antes de salir al aire con una obra han ensayado seis meses, un año o dos.
Cuando aparecen, poseen completo dominio y una absoluta seguridad. Por
consiguiente, para mí, la seguridad personal nace del conocimiento y la
práctica. Y el conocimiento no solamente se refiere al tema. Se refiere al
auditorio para poder entender claramente qué quiere recibir. Cuáles son sus
expectativas. Porque un conferencista tiene que responder a las expectativas o
necesidades específicas del público al cual se está dirigiendo. Cuando se le
presentan soluciones reales, objetivas, prácticas, aplicables, entonces el
conferencista adquiere dentro del grupo un alto posicionamiento. Ven a una
persona que plantea soluciones.
¿Pero cuál es la base para ser un buen conferencista?
Lo aprendí de una persona extraordinaria. Un día le pregunté a un gran
conferencista que conozco: «¿Usted por qué es tan extraordinario?» Y me
respondió: «Porque esta es mi profesión y la adoro. Yo tengo como profesión
ser conferencista y transmitir ideas, mover masas, despertar esa capacidad
latente que vive en las gentes. Esta es mi profesión y la adoro. Por eso lo hago
bien». Ahora: ¿Cómo puede uno realmente llegar al alma del auditorio? La
respuesta es: cuando le pone el corazón a lo que hace. Nadie podrá convencer a
un auditorio si no le pone el corazón. Y eso nace del convencimiento, pues si
uno no está convencido tampoco puede convencer a los demás. Hay muchos
oradores o conferencistas que no pasan de ser unos pobres individuos que
nunca sienten lo que están diciendo. Uno debe decir lo que siente. Cuando está
diciendo cosas que no siente, la comunicación no verbal, que son los gestos,
traicionan, y eso hace que se pierda la confianza ante el grupo. Y el secreto es
una palabra: entusiasmo. Todo lo que uno haga con entusiasmo lo tiene que
hacer bien. Entusiasmo es energía, entusiasmo es convencimiento, entusiasmo
es compromiso, entusiasmo es vivir las cosas. Y cuando uno las vive las puede
contagiar.
¿Cuándo es un fracaso?
Cuando no conoce el tema. Cuando no lo domina profundamente, cuando no
lo ha investigado. Cuando tiene como base la improvisación, cuando no está
convencido de lo que está diciendo y desconoce el nivel, las expectativas y
necesidades de sus oyentes. Cuando con su comunicación no verbal tampoco
avala lo que dice. Cuando no tiene capacidad de manejar el vocabulario o
lenguaje apropiados para cada público. Y, en especial, cuando le falta a él
mismo motivación. Y esa motivación es el compromiso. Porque el
compromiso es primero para con uno. Cuando uno no está convencido no
puede convencer.
La única parte donde éxito está primero que planeación y trabajo es en el
diccionario. El éxito es la resultante de la planeación y del trabajo. El orador
debe saber varias cosas: qué voy a comunicar, a quién voy a comunicar, para
qué voy a comunicar, por qué voy a comunicar, qué espero obtener después de
haber comunicado. Cuál es la reacción, el compromiso o la acción que espero.
Porque cualquier conferencia, cualquier cosa que se haga en el mundo, si no
conlleva a una acción, es una pérdida de tiempo. Para comunicar hay que
llenar requisitos. Primero, conocimiento del tema. Segundo, información.
Tercero, comprensión. Cuarto, aceptación. Quinto, decisión. Sexto, acción.
Séptimo, resultados, y octavo, evaluación. Si no se da ese proceso, en mi
concepto, una conferencia no pasa de ser una habladuría más. Todo seminario
que yo hago, si no conlleva a una acción, ha sido pérdida de tiempo para todos
los que participamos. La gente tiene que salir de un seminario mío con
respuestas, con acciones concretas, con planes efectivos, pero eso se vuelve
realidad en la medida en que haya evaluación y seguimiento. Todo lo que no
tenga una acción de seguimiento, difícilmente puede concretarse en un
beneficio. Lo que busca la gente son beneficios. El lenguaje universal es el
lenguaje de los beneficios. La gente va a una conferencia es porque busca un
beneficio. Y ese beneficio es la respuesta a su problemática. Hay gente que
habla muy bonito pero no le está dando información o soluciones a sus
escuchas. Y eso no pasa de ser un evento más.
¿Cuáles son los principales defectos de las personas cuando hablan?
Para mí el principal defecto es la falta de entusiasmo. Porque cuando hay
entusiasmo, uno puede modular la voz, puede tener tonos altos, tonos bajos. Y
una cosa muy grave es que, generalmente, no se utilizan ayudas audiovisuales.
El conocimiento entra por los sentidos, y mientras más sentidos intervengan,
mejor va a ser el aprendizaje. El aprendizaje se logra a base de repetición.
Entonces, las ideas clave hay que presentarlas de distinta forma y repetirlas
para que se graben. Lo que se dice una vez, solamente se oye. Lo que se dice
dos, ya empieza a generar inquietud. Pero lo que se repite muchas veces, ya
empieza a considerarse como propio y es ahí donde se genera la aceptación. Y
si hay aceptación, hay decisión; y si hay decisión hay acción; y si hay acción
hay resultados. Y si hay evaluación y seguimiento y se repite el ciclo, entonces
hay cambio de actitud. Porque, finalmente, todo lo que se expresa debe
conllevar a un cambio de actitud. O si no hemos perdido el tiempo.
¿Qué es la expresión corporal?
Yo creo que la expresión corporal es muy personal. Depende mucho del
sentimiento que uno tenga en ese momento. Pero lo importante es hablar con
entusiasmo. La expresión corporal, de todas maneras, es una forma de avalar lo
que se está diciendo. Creo que no debe haber normas rígidas que digan, por
ejemplo, que las manos se tienen que poner así o asá. Eso va saliendo, eso va
surgiendo espontáneamente y depende mucho también del grado de
motivación del orador y de la forma o identificación que logre con el grupo.
¿Cuál ha sido el mejor orador que usted ha escuchado y por qué lo
considera el mejor?
Og Mandino. Lo considero el mejor por la claridad y sencillez en sus
planteamientos. Por el mensaje objetivo y real que transmite. Por el
compromiso de acción que deja en cada participante o asistente. Y, en especial,
por la forma humana, sencilla y el carisma con el que enseña.
En su concepto, cuáles son las principales cualidades que debe tener un
orador para impactar?
Yo creo que es importante una excelente presentación personal cuando esté
frente al grupo. Una excelente presentación de acuerdo con el nivel del grupo.
No debe tener factores distractores que en un momento determinado hagan que
se pierda la concentración en el tema. Ideal que se acerque mucho al público.
Los auditorios prefieren a los conferencistas que charlan con ellos sobre los
que se dirigen a ellos. No debe estar en un estrado, alejado. Importante utilizar
ayudas audiovisuales y tocar los sentimientos que hagan vibrar al auditorio.
Así mismo, tiene que proponer soluciones.
¿Puede mencionar alguna historia interesante en relación con el tema?
Las experiencias más sentidas e importantes surgen cuando logro tocar el
corazón, la fibra humana, el sentimiento del grupo. Y eso se logra hablándoles
de la problemática que tienen y planteándoles soluciones específicas. Insisto
mucho en que una conferencia, un seminario que no plantee soluciones no
tiene ninguna razón de hacerse. Definitivamente la gente asiste para encontrar
respuestas y no palabras y más palabras.
Prepare su discurso
Ruta hacia una conferencia exitosa
Para preparar su intervención, puede seguir estos pasos:
• Acopio de materiales, datos, información, hechos, ideas, vivencias, anécdotas, lecciones,
moralejas.
• Selección y ordenamiento del material recogido.
• Maduración y reflexión sobre el tema. Debe pensar en el asunto varios días y noches. Darle
muchas vueltas en la cabeza, con el objeto de que se fijen las ideas principales de su
intervención.
• Organización del discurso. Elaboración del plano, el esquema, el camino, la guía. No pierda
de vista el tiempo que le otorgan, la clase de auditorio, los objetivos de la comunicación y el
enfoque personal que le dará.
Para elaborar el plano o esquema de su discurso, tiene que saber para
dónde va. Es imperioso tener claro cómo va a comenzar, cómo va a
desarrollar el tema y de qué forma concluirá. Como ya lo dije con
anterioridad, en nuestros seminarios, trabajamos siempre con lo que
denominamos PDC.
• P Planteamiento. Es el comienzo.
• D Desarrollo. Es ahí donde se incluyen todas las reflexiones, los datos, las convicciones,
los deseos, las experiencias del orador.
• C Conclusión. Aquí se recoge todo en una o unas frases.
El discurso debe tener un orden lógico. Incluir temas centrales con
divisiones y subdivisiones. Tiene que haber una sucesión regulada de ideas.
No se salga del esquema haciendo mezclas o formulando reflexiones sin
sentido, hablando de cualquier cosa que se le venga a la cabeza en el
momento de la disertación. No se detenga en detalles superfluos ni alargue
los análisis más de lo necesario. No presente sus ideas en forma desordenada
y desconectada. Su presentación debe ser hilada, coherente, para que pueda
ser comprendida y para que logre convencer. Por eso es tan importante el
esquema escrito en papel, en diapositivas, en tableros, acetatos, etc.
Hablar sin tener ese esquema es como construir un edificio sin planos o
una casa en el aire. En cuanto a su elaboración, Enrique Castellanos dice:
• Debo planificar el «titular». Debo saber cómo voy a atraer la atención del auditorio.
• Luego, definir cuáles son los puntos principales que quiero transmitir y escoger la
evidencia, la argumentación, la información apropiada para que ese auditorio me crea.
• Finalmente, escoger la frase que quiero que recuerden para elaborar un final
impactante.
No pretendamos tocar muchos temas en poco tiempo. ¿Qué sentido tiene
desarrollar quince ideas en quince minutos? ¿No será mejor desarrollar cinco
ideas bien que quince mal?
He visto personas que fracasan por tratar de decir muchas cosas en muy
pocos minutos. Hablan apresuradamente, no redondean las ideas, narran con
desparpajo. En sus caras se ve el sufrimiento porque no quieren dejar nada
por fuera. Y fracasan. Es mejor decir cinco cosas bien que veinte mal.
Siempre usted quedará con la sensación de que le faltaron cosas por decir.
Pero tranquilo. Lo realmente importante es que haya dicho lo principal, lo
vital.
Guía de notas
Hasta el momento hay algo muy claro y es que usted debe hablar de lo que
sepa, del tema que domine, del tópico sobre el que tenga opiniones,
informaciones, posiciones, datos, algo que merezca ser dicho. Aun así, como
ya lo mencionamos, lo ideal es portar una guía, con pocas palabras. Si las
ideas están perfectamente claras en la mente, si los hechos aparecen nítidos,
puede que las notas sobren o dejen de ser tan importantes. De todas maneras,
el tenerlas, da seguridad. La guía con pocas palabras o dibujos es su ruta, su
plano, su sendero, su camino.
Esa guía, esas notas que hará, deben estar en una hoja grande y con letras
claras y de buen tamaño. Es su plano, su esquema, su guía. Las puede
mantener sobre la mesa auxiliar, detrás de una agenda o unos libros, y las
mira de soslayo, de reojo, cada vez que piense pasar del punto uno al dos, o
del cinco al seis. Si no hay mesa, las puede tener en una mano. Y si necesita
las manos, digamos, para mostrar un objeto, las mete en el bolsillo. El
esquema se puede hacer en una hoja o en un papelógrafo, en un tablero
sintético o en acetatos, o en Power Point. En él aparecen anotados los puntos
y las reflexiones que voy a exponer y a desarrollar.
La pirámide invertida
Hemos visto fracasar a decenas de oradores que, por no saber para dónde
iban, no llegaron a ninguna parte. Si uno no sabe para dónde va, ya se pasó.
Hay oradores que, infortunadamente, no tienen un esquema mental, un
esqueleto, un plano del discurso. Les otorgan, digamos, diez minutos para
expresar sus ideas sobre un tema y gastan siete minutos en rodeos sin
importancia. Con esto no solo cansan a su grupo, el cual se distrae, se va, se
aleja, sino que, cuando les advierten que el fin de su penosa intervención está
cerca, comienzan, ahí sí, a tocar los tópicos imprescindibles. Lo hacen de
manera atropellada, incompleta. Y fracasan.
Haga una pirámide, pero invertida. Coloque los puntos que tocará en su
intervención, por orden de importancia. Con la pirámide invertida, los temas
quedarán de mayor a menor, del más al menos importante. De tal forma que
cuando le indiquen que su tiempo va a terminar, si ha tocado los cinco
primeros temas incluidos en la pirámide y le quedan cuatro, ya habrá
mencionado lo más importante. Ya habrá dicho lo vital. Se queda entre el
tintero lo menos sobresaliente.
Si este estilo de pirámide invertida no se utilizara en los periódicos, ¿qué
pasaría? Los diarios tienen uno o varios diagramadores, quienes saben que en
la página, digamos, 8 A, hay espacio para una noticia de quince centímetros
por dos columnas. Y el periodista pasa una de veinticinco centímetros por dos
columnas. ¿Qué hace el editor? Corta diez centímetros. ¿Y de dónde los
corta? Del final. Confía en que, si corta al final, lo más importante estará
incluido al comienzo. Es decir, que se pierden datos, pero no los definitivos.
Si esto no ocurriera así, el editor, el diagramador, tendría que revisar la
noticia y reescribirla. Hay personas, créanmelo, que dejan lo más importante
para el final. Y por eso fracasan. Trabaje con el sistema de pirámide
invertida. En su esquema, coloque los temas del más al menos importante.
Haga su esquema con palabras, pocas palabras. Al primer golpe de vista,
leerá su guía y sabrá con cuál paso seguir. Lo sabrá siempre y cuando tenga
perfectamente claras las ideas y los hechos que expondrá. Una persona nunca
debe pensar en palabras sino en hechos e ideas y las palabras le saldrán a
borbotones. Esto se sabe desde hace siglos.
PIRÁMIDE INVERTIDA PARA UNA CONFERENCIA SOBRE ADICCIONES
Diferentes adicciones
Quién se puede convertir en adicto
Efectos de la adicción para el adicto y su familia
Efectos de las drogas adictivas sobre la salud
Cómo ayudar al adicto
Errores frecuentes al manejar a un adicto
Destinos que le esperan al adicto
Profesionales indicados para tratar a los adictos
Cómo salir de una adicción
Tratamientos para la adicción
Costos de esos tratamientos
Lugares de tratamiento en Bogotá y el país
Las anécdotas: un buen recurso
Para darle fluidez a su discurso, las anécdotas resultan muy útiles. Es
absolutamente imposible que a un orador se le olviden las palabras cuando va
a narrar, por ejemplo, algo que le pasó. A un ser humano no se le pueden
olvidar las palabras cuando va a contar, digamos, cómo le robaron el carro o
cómo ocurrió el incendio en esa fábrica, hechos de los cuales fue testigo.
Por algo dicen que «habla más que un perdido cuando aparece». Claro.
Habla mucho porque, sencillamente, narra hechos que vivió. Esta táctica de
narrar anécdotas es de gran utilidad. Cada vez que usted narra una, logra dos
efectos: atrae instantáneamente la atención y consigue tranquilidad. Esto
sucede por lo que hemos dicho: a nadie se le pueden olvidar las palabras
cuando cuenta algo que le ocurrió.
Óigase y mírese
Como ejercicio, puede ser muy útil tomar la guía que ha elaborado sobre su
tema y practicar su discurso frente a un espejo, una cámara de video o una
grabadora.
Al ser consultado acerca de la utilidad de practicar el discurso a solas
frente al espejo, el experto Rodrigo Sepúlveda, recomienda:
Sirve cuando se trabaja con una misión concreta, con objetivos, metas y actividades concretas.
Ese ejercicio es excelente. Se adquiere mucha confianza. Hay que entrenar. Practicar, practicar
y practicar. Ese es el secreto. Recuerde que es lo que hacen los grandes actores. Practican
muchas veces una escena hasta cuando les sale natural. En mis talleres les pido a los alumnos
que exageren los movimientos. Muy seguramente si yo hago el ridículo, si exagero mis
movimientos, posiblemente haré luego una mejor ejecución frente al auditorio.
Enrique Castellanos dice, por su lado:
Practicar frente al espejo es una buena alternativa, incluso mejor que practicar solo
mentalmente, como muchas personas lo hacen. Debe practicar en voz alta, simulando una
situación lo más parecida a la que luego será la realidad. Pero la mejor alternativa es hacerlo
frente a un especialista en el tema, quien lo podrá guiar sobre lo que está haciendo, lo que hace
bien, lo que hace mal y lo que puede mejorar. Puede practicar frente al espejo y también, a
veces, sin espejo, para que no esté tan pendiente de la imagen, sino del contenido, que al final es
lo realmente importante.
Respondiendo a esta misma pregunta, Ignacio Orrego Rojo, manifiesta: «Me
parece excelente. Puede también practicar frente a una cámara o una
grabadora. Cuando se escuche o se vea, recibe una información que le
permite mejorar».
Controle las muletillas
Las muletillas son palabras o sonidos que se repiten constantemente durante
la charla, son inconscientes y por eso es tan importante tomar un seminario
taller, en el cual puedan ser detectadas y totalmente eliminadas.
El doctor Luis Alfonso Anleu manifiesta que «lo ideal es que un instructor
detecte la muletilla, lo haga caer en la cuenta de que la tiene y que la persona
se haga el propósito de eliminarla. Cuando alguien detecta una muletilla y se
hace el propósito de eliminarla, lo consigue».
Cuando le preguntamos al psicólogo Rodrigo Sepúlveda, qué puede hacer
una persona para eliminar las muletillas, respondió:
Lo primero es que sepa que la muletilla existe. Muchas veces son totalmente inconscientes. La
persona no sabe que las tiene. Las muletillas detectadas hay que erradicarlas. Y se debe lograr,
pues son un distractor del mensaje. Las hay muy chocantes y complican la comunicación.
Usted, pues, debe detectar sus muletillas y, cada vez que le aparezcan, se
«penaliza», se «sanciona» mentalmente. De esta forma las eliminará ya que,
necesariamente, deslucen un poquito su comunicación. Si es consciente de
que las tiene, puede pedirle a alguien del auditorio o a sus amigos que se fijen
en ello o puede improvisar un discurso y grabarlo. Luego lo escucha y detecta
si las hay o no. Hay muletillas como estas: «Sí, sí, sí»; «o sea»; «a ver»;
«este»; «no»; «okey»; «de pronto»; «mejor dicho»; «digamos». Este tipo de
muletillas, reiteramos, deslucen en algo la comunicación. Al detectarlas, al
ser consciente de que la muletilla existe, se pueden eliminar. De todas
maneras, muchas veces los oyentes no detectan la muletilla, si no es muy
repetitiva. Tenga o no tenga muletillas, debe pararse frente al grupo, hablar y
practicar cada vez que tenga la oportunidad. Las muletillas también
desaparecen con la práctica, si han sido detectadas. Que el simple hecho de
tener una muletilla no le impida pararse a comunicar frente a un auditorio.
Hablan los expertos
Entrevista con el padre Gonzalo Gallo
Uno de nuestros personajes es el exsacerdote Gonzalo Gallo González, escritor
y conferencista de gran éxito en diversos países de habla hispana. Ha escrito
varios libros, especialmente sobre temas que propenden por el mejoramiento
de la calidad de vida, motivación, ética y crecimiento integral del ser humano.
Es, reiteramos, un conferencista absolutamente excepcional.
El padre Gonzalo Gallo González es licenciado en Filosofía y Letras de la
Universidad de San Buenaventura. Estudió teología en Israel y en Roma. Ha
escrito varios libros y es columnista de diferentes periódicos.
¿Cuándo un orador es bueno?
Cuando llena al menos tres condiciones: uno, comunica con el alma y tiene
fuego en el corazón. Dos, cuando su comunicación es ética y positiva. Y tres,
cuando su mensaje es eficaz, es decir que la palabra lleva a la acción.
¿En qué casos podría fracasar?
Lógico, cuando hace todo lo contrario. Entonces, aunque enardezca y cautive a
la gente, su mensaje se desvirtúa. En ese caso será un encantador de serpientes
pero no un buen orador. En la respuesta anterior y en esta hablo de
«comunicar», que es mucho más que hablar. Un buen orador o comunicador
solo puede serlo con un lenguaje total, no solo verbal.
Por favor mencione al mejor orador que haya tenido la ocasión de
escuchar.
Un predicador de Estados Unidos llamado Robert Schuller, por varias e
importantes razones:
Por armonizar bondad e inteligencia; corazón y cabeza.
Por equilibrar firmeza y suavidad.
Por balancear teoría y praxis2, ideas y vivencias.
Por vivir lo que comunica.
Por su apertura y su mensaje universal.
En su concepto, ¿cuáles son las condiciones principales que debe tener un
orador para impactar al auditorio?
Las más importantes son:
1. Honestidad: solo se le cree al que es coherente. Si no, un mensaje es flor de
un día, es agua que cae en la arena.
2. Convicción: la gente le cree al que habla con seguridad, dominio, al que le
pone pasión en cada palabra y cada gesto.
3. Emoción: un mensaje debe llegar a la cabeza y al corazón; debe tocar
sentimientos y apelar a esa sensibilidad que hay en todo ser humano.
4. Calidad: comunicar es un servicio que, como todos, pide excelencia,
conocimiento y preparación.
5. Creatividad: todo lo anterior puede perderse cuando la rutina lleva a alguien
a repetirse, a no renovarse. Un buen orador debe ser constante e innovador.
6. Humildad: para vivir aprendiendo, para evitar la inflación del ego, para
aceptar las críticas y autocriticarse. Y, sobre todo, para aceptar que solo es
un instrumento de Dios.
¿Puede mencionar alguna historia interesante en relación con el tema
«Hable bien en público»? ¿Alguna experiencia que le haya parecido
particular?
Me ocurre con frecuencia que las personas reconozcan algo como esto: «Tal
frase suya me movió a cambiar» o «tal parte de su intervención me ha llegado
al alma». Y uno sabe que allí es la misma persona la que está recibiendo más
de lo que uno quiso o pensó dar. Y yo también estoy seguro de que allí está
Dios actuando. Es algo bien especial porque se palpa el poder fascinante de la
palabra y esa magia que se da cuando hay buena semilla, buen sembrador y
buen terreno. Algo que me parece bien interesante es comprobar como es de
importante para llegar al público hacer estas dos cosas:
Primera. Dirigirse a aquella persona que uno vea sintonizada con uno y con
el tema. Hacer de cuenta que se le está hablando a ella.
Segunda. Ignorar a los desconectados a quienes uno, con buen o con mal
humor, no fue capaz de ganárselos. Si no lo hace, pierde vigor y llegada por
más preparación que tenga.
¿Usted cómo se siente cuando debe hablar de pie ante un grupo?
Lo que yo siento es la suma de estas emociones y vivencias:
1. Emoción y gratitud de poder brindar un servicio y hacer una buena siembra
en nombre de Dios.
2. Responsabilidad de saber que la palabra es poderosa para unir o dividir,
curar o herir, calmar o agitar, iluminar o ensombrecer. Me asusta o
conmueve el poder de las palabras y los gestos.
3. Nerviosismo, que es necesario para tomar las cosas en serio, respetar al
auditorio y prepararse bien.
4. Cierta pena o incomodidad de que lo pongan a uno de artista cuando uno es
solo el pincel.
¿A usted qué tipo de oradores, de conferencistas lo entusiasman, lo
animan a escucharlos?
A veces, más los populares que los muy famosos. Se lleva uno sorpresas
viendo todo lo que logran seres incluso analfabetos, sin los recursos técnicos
de un gran orador. De niño siempre me dejé seducir por culebreros y
vendedores callejeros.
También me encanta escuchar oradores de ideas totalmente contrarias a las
mías. Quien no piensa igual es quien más nos enriquece. De niño me metía en
reuniones de sindicatos para tener otras visiones de la vida. Creo que en todas
las ciudades debería existir una Speaker’s Corner, o una esquina de los
oradores, como en Londres. Un foro para oír de todo y aprender de todos.
En un grupo de trabajo de diez personas, donde todas piensen igual, sobran nueve3.
¿Cuál es el peor defecto que puede tener un orador, padre Gallo?
Que después de oírle un mensaje de solo palabras y cero valores, la crítica sean
tres palabras: Bla...bla...bla...
¿Desea agregar algo más?
Gandhi, siendo hinduista, leía y releía el sermón de la montaña de Jesucristo.
Lo mismo hizo Martin Luther King. Es fascinante ver cómo Jesús de Nazareth
con sus palabras y sus obras ha sido y seguirá siendo el mejor ejemplo de lo
que es un buen orador. Aún hoy sus historias y parábolas conservan toda su
frescura y su energía.
Entrevista con Bill Valenti
Entre nuestros entrevistados figura también Bill Valenti. Es profesor de
seminarios de oratoria en diferentes ciudades de los Estados Unidos, desde
hace más de treinta años.
En su concepto, ¿cuándo un orador es bueno, es destacado?
Cuando consigue que su comunicación lleve a la acción. También cuando
logra impactar al auditorio con su mensaje. Diría que también es destacado
cuando consigue que el grupo esté atento durante la mayor parte del tiempo.
¿Cuándo es un fracaso?
Creo que se fracasa cuando se habla de temas que no se dominan. En ese caso
los nervios deben ser tremendos. Además pensamos que es un irrespeto para
con el grupo.
¿A dónde debe mirar el orador mientras habla?
Obviamente a las personas. Y hay que mirarlas a los ojos. Debe hacer contacto
visual, por segundos, con cada uno de los miembros del grupo. Y cuando se
trate de auditorios muy grandes de, digamos, cien, doscientas o quinientas
personas, debe mirar a todos los sectores, enfocándose en los que observe más
atentos e interesados; los que tomen nota, los que sonrían, los que aprueben
con movimiento de cabeza.
¿Cuáles son los principales defectos de las personas cuando hablan en
público?
Pienso que uno de los peores defectos, que necesariamente lleva al fracaso, es
hablar sin entusiasmo. Para mí, el entusiasmo es el elemento determinante en
el éxito de un conferenciante. Obviamente, su mensaje también debe ser
sólido, interesante, lleno de enseñanzas.
El momento más difícil para el conferencista es el inicio. ¿Qué hacer para
superar los nervios de los primeros segundos?
Hay varias opciones: puede, por ejemplo, formular una pregunta al grupo y
conseguir varias opiniones. Mientras ellos hablan, el conferencista se
tranquiliza; otra opción es iniciar narrando una anécdota, o haciendo una
lectura agradable que atrape la atención de las personas. La experiencia nos
enseña que las personas que practican, no importa que tan mal se sientan al
comienzo, finalmente logran habilidad y tranquilidad.
¿Es verdad que el orador debe hablar únicamente de lo que sepa y de lo
que ha investigado profundamente?
Por supuesto. Me parece insólito que una persona hable de lo que no sepa. Será
un fracaso total.
¿El orador debe explicar los términos técnicos que utilice?
Por supuesto que sí. ¿Qué sentido tiene hablar con palabras que no
comprendan los escuchas? Eso sería absurdo, pero sé que ocurre. Según mi
parecer, quienes hablan con palabras extrañas, lo que pretenden es impresionar
favorablemente al grupo, desconcertarlo, parecer muy cultos, pero terminan
siendo un fracaso.
Es imperioso ser claros
En un manual de redacción que conocí hace muchos años en un periódico, se
hacía una exageración que, de todas formas, demostraba a los periodistas la
necesidad de ser claros al comunicar. Se recomendaba: «No diga: líquido
perlático de la consorte del toro. Diga leche», o «No diga: fruta alargada de
color amarillento. Diga plátano». Infortunadamente, como dije antes, hay
personas que utilizan este tipo de frases absurdas para referirse a la leche,
incluso mientras hablan frente a sus auditorios. Desean lucirse y terminan
haciendo el ridículo.
El mensaje debe ser claro. Lo ideal es utilizar frases cortas, prácticas,
claras.
«Usted siempre ilustra con un ejemplo o con un caso real. Eso me
encanta», me dicen muchos de los asistentes a los seminarios. Y es que, en
efecto, yo vivo recordando anécdotas o creando ejemplos para ilustrar todas
mis afirmaciones. Siempre trato de sacar imágenes de televisión por un
receptor de radio. Es muy importante que su mensaje sea claro. Usted debe
trabajar intensamente para lograrlo. No hable para lucirse, para descrestar, ya
que esto deja pésimos resultados. Su auditorio estará agradecido cuando, por
su sencillez, usted deje sus mensajes perfectamente fáciles de comprender. A
mí no me gusta leer cosas complicadas. Prefiero la claridad y la sencillez. Tal
vez por eso uno de mis autores favoritos de Ernest Hemingway. Y también
John Steinbeck, autor de Las Uvas de la Ira. Se trata de un libro espectacular,
desde su dedicatoria hasta la última palabra. Recuerdo mucho la dedicatoria
por su belleza y sencillez: «A Carol, que deseó este libro. A Tom, que lo
vivió». ¡Por favor! ¡Qué hermosura!
Las palabras justas
Su mensaje debe ser limpio, no como una selva, oscura, confusa y espesa,
que tape la hermosura de la orquídea.
Hay que eliminar las frases rimbombantes, la palabrería inútil, que tanto
ha sido condenada por nuestros entrevistados, hombres y mujeres con gran
cultura y experiencia en la oratoria.
Infortunadamente hay muchas personas que dicen palabras pero no
expresan ideas. La gente prefiere a los oradores que van al grano. Haga
presentaciones claras, precisas y atractivas. La buena comunicación no
consiste en hablar bien, bonito, sino en saber decir algo a otros de tal forma
que reciban y comprendan su mensaje.
Alexander Godin, escritor de origen ucraniano, decía: «Las palabras son
clavos para fijar las ideas». Y lo ideal es que esas palabras y sus mensajes
sean fáciles de comprender.
He visto auditorios decepcionados por lo enredado del conferencista. Hay
quienes tienen mucho conocimiento pero no transmiten con claridad. Es
como si fueran propietarios de una mina de oro, pero la tuvieran enterrada a
millares de metros. Existen verdaderas catedrales del conocimiento que no
saben comunicar, lo cual significa una verdadera lástima. Cada vez busco
dejar mis mensajes con más sencillez y eficacia. Desde cuando era un niño
hasta la fecha, siempre he subrayado las palabras que no entiendo y luego
busco su significado en el diccionario. Hasta el momento de escribir este
libro, llevo más de cuarenta años haciendo lo mismo, todas las semanas. Sin
embargo, siempre comunico con palabras sencillas, palabras de primera
mano. El conferencista Ignacio Orrego Rojo dice que hay personas que
hablan lindo, pero no se les entiende nada:
Lo que busca la gente son beneficios. El lenguaje universal es el lenguaje de los beneficios. La
gente que va a la conferencia busca un beneficio. Y ese beneficio es la respuesta a su
problemática. Hay gente que habla muy bonito pero no le da información ni soluciones a sus
escuchas. Y eso no pasa de ser un evento más.
Antonio Rodríguez Villar, exdirector de la revista universal Selecciones del
Reader’s Digest, quien me contrató en el año 1981, siempre destacaba la
sencillez del lenguaje utilizado por esa maravillosa publicación, que
actualmente vende unos treinta millones de ejemplares. «Use siempre fuentes
de primera mano y palabras de primera mano, que sean comprendidas
fácilmente», me decía. Se refería a fuentes precisas y palabras precisas.
Como comunicador, en mis conferencias, no busco que me admiren sino
que me entiendan. Y siempre, antes de iniciar, le pido a mi Poder Superior
que me ayude a ser claro y a prestar un servicio de la mejor manera posible.
Cuando le solicito esto a mi Poder Superior y trabajo con humildad, las cosas
resultan. Cuando lo hacía con soberbia, ocurría lo contrario.
El mensaje, pues, debe penetrar sin mayor esfuerzo en la mente del
receptor. «Periodismo es comunicación y comunicación es claridad», me
decía uno de mis maestros. Nuestro mensaje debe ser claro. Es mejor bajar y
ser entendido que subir y ser admirado. Una palabra sencilla, la entiende un
intelectual y una persona sencilla. Una palabra complicada la entiende el
intelectual, más no la persona sencilla. En consecuencia, es mejor usar la
simple, porque es entendida por todos.
Le preguntamos a Bernardo Hoyos, quien trabajó como locutor para la BBC
de Londres, cuándo un orador es bueno. Respondió: «Cuando uno sabe que
dice la verdad y cuando es capaz de convencer por el estilo, no uno
grandilocuente, sino sencillo y sobrio».
Antonio Panesso Robledo, uno de los hombres más cultos de Colombia,
enfatiza: «Lo ideal es que el orador sepa manejar la voz, que la exposición
sea clara y que entregue con sencillez sus puntos de vista». Y el profesor
Pedro H. Morales, conferencista en cerca de veinte países, recalca: «Una gran
cualidad es la facilidad de expresión, a través de palabras sencillas, simples,
fáciles, sin términos rebuscados, altisonantes o académicos».
En una oportunidad me abordó en los pasillos un funcionario de un
instituto financiero en el que realicé uno de mis seminarios.
–Profesor –me dijo–, deseo formularle una pregunta.
–Sí, ¿cuál es?
–Yo acostumbro utilizar palabras de difícil comprensión. ¿Eso está bien?
–¿Para qué lo hace? –le pregunté.
–Para que me admiren, para desconcertar al grupo –indicó.
Realmente es absurdo, pero ocurre. Conocemos a muchos conferencistas,
periodistas y escritores, que trabajan con un lenguaje rebuscado, que muchas
veces ni ellos mismos entienden, con el único objeto de desconcertar al
auditorio o a sus lectores. Creemos que la verdadera grandeza está en la
sencillez. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Así mismo, existen
también verdaderas catedrales de la información, la investigación y el
conocimiento, caracterizados justamente por la sencillez. Observen cómo, por
otra parte, las personas que realmente tienen mucho dinero prácticamente
nunca hablan del tema. En cambio sí lo hacen, y de qué manera, individuos
que gozan de algunas propiedades materiales. Es como si desearan encontrar
aprobación, más por lo que tienen o dicen tener, que por lo que son.
En alguna ocasión le preguntaron al presidente colombiano y quien fuera
máxima autoridad de la Organización de Estados Americanos, OEA, César
Gaviria Trujillo, por la presunta sequedad con la que trataba a sus antiguos
amigos. Respondió que no era seco sino profesional. Por eso sus reuniones
duraban tan poco tiempo. Realmente solo trataba los temas concretos y
específicos del encuentro. Le decía al pan pan y al vino vino. Eso, pienso yo,
es lo ideal.
Cierto día pude comprobar lo que se decía de Gaviria. Pilar Calderón, su
asesora de comunicaciones, me consiguió una cita con él, lo visité en la Casa
de Nariño con la intención de hacerle un reportaje. La entrevista comenzó
sesenta segundos después de entrar a la oficina y salimos un minuto después
de que nos dijo la última palabra. Digo un minuto después y no un segundo,
porque dos reporteros que me acompañaban aprovecharon la ocasión para
tomarse una foto con Gaviria. Gaviria es cero carreta, cero paja, cero
rodeos.
Me contaba Hernando Santos Castillo, entonces director del periódico El
Tiempo, durante un almuerzo que celebramos:
César es muy callado. He estado con él en almuerzos donde no dice ni una palabra. Solo
escucha. Yo le digo –continuó Hernando– el presidente silente. Y él contesta: «Mientras no sea
saliente...», y estalla en una gran carcajada, que se oye una cuadra a la redonda.
Es válido repetir
Si usted ha preparado bien su discurso y determinado exactamente cuáles son
los mensajes que quiere transmitir a su audiencia, le recomendamos que
repita, que reitere los puntos clave, fundamentales, centrales. Puede hacerlo
siempre que utilice diferentes palabras. Nunca presuma que el auditorio
entiende todos los mensajes con una sola mención. Se trata de algo que
ocurre con gran frecuencia, en razón de que el orador trabaja a diario con su
tema, desde hace años, y piensa equivocadamente que todos comprenden de
inmediato y con facilidad sus planteamientos, lo cual no es cierto. Usted
puede decir, explicar, comentar, interpretar los hechos. Es su obligación dar
todas las luces posibles sobre el tema y mostrar un análisis, un planteamiento,
un problema desde distintos ángulos.
Recuerde que el mensaje no es lo que yo digo, sino lo que el otro entiende.
Es por eso que nunca le pregunto a una persona: «¿Me entendió?», sino:
«¿Qué me entendió?» Y cuando me cuenta qué me entendió, establezco con
exactitud, con precisión que, en efecto, ese receptor comprendió lo que
deseaba comunicarle.
Razones de la comunicación
Usted comunica para que le entiendan. Debe tener perfectamente claro el
motivo de su comunicación y ojalá logre los resultados que espera. El
mensaje no es lo que yo digo sino lo que el otro entiende. Todos los
investigadores sobre este tema coincidimos en que una persona comunica,
fundamentalmente, por cuatro motivos:
1. Poner algo en claro. Informar.
2. Impresionar y persuadir.
3. Convencer e incitar a la acción.
4. Distraer.
Escuchamos centenares de intervenciones por mes, de profesionales,
aficionados y principiantes. Podría decir que, en su orden, las intervenciones
se realizan para poner cosas en claro, transmitir un conocimiento, una
información; en segundo término, para dejar un mensaje y convencer. Otros
hablan para persuadir y buscar adherencia a sus iniciativas. Y otros hablan
para distraer.
Usted habla para generar una respuesta y si esa respuesta no se da, fracasó
su comunicación.
En una misma disertación, un orador puede tener diferentes propósitos,
pero debe haber uno principal. Y se debe saber exactamente cuál es.
Decíamos que el ser humano comunica, fundamentalmente, para informar,
persuadir, distraer o convencer. De todas formas comunica para lograr un
objetivo. Debe saber no solo qué va a decir y en qué orden, sino cuál es el
propósito, la intención de su mensaje.
Hablar para distraer
Usted busca generar en el auditorio agrado, diversión, complacencia. Su
interés es que los oyentes se diviertan o distraigan. Ojalá tenga las
condiciones necesarias para lograrlo. En este caso puede usar el humor,
comentar noticias, reportajes curiosos o insólitos y realizar narraciones de
interés humano.
El español Gastón Fernández de la Torriente, autor de una serie de libros
sobre la lengua castellana, dice que cuando se pretenda distraer, tendrá gran
importancia la viveza del lenguaje y la originalidad que use el orador en la
exposición de sus ideas y argumentos. Debe cuidarse mucho de apuntes
grotescos, de doble sentido o elementos ordinarios. Igualmente, nunca olvide
que uno se tiene que reír con la gente, no de la gente. Infortunadamente,
momentos muy ordinarios han sido protagonizados por personas que
pretendían hacer humor. Salvo que usted tenga una gran confianza en las
reacciones que generarán sus apuntes humorísticos, es mejor que no utilice
este recurso. En lugar de un chiste, es mejor exagerar una situación, en busca
de generar algunas risas, las cuales, por lo demás, siempre son agradecidas
por los auditorios.
Hablar para convencer
Usted desea influir sobre los oyentes para modificar, cambiar sus opiniones.
En este caso, se deben aportar realidades claras, contundentes,
incontrovertibles, que puedan ser comprobadas y demostradas. Para
convencer hay que argumentar. Se trata de una comunicación eminentemente
intelectual, racional, que debe hacer funcionar la inteligencia, la reflexión, las
conclusiones de los escuchas.
«Un orador es bueno cuando está convencido –nos dijo Miguel Ángel
Cornejo–. Lo que convence es la convicción».
El grupo debe quedar completamente convencido de que las versiones
suministradas son ciertas. En este caso, como dice la investigadora y
conferencista colombiana Martha Manzanares Toledo, no hay imposición,
sino persuasión, elemento que debería primar en casi cualquier
comunicación. Y ojo que quien ha sido convencido no debe parecer
derrotado. El planteamiento es diferente: debe parecer que ha sido
enriquecido con unos argumentos y razonamientos que antes le eran
desconocidos.
Para convencer, tenemos que estar convencidos nosotros mismos, como lo
decía también otro de nuestros entrevistados, el periodista Juan Gossaín, al
narrar las maravillosas historias de Churchill. El expositor debe ser sincero y
excluir trampas y manipulaciones. Se convence acudiendo a la razón de quien
escucha. Es necesario insistir en nuestros argumentos, con el objeto de
demostrar que poseemos la verdad. Esto traerá como consecuencia que, al
final, se proceda de la manera que buscamos.
Hablar para persuadir
En este tipo de comunicación, usted pretende que los oyentes adhieran a sus
propósitos, respalden sus argumentos. En este caso, de acuerdo con mi
opinión y la de gran parte de nuestros entrevistados, en especial la del
columnista e intelectual Antonio Panesso Robledo, se debe ejercer influencia
primordialmente sobre las emociones. Se busca que el oyente mueva su
voluntad, que realice aquello que queremos. El expositor apela primero a la
razón y luego al sentimiento, poniendo en su mensaje una carga emocional.
En la persuasión se debe influenciar la voluntad de quien escucha. El
oyente debe tomar la decisión que se desea. Al final debe primar el
sentimiento sobre el raciocinio. Es imperativo demostrar que las tesis
expuestas están fuertemente relacionadas con los intereses de los escuchas.
No solo se presenta un problema, sino que se asume una posición: la nuestra.
Y de lo que se trata es de que el grupo asuma esa misma postura. Hay que
estimular la acción. La persuasión es básicamente emocional. De acuerdo con
Pedro H. Morales, entrevistado para este libro, así como con otros
expositores, hay que usar palabras altamente emocionales: «Libertad»,
«Ustedes pueden hacerlo», «Tenemos que lograrlo», «Sé que unidos
podemos», «Lucha», «Justicia», «Lo merecemos», «Esto tiene que cambiar»,
«Sé que esas metas están al alcance si luchamos unidos», «Unidos
venceremos», «Todos caminemos en esa dirección», «Nuestros hijos se
merecen una patria mejor», «Ni un paso atrás», etc.
Digamos, de otro lado, que los hombres emotivos y vehementes ejercen un
poder mágico sobre los auditorios. De acuerdo con lo que dicen los expertos
entrevistados para este libro, a la masa hay que llegarle al corazón y a grupos
de cierto nivel intelectual, en ciertos lugares y momentos, al intelecto,
especialmente cuando se trata de persuadirlos y convencerlos de algo. Usted
llega al intelecto cuando quiere convencer. Convencer significa que una
persona cambie una forma de pensar por otra.
Hablar para informar
En este caso usted pretende aclarar un asunto, una idea o resolver una
incertidumbre, desea que el grupo reciba información y orientación sobre
temas que le interesan. Es necesario ser objetivos. Debemos inspirar
credibilidad. Uno de los mejores oradores de cierto país solo perdió una cosa,
pero ahí lo perdió todo: la credibilidad. Como diría el poeta colombiano
Eduardo Carranza: «Salvo mi corazón, todo está bien». Es por eso que la
carrera política de aquel orador, que se perfilaba hacia la Presidencia de la
República, quedó truncada de manera abrupta y estrepitosa.
El emisor debe relacionar las ideas con el conocimiento previo que tiene el
público, debe encadenarlas para que resulten fáciles de seguir y recordar, y
tiene que presentar ejemplos concretos apoyados en datos específicos y
dicientes. Es imperioso que sea claro y conciso. Los receptores del mensaje
deben quedar enriquecidos con una información, una noticia o una verdad
que antes no conocían.
El hábito de la lectura
Como lo he dicho reiteradamente, los buenos oradores utilizamos un lenguaje sencillo. Sin embargo,
ello implica tener muchos sinónimos en reserva, lo cual exige una gran riqueza en el lenguaje y el
vocabulario. Y lo mejor para enriquecer nuestro lenguaje y vocabulario es cultivar el hábito de la
lectura.
Lea. Se dice con inmensa razón que para aprender a escribir, primero hay
que aprender a leer. Luego hay que escribir mucho y romper, despreciando el
afán por publicar. Solo es deseable y pertinente poner en letras de molde
textos que valgan la pena. Lo que usted lee y prepara se nota cuando habla.
En la medida en que lea, su vocabulario será más rico.
Juan Luis Mejía, Ministro de Cultura de Colombia y gran lector, nos decía
en un programa radial que al leer entramos en contacto directo con las más
grandes inteligencias que ha producido la humanidad. Es cierto. La lectura es
un hábito que se desarrolla leyendo. Se hace camino al andar. El apetito se
abre comiendo. Dedique algunos minutos a la lectura, la cultura. Las
satisfacciones que este esfuerzo reporta son enormes.
Sin lugar a dudas, el hábito de la lectura beneficiará a los expositores.
Comunica mejor quien tiene una mayor cultura general. Contará con más
recursos. Afortunados quienes tienen buenos hábitos, como el de la lectura.
Hablan los expertos
Entrevista a Darío Arizmendi Posada
Darío Arizmendi, director de Noticias de Caracol Radio, también aportó su
grano de arena para este libro. Se trata de un excelente periodista y uno de los
mejores entrevistadores de radio y televisión que ha conocido Colombia. Es
profesional en Ciencias de la Información y Doctor en Ciencias Políticas de la
Universidad de Navarra, España. Ha sido profesor universitario y se ha hecho
acreedor a varios premios nacionales de periodismo: Simón Bolívar, CPB
(Círculo de Periodistas de Bogotá), y TV y Novelas. Así mismo, el Ondas de
España y el María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, Estados
Unidos.
¿Cuándo un orador es bueno?
Cuando «comunica», cuando entusiasma, cuando habla al alcance de su
auditorio, cuando su contenido es útil y dignifica.
¿Cuándo fracasa?
Cuando cae en la demagogia, cuando es incoherente y aburrido.
¿Cuáles son las principales cualidades que debe tener un orador para
impactar?
Claridad en el contenido, «fuerza» y expresión corporal, sentido de la
oportunidad y carisma.
¿Cómo se siente al hablar de pie ante un grupo?
Cómodo, sin problemas por mi experiencia de diez años como profesor
universitario.
Por favor, mencione defectos de los oradores.
El de no «conectar», el de no «llegar», el ser presuntuoso, el caer en el
«yoísmo» y la agresividad.
La importancia de un buen comienzo
Desde hace tiempo aprendí en mi ejercicio de periodista, escritor y
conferencista sobre la necesidad imperiosa de atraer al lector y al oyente. Al
lector, por ejemplo, hay que ponerle carnadas atractivas para que siga las
crónicas. Es obvio que también hay que planear cómo atraer al auditorio,
desde el principio.
Un día dije en uno de mis seminarios:
–Usted debe atrapar al oyente.
–¿Más o menos en qué momento, profesor?–me preguntó una de las
asistentes.
–Apenas abra la boca –le respondí.
En periodismo, llaman lead al comienzo de una información. Mis maestros
de comunicación escrita me enseñaron que en el primer párrafo se debía dar
respuesta a las preguntas qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. De tal
forma que no solo se atrajera al lector, sino que, si era de los que tienen poco
tiempo, con solo leer los primeros párrafos, obtuviera suficiente información,
suficiente ilustración sobre lo acontecido en el país o el mundo. Hay revistas
que se venden por sus titulares. Es posible que usted, en el supermercado, no
tenga intención de comprarla. Pero si, por ejemplo, es soltera y ve una revista
con este titular: «Diez fórmulas casi milagrosas para conquistar a un hombre
y casarse con él. Cinco investigadores hablan sobre el tema», posiblemente
resultaría atrapada por el asunto y la compraría. Recuerdo al director de
circulación de un periódico para el que trabajé, quien culpaba al jefe de
redacción, responsable de los titulares, por la ventas bajas. Creo que, en el
fondo, tenía razón. Si el título no era atractivo, si la primera plana no llamaba
la atención, las ventas caían de manera importante.
Hay algo que llamamos PDC, que significa Planteamiento, Desarrollo y
Conclusión. Esas son las tres partes que debe tener un discurso o conferencia,
en nuestro concepto. Un discurso, como aprendí en el colegio sobre el cuerpo
humano, tiene cabeza, tronco y extremidades. Esa palabra, «planteamiento»,
puede cambiarla por cualquiera otra: introducción, inicio, comienzo,
principio, etc.
Una reflexión importante es que lo último que debe preparar de la
conferencia es la introducción, una vez tenga claro el panorama y el recorrido
que realizará en su disertación. Digamos que algo similar ocurre cuando se
escribe un libro. Muchos autores, lo último que determinan es el título.
Usted debe decir algo importante. ¿Cuándo? Apenas abra la boca. Usted
debe ganar al auditorio en los momentos iniciales. Sin embargo, también es
posible atrapar al grupo si su entusiasmo mejora con el paso de los minutos.
Es ideal dejar a un lado los rodeos. Vaya directo al grano. Diga algo atractivo
e impactante apenas abra la boca.
Lo decía el experimentado presentador, conferencista y periodista
colombiano Alfonso Castellanos: «Me entusiasman los oradores que
estructuran su exposición como una sinfonía: fuerte al comienzo, descenso
suave hacia el final, y final fortísimo».
El maestro Pedro H. Morales dice que hay oradores que cometen el grave
error de desautorizarse ellos y desautorizar su tema. Comienzan sus
intervenciones con frases como: «Realmente no vengo bien preparado». Y,
en consecuencia, ¿qué piensa el auditorio? Bueno, pues que nos manden a
alguien que sí lo esté.
Por otra parte, es un irrespeto presentarse sin la adecuada preparación
frente a un grupo.
El profesor Morales recomienda romper fuegos desde el comienzo, abrir
con todo. «Si el orador abre con entusiasmo, el auditorio lo recibe con
entusiasmo. Si es frío, el auditorio será frío. Claro que existe una simbiosis
entre la energía del orador y la del auditorio».
Otros dicen: «No soy muy bueno para hablar en público». ¿Qué sentido
tiene andarse con este tipo de rodeos? Además, si es malo para hablar en
público, tranquilo que el grupo ya se dará cuenta. ¿Qué sentido tiene hacerle
esta anticipación? Diga algo importante. ¿Cuándo? Apenas inicie.
En un importante instituto financiero, un ingeniero de sistemas comenzó
así su exposición: «Realmente el tema que voy a tratar no es importante, es
superficial, es trivial, es ladrillado, difícil...».
¡Por favor! Y, luego, ¿pretendía que lo escucharan? Lo único que le faltó
fue agregar: «Y yo soy bruto, torpe, no manejo el tema...».
En una empresa textilera, un orador, subgerente de producción, duró siete
minutos explicándole al auditorio por qué venía con el overol puesto.
«Bueno, como ustedes saben vengo de la planta. Ustedes me perdonan, pero
en la planta no se puede estar con vestido de paño o con zapatos finos, por la
naturaleza del cargo. El overol bla,bla,bla…».
Nuevamente exclamo: «¡Por favor! Cuando comenzó a tocar el tema, los
oyentes ya estaban desconectados. No debe iniciar con rodeos. Vaya directo
al grano. Atraiga la atención de su auditorio, diciendo algo importante apenas
abra la boca».
Cierto día, un alto ejecutivo de una multinacional que vende pollo frito,
comenzó su intervención diciendo: «Voy a cometer un crimen contra la
indecisión».
Luego hizo una pausa.
¿Qué está diciendo este hombre?, nos preguntamos. ¿Un crimen contra la
indecisión? ¿A qué se irá a referir? Cosas similares pensaron otros escuchas.
El comienzo era realmente desconcertante. Y logró su objetivo: atrapar la
atención. Luego entró a hablar de la excelente calidad del pollo que vendían
en su multinacional, reveló detalles muy interesantes sobre mercadeo,
preparación del producto, atención en puntos de venta, y al final, dijo que si
teníamos alguna indecisión sobre el sitio dónde almorzaríamos mañana,
visitáramos uno de sus restaurantes. Es decir, que matáramos la indecisión
consumiendo pollo en su cadena.
En otra ocasión, un ejecutivo de ventas dijo: «En seis minutos les contaré
toda la apasionante y tierna historia de una morena que ya cumplió veinte
años y que me trasnocha».
«¿Morena de veinte años que lo trasnocha? ¿A qué se irá a referir?», nos
preguntamos. Y otros miembros del auditorio, de inmediato, agudizaron la
atención.
El orador comenzó a hablar de esa morena. Reiteró que acababa de
cumplir veinte años. Que él le dedicaba todos sus días, inclusive los fines de
semana, y muchas veces también parte de las noches. Que era muy
consentida, pero le dejaba grandes satisfacciones, tanto materiales como
espirituales. Que era muy linda, coqueta y que muchísimos hombres en la isla
dormían con ella al lado. Sin embargo, a él no le daban celos de que su
morena estuviera en la habitación de tantos hombres y mujeres. Que tenía,
además, una linda voz. Que era alegre, parrandera y que asistía a muchísimas
fiestas. Que complacía a muchos hombres.
Al final, reveló que esa linda morena era su emisora, La Voz de las Islas,
de la cual era jefe de programación y uno de sus vendedores estrella. Ese
orador logró algo que es absolutamente definitivo: captó y mantuvo la
atención.
Prepárese antes de empezar
Lo que mejor debe estar preparado de una presentación es el inicio. Todo
debe estar previsto, calculado, listo. Eso baja la ansiedad. Es lo que hacen
personas con amplísima experiencia en oratoria.
Antes de comenzar, respire profundamente. Hágalo varias veces. Llene
esos pulmones de oxígeno, que luego va al cerebro. Se ha demostrado que
una buena oxigenación del cerebro, facilita la reflexión y aceita la operación
de la memoria. La respiración profunda calma la tensión y disminuye
sustancialmente la excitación. Y hable con entusiasmo. Asuma posturas y
comportamientos extrovertidos. Hable con buen volumen, póngale pólvora a
la voz, hable con ganas.
Tanto si usted cree que puede como si cree que no puede, tiene
absolutamente toda la razón. Tenga una mentalidad positiva y vaya para
adelante. En la medida en que comunique con entusiasmo, desde el principio,
notará cómo se rompen en pedazos las inhibiciones y se liberan rápidamente
de las tensiones.
Siempre debe tener listo su esquema al iniciar, así lo señala José Manuel
Paredes: «Hay que estar preparados. Hay que captar la atención desde el
inicio y, luego, vender sus ideas. No recomiendo que se comience con un
chiste, porque es posible que nadie se ría y eso puede ser el fin de lo que
pudo ser una presentación atractiva».
A su turno, Emilio Romualdo Santamaría, instructor Dale Carnegie en
Centroamérica, manifiesta:
La persona, al inicio, tiene reacciones físicas que, bien aprovechadas, son de beneficio.
Digamos que el corazón palpitando más fuerte, la adrenalina, los nervios agitados, son
elementos que nos preparan para el momento que estamos a punto de vivir. No sienta esas
sensaciones como enemigas, sino como aliadas que le están ayudando. Al pensar que esto es
así, se debe ganar tranquilidad. Vea sus nervios como sus amigos.
Mauricio Piñol recomienda estar preparados, practicar y darse lo que
denomina «arengas de ánimo», como: «Sé que puedo», «estoy preparado»,
«todo va a salir bien» «este auditorio merece lo mejor de mí y se lo daré »,
etcétera.
Jamás tome licor para disminuir la ansiedad. Le recomiendo que ingiera en
su lugar café o té. Estas bebidas despejan la mente y dan la energía y lucidez
necesarias en tan importante momento. Si ingiere licor, lo cual no es
recomendable, como queda dicho, es posible que se relaje más de la cuenta y
termine sin saber qué hay que decir, para qué y cómo decirlo. Hemos visto
oradores absolutamente deplorables tras haber consumido licor, y hubo
algunos tan irresponsables que, incluso, se presentaron ebrios ante el
auditorio. Ellos creen algo que siempre creen los borrachos: que nadie se da
cuenta.
Usted puede quitarse el miedo, si realmente está resuelto a quitárselo. Esto
es una realidad comprobada.
«La primera vez que hablé en público –confesó David Lloyd George,
connotado político británico–, era el hombre más desdichado del mundo. No
es metáfora, sino la pura verdad, que la lengua se me pegó al paladar y, al
principio, apenas podía articular palabra». Para él, como para usted, luego de
la tempestad llegará la calma.
Estrategias para vencer los nervios del comienzo
Sobre la ansiedad de los segundos iniciales, el psicólogo Hugo
Mastrodoménico nos dijo:
Esa ansiedad demuestra que el orador siente respeto por el auditorio y sirve porque nos da una
energía adicional y necesaria. Bien canalizada, la ansiedad es una gran amiga del orador. Hasta
cierto punto es buena, porque energiza y pone en situación de alerta al conferencista. Si está
muy tranquilo, tanto que ni asume que se encuentra en público, siendo evaluado por los demás,
tiende a aparecer muy displicente y los escuchas lo pueden rechazar. Es bueno que maneje
cierto grado de ansiedad, pero lo que no debe es dejarse paralizar por ella.
El inicio de su intervención es importante. Ahora formularemos algunas
recomendaciones para que usted disminuya sustancialmente el temor a hablar
en público.
En nuestras conferencias y seminarios talleres en diferentes países
hacemos esta pregunta: «Cuando una persona va a hablar frente a un
auditorio, ¿quién está nervioso? ¿Usted o el auditorio?» «Pues uno»,
responden casi en coro. Este es un consejo que puede cambiar su manera de
comunicar: si tenemos en cuenta que quien está nervioso es usted y no el
grupo, ¡pues haga que el grupo hable primero, mientras usted se tranquiliza!
Una pregunta para iniciar
Hágale al auditorio una pregunta sencilla sobre el tema que va a desarrollar.
Esto dura diez segundos. Luego comienzan a hablar ellos y usted comienza a
tranquilizarse. Y luego empiece a desarrollar su tema. Y si nadie se ofrece
para responder a su sencilla pregunta, formúlesela directamente a alguien. La
experiencia nos enseña que luego de que habla el primero, los demás también
lo hacen. Muchas veces, incluso, lo difícil es callarlos.
Si la conferencia se va a realizar en un salón grande con, digamos, cien o
doscientas personas, tampoco hay problema. Llegue a tiempo e instruya a
algún auxiliar para que se pare en la mitad del salón, atento, con un
micrófono inalámbrico en la mano. Usted formula una pregunta o pide
opiniones sobre el tema a desarrollar y el auxiliar le pasará el micrófono a
quien levante la mano. Si nadie lo hace, usted lo escoge. Y le repite la
pregunta. Supongamos que usted desarrollará una conferencia sobre el tema
de auto partes. Una pregunta podría ser: «En concepto de ustedes, ¿de qué
forma se afecta un país por el contrabando de auto partes?». Leyendo esta
pregunta demoró cinco segundos. Y luego hablan ellos, los miembros del
auditorio, mientras usted gana confianza y comienza el desarrollo del tema.
Esta pregunta debe estar bien preparada y debe ser muy sencilla de responder
o de comentar.
Si a uno le hacen directamente una pregunta, no tiene opción diferente a
responder. Esta es una gran alternativa. Úsela. De ahora en adelante, que
hablen primero ellos, pues están absolutamente tranquilos, sin presión alguna.
El auditorio lo sacará del problema del inicio. Y si este problema ya no
existe, desde luego que disminuirá inmensamente el temor. Esto lo han
probado centenares de mis alumnos, con excelentes resultados.
Le recomiendo que pida los comentarios o formule las preguntas, mientras
agarra el espaldar de una silla. Esto da protección, da seguridad. Métase
detrás del atril, una silla o una mesa y, con tranquilidad, formule una
pregunta, en la cual no tardará ni diez segundos. Y mientras los miembros del
auditorio responden u opinan, usted se tranquiliza. Este es un truco
maravilloso.
Sondeo inicial
Hay otras formas de iniciar, para que a uno se le bajen los nervios. Un de
ellas consiste en presentarse, presentar su tema y hacer un sondeo de la
siguiente manera: «Antes de comenzar mi conferencia, quiero que, por favor,
algunas personas me digan el nombre, profesión o actividad y qué
expectativas tienen sobre la conferencia tal y tal...». Usted ya está parado
frente al grupo, pero vea que los que hablan son ellos. Esto funciona en
auditorios de veinte personas o veinticinco. Si el auditorio es, digamos, de
cuarenta, también puede funcionar, pero hay que hacer el sondeo buscando,
escogiendo a los participantes que responderán. Mientras ellos hablan, usted
gana confianza.
Palabras de agradecimiento
Otra posibilidad es preparar un agradecimiento y expresar la satisfacción por
el hecho de estar frente a ese grupo. De esta forma, por lo demás, lanzará una
gota de miel sobre los escuchas. Ideal que esta introducción, que siempre
puede ser la misma, sea o parezca sincera. El orador agradecerá a las
personas por el hecho de que le estén brindando algo tan valedero, tan
importante, como es su tiempo. Este tipo de tácticas no solo bajan los niveles
de tensión sino que acercan al orador a su auditorio.
Lockwood Thorpe señala:
En los discursos públicos es de primerísima importancia comenzar bien. En el arduo proceso de
pronunciar un discurso, nada es tan arduo como establecer un contacto suave y hábil con el
auditorio. Mucho depende de la primera impresión y de las palabras iniciales. A menudo se
gana o se pierde un auditorio con las cinco o seis primeras frases.
Comenzar con una historia, una anécdota o un video
También puede iniciar narrando una o dos anécdotas sobre su tema. Esto
logra, primero, atraer la atención, ya que a la gente le encanta que le cuenten
cosas. Y, segundo, no existe el menor peligro de que a usted no le salgan
palabras, justamente cuando va a contar algo que le ocurrió. Esto nunca
ocurre.
Otra alternativa consiste en comenzar leyendo una historia que tenga que
ver con el tema de su conferencia. Digamos que, al comienzo, leer es más
fácil que improvisar.
Así mismo, es una buena idea proyectar un breve video, justo al inicio, y
luego pedir opiniones de los asistentes. De esta forma, desaparecen sus
nervios, ya que realmente quienes hablan son los asistentes.
Y otra idea es comenzar siempre diciendo lo mismo, si los auditorios son
diferentes. De esta forma gana gran experiencia, gran practica, gran habilidad
diciendo siempre lo mismo.
Que hable primero el grupo
De ahora en adelante, que hablen primero los del grupo. Luego lo hace usted.
Esto lo han probado, con rotundo éxito, centenares de nuestros alumnos.
Muchos, incluso, nos han dicho: «Ha desaparecido casi totalmente el temor a
hablar en público. Realmente le tenía miedo al comienzo pero, ahora, los que
comienzan son los miembros del grupo, mientras yo me tranquilizo. El solo
pensar que esto será así, me tranquiliza inmensamente. Es un truco
absolutamente maravilloso».
Por otra parte debemos decir que lo que mejor debe estar preparado de su
conferencia, es el comienzo, ya que al comienzo siempre hay más
nerviosismo. En consecuencia, la buena preparación da mayor seguridad. La
seguridad intelectual da seguridad física y psicológica.
Manejo del miedo
Cicerón consideraba que el miedo no era solamente natural sino necesario.
«A mis ojos –decía– el orador, incluso el mejor, el que tiene la comunicación
más fácil y mejor adornada, si no se intimida en el momento de tomar la
palabra, es un desvergonzado o poco menos».
Cuando le preguntamos a Enrique Castellanos qué puede hacer una
persona para superar el miedo en los segundos iniciales, respondió: «Imagine
que el auditorio es un grupo de amigos sentado en la sala de su casa». Por su
parte, el sacerdote Gonzalo Gallo González señaló: «Un poco de nerviosismo
es necesario para tomar las cosas en serio, respetar al auditorio y prepararse
bien».
Personalmente, cada vez que voy a hablar frente a un grupo, me aíslo, me
concentro profundamente en el tema y, como lo mencioné anteriormente, le
pido a mi Poder Superior que me permita prestar un servicio de la mejor
manera posible. Siempre me relajo, respiro profundamente, reviso las notas y
los apuntes sobre la conferencia. Conozco exactamente el recorrido que
realizaré y la intención de mi comunicación. Y, finalmente, manos a la obra.
Es verdad que cuando una persona siente miedo, el miedo aumenta. Por
ejemplo, si siente temblor, esto hace que el miedo vaya en aumento. Para
romper este círculo vicioso, hay que hallar en segundos una forma de
relajarse. Es imperativo ejecutar acciones que bajen la tensión. Siempre
decimos a los alumnos: «Si tener un marcador o un esfero en la mano le da
seguridad, téngalo; si cogerse del papelógrafo o rotafolios le da seguridad,
agárrese. O agárrese del espaldar de una silla o del atril. O tenga una moneda
apretada en la palma de la mano». Les recomendamos, igualmente, que
respiren bien en cada pausa. Y que no se concentren en sí mismos ni en el
auditorio, sino en el tema.
Si tiene hormigueo, cambie de posición. La experiencia y nuestros
estudios nos demuestran que en un 95 por ciento de los casos, el auditorio no
nota lo que está sintiendo el conferencista. Pero, desgraciadamente, los
conferencistas tienden a pensar que todo lo que están sintiendo, es detectado
por el grupo, lo cual es totalmente falso. Por eso, le repetimos nuestro
consejo: «No se concentre en usted ni en el auditorio, concéntrese en el
tema».
Otra posibilidad para disminuir la tensión, es escribir en el papelógrafo,
rotafolios o tablero sintético. O explicar un gráfico o un mapa. De todas
formas, jamás olvide que lo que mejor debe estar preparado de su
intervención, es el comienzo, pues es en los segundos iniciales cuando se
registra mayor ansiedad. La seguridad intelectual le dará seguridad física y
psicológica, como nos dicen todos nuestros entrevistados.
Es posible liberar la mente y el cuerpo del nerviosismo. Proceda con
confianza. Piense que está ahí parado porque tiene cosas importantes para
decir. Y puede tener la seguridad plena de que durante su intervención dejará
enseñanzas a quienes lo escuchen. Nunca me cansaré de repetir esta reflexión
de William James, uno de los más grandes psicólogos que ha producido la
humanidad: «Para sentir valor, procedamos como si fuéramos valientes,
empeñemos toda nuestra voluntad para ese fin y lo más probable será que un
ataque de entusiasmo reemplace el estado de temor».
En la medida en que usted sienta que prestará un servicio con su
comunicación, que dirá cosas que a los otros interesan, registrará un estado
emocional en el que la ansiedad y el miedo se diluyen. El miedo le huye a la
preparación, el deseo de servicio, la decisión y el entusiasmo. El miedo es
miedoso frente a este tipo de armamento. Esté preparado y verá cómo su
enemigo sale huyendo del salón de conferencias. Comunique con entusiasmo
y con deseo de servir.
El pensamiento de José Manuel Paredes va en esta dirección:
Es imperioso estar bien preparados. Hay que prepararse, hay que tomar un curso, hay que leer
sobre el tema y estar listos para cuando llegue la oportunidad de levantarse a hablar. Un día leí
que las oportunidades se multiplican cuando se aprovechan, y se mueren cuando se dejan pasar.
Una buena actitud
Al comienzo, adopte una actitud cordial, abierta, amistosa. Por ejemplo, recuerde que una sonrisa es
importante y contribuye a un buen inicio. Todo lo contrario ocurre con las posturas arrogantes y
despectivas, las cuales producen un choque con el auditorio y la conferencia se puede ir directo por el
despeñadero. No olvide que jamás debe comunicar para lucirse. Comunique para enseñar, para ilustrar,
para distraer. Quien comunica para lucirse, fracasa. Comunique para entregar, para compartir con su
auditorio. Cuantas más ganas tenga usted de lucirse, más miedo tendrá. Si lo que tiene son ganas de
servir con su comunicación, el miedo será menor.
Hablan los expertos
Rodrigo Sepúlveda
Uno de los entrevistados, cuyas respuestas se incluyen a lo largo de todo el
libro, fue el doctor Rodrigo Sepúlveda, psicólogo, con postgrado en ciencias
del comportamiento, director de seminarios taller de comunicación gerencial,
oratoria, respiración, voz y expresión. Es director del taller de oratoria en la
Facultad de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Javeriana y en el
postgrado de Ciencia Política y la Cátedra Galán de la misma universidad. Así
mismo, es director de Psicorientación.
En su concepto, ¿cuándo un orador es bueno?
Cuando logra comunicarse efectivamente y afectivamente con sus oyentes, con
sus escuchas. Efectivamente encierra muchos elementos: por ejemplo, que
estemos utilizando un canal que realmente sirva para los dos, conferencista y
auditorio; que estemos hablando el mismo idioma. Hay muchos oradores que
van a hablar su propio idioma y no el de los participantes. Se requiere que
estemos utilizando los mismos códigos. Igualmente, es efectivo cuando logra
establecer cuáles son las necesidades de su grupo y satisfacerlas con toda su
sapiencia, conocimientos y saber. En lo afectivo, debe lograr buenos niveles de
simpatía y empatía. Debe inspirar confianza.
Hay oradores que hablan para satisfacerse ellos mismos, para saciarse, y
fracasan. Muchos parten de sus necesidades y no tienen en cuenta las del
auditorio. Se parecen a esos personajes del escritor David Sánchez Juliao, El
Flecha o El Pachanga, quienes vivían comprando aguardiente en las cantinas
para regalarlo, con el objeto de que los escucharan. El mensaje era más o
menos el siguiente: «Usted cállese y escuche, que para eso yo pago».
El orador puede y debe solicitar a quienes lo invitaron información básica
del grupo y, cuando está frente a esas personas, debe conseguir más datos, a
veces de tipo no verbal. Una posibilidad es preguntar al auditorio qué
expectativas tiene de una conferencia, con el objeto de detectar necesidades.
Muchas veces me ha sucedido que me contratan, me indican qué tipo de
conferencia necesitan y al detectar las reales necesidades del auditorio, debo
cambiar el libreto.
¿Cuándo un orador es un fracaso?
Cuando no ha desarrollado carisma, ángel, como dicen las señoras. Y cuando
su discurso es vacío en contenido. Hay algunos que parecen más bien en una
sesión de cuenta chistes. No le dan profundidad a su presentación. Muchas
veces no la dan porque no la tienen.
¿A usted qué tipo de oradores, de conferencistas, lo entusiasman, lo
animan a escucharlos?
Los que tienen calidez, carisma y cosas para comunicar. Los que cuentan con
calor humano. Me gustan los que me invitan a construir, a desarrollar mi
interior, a unirme a otros para hacer algo grande para todos.
¿Cuál es el peor defecto que puede tener un orador?
Que no sepa lo que va a comunicar. Que no haya preparado el tema. También
me molesta un orador que no sea puntual. Todos deberían llegar media hora
antes o más. No me gustan tampoco los que siempre están magnificando,
exagerando para que les crean. Me atrapan los sencillos que quieren prestar un
servicio a través de la comunicación. Los dinámicos, emotivos, que comunican
con el corazón. Los que hacen planteamientos que sirven para la vida práctica.
No los que hablan muy elevado, con muchas teorías, pero sin dejar lecciones,
enseñanzas. Esos que no prestan un servicio adecuado.
¿Qué le reporta a una persona la seguridad intelectual?
En mi concepto, seguridad física y psicológica.
En mi seminario he tenido personas que se quejan en los siguientes
términos: «Un día tenía todo preparado, sabía lo que iba a decir, conocía
el tema y, cuando me paré frente al grupo, todo se me olvidó. No me
salieron las palabras». ¿A qué obedecen situaciones como estas?
Eso es, básicamente, inseguridad, miedo, temor, tensión y ansiedad. A esas
personas hay que invitarlas a que hagan más ensayos, en pequeñas dosis. Que
vayan ganando seguridad. A mi consultorio se acercan personas que dicen que
se les olvidó todo lo del examen cuando lo iban a presentar. Seguramente
fueron presas de la tensión y la ansiedad. Resultan bloqueadas. La información
está, pero el problema es que no la pueden sacar. Ahora bien: yo me pongo a
preparar un discurso que tengo para dentro de ocho días. Y digo que lo haré de
ocho de la noche a once. Mientras estoy trabajando en el discurso, prendo la
radio, la televisión, oigo los noticieros, veo telenovelas, me preparo algo de
comer, etc. En ese caso, estoy totalmente distraído, y la información entró,
pero no la puedo sacar porque trabajé en medio de total desorden y
desconcentración. Debemos ser cuidadosos, honestos, entregados a ese trabajo
y prepararlo adecuadamente. Hay quienes tienen niveles de miedo, de ansiedad
tan altos que se les bloquea el proceso de pensamiento y no pueden extraer la
información que tienen dentro.
Mi recomendación para estos casos es tener su exposición escrita, por si
fallan las cosas. Pero lo mínimo que debe tener son fichas, un esquema,
apuntes, a los cuales debe recurrir para desarrollar la intervención. No le deje
esto a la memoria. Hay quienes dicen que un orador no debe utilizar notas.
Esto es absolutamente ridículo. No tener esas notas es irresponsable. Es como
construir un edificio sin planos. O como buscar una casa en Ciudad de México
sin dirección. Coloque sus notas sobre una mesa, o téngalas en el bolsillo o en
la mano. No las oculte. Tener un esquema escrito de su exposición es
perfectamente válido. No le deje el recorrido de su intervención a la memoria
porque olvidará cinco de los diez puntos que pretendía desarrollar. Tampoco
haga caso a quienes dicen que esto es inadecuado. Normalmente son
profesores de hace muchos años, que todavía creen en teorías,
recomendaciones o prácticas que seguramente eran válidas hace casi un siglo.
Lo de hoy, lo responsable, lo sensato, es tener apuntes. Hablar sin un esquema,
sin un orden, sin fichas, sin apuntes es absolutamente irresponsable y
altamente peligroso. Ahí puede estar su fracaso. Usted puede hacer su
esquema, por ejemplo Power Point o en acetatos. Los acetatos o las notas del
Power Point serán su orientación. O en filminas o diapositivas. O en un
papelógrafo. A quienes no preparan sus temas e improvisan, muchas veces se
les quedan entre el tintero, se les quedan por decir cosas realmente vitales.
Siempre he pensado que es mejor un lápiz chiquito que una memoria grande.
¿Sirve que una persona practique a solas frente a un espejo? Por favor
formule sus recomendaciones al respecto.
Sirve cuando se trabaja con una misión concreta, con objetivos, metas y
actividades concretas. Ese ejercicio es excelente. Se adquiere mucha
confianza. Hay que entrenar. Practicar, practicar y practicar. Ese es el secreto.
Recuerde que es lo que hacen los grandes actores. Practican muchas veces una
escena hasta cuando les sale natural. En mis talleres les pido a los alumnos que
exageren los movimientos. Muy seguramente si yo hago el ridículo, si exagero
mis movimientos, posiblemente haré luego una mejor ejecución frente al
auditorio.
¿Qué es la expresión corporal? ¿Qué hacer con las manos, por ejemplo?
¿Se puede acaso estandarizar la expresión de las personas, si tenemos en
cuenta que todos los seres humanos somos distintos?
La expresión corporal es el movimiento del cuerpo que ayuda a darle énfasis a
lo que estoy diciendo. Una persona comunica también con su lenguaje no
verbal y con su expresión corporal.
El lenguaje no verbal
Una persona comunica todo el tiempo, inclusive cuando no pronuncia
palabra. Esto es lo que denominamos comunicación no verbal. Nuestro
cuerpo, nuestros gestos y nuestros ojos también hablan, por eso resulta de
gran importancia que el mensaje oral sea consecuente con nuestras
expresiones.
Uno no puede felicitar, digamos, a Mario por su ascenso, mientras hace
cara de disgusto. O no puede decirle a María Fernanda que siente mucho que
se haya tronchado un pie, con una sonrisa.
Hay expresiones que dicen más que miles de palabras. Vea usted cómo,
por ejemplo, se dice que los enamorados hablan con la mirada. O cómo una
secretaria puede decir a sus compañeras: «Esta mañana llegué tarde y el jefe
me miró en una forma que casi me taladra. Si las miradas mataran, ya estaría
muerta hace rato».
Una persona comunica con sus gestos, con las prendas y joyas que usa,
con el vehículo que tiene. No necesariamente con palabras. «Conozco
perfectamente a mi marido, sé cuando tiene hambre porque no dice ni una
palabra. No contesta a las preguntas y solo frunce el ceño», me dijo una dama
al término de un seminario.
Cuide, pues, su lenguaje no verbal. Que su rostro, tono de voz,
gesticulaciones, miradas, sean coherentes con la palabras.
La expresión corporal
Sobre la expresión corporal se han escrito muchas cosas, la mayor parte
perfectamente absurdas. Hace algún tiempo leí un texto increíble sobre este
tema. Contiene recomendaciones absolutamente impracticables y que solo
contribuirían a confundir a los conferencistas. Vean algunos de estos
absurdos, sacados de dicho texto:
• Si rehúsa, desaprueba o rechaza: realice un movimiento oscilante de las manos con la
palma hacia el público.
• Considera los pros y los contras: esboce con ambas manos un ademán de balanza: «por
una parte»..., «por la otra».
• Desafía o amenaza: flexione el brazo, flexionado en el codo, con el dedo a la altura de
los ojos, que se mueve repetidamente de adelante hacia atrás.
• Indica precaución: realice un movimiento con la mano como si estuviera palmoteando
suavemente la espalda de una persona.
• Anuncia algo importante: adviértalo al público con el índice tendido verticalmente a la
altura de la nariz.
Prefiero parar aquí. Dice otras cosas que son verdaderos disparates. Creo que
el autor de este libro de expresión corporal es el mismo de una publicación
que pretende enseñarnos a nadar por correspondencia.
Así define el psicólogo Rodrigo Sepúlveda la expresión corporal:
La expresión corporal es el movimiento del cuerpo, que ayuda a darle énfasis a lo que estoy
diciendo. Una persona comunica con su lenguaje verbal y no verbal. La expresión corporal es el
movimiento del cuerpo ayudándole a las palabras para que el mensaje llegue con más claridad
al receptor. Los movimientos del cuerpo enfatizan, le ayudan a las palabras.
En cuanto al movimiento de las manos, nuestro entrevistado añade:
Cada quien se mueve, se tiene que mover naturalmente. Esto es muy individual. No se puede
estandarizar la expresión corporal de las personas, ya que cada uno es cada uno con sus
«cadaunadas». Todos los seres humanos somos distintos. Esto es muy individual. Muévase
como se lo dicte su corazón.
Por su lado, el maestro Pedro H. Morales, con más de cuarenta años hablando
ante todo tipo de auditorios en decenas de países, señalaba sobre este tópico:
«Yo creo que lo mejor es la naturalidad. Hay que moverse y expresar
naturalmente el mensaje. Lo más importante de un orador es que hable desde
su corazón al corazón de los demás».
Fernando Villa Uribe, quien dictó durante más de cincuenta años
seminarios sobre el tema «Hable bien en público», nos dijo: «La mejor
expresión corporal es la que transmite lo que se piensa y se siente. Se debe
actuar con naturalidad y espontaneidad».
Pensamos, como nuestros entrevistados, que la expresión corporal de las
personas no se puede estandarizar, porque, como queda dicho, todos los seres
humanos somos diferentes.
En mi concepto, la expresión corporal consiste en los movimientos del
cuerpo que reafirman lo que decimos. No puede decírsele a cada persona:
suba el brazo así, camine de esta manera, mueva la cabeza asá, descalifique
una idea así, acepte un argumento con este o aquel gesto, etc. Es absurdo.
Todos los seres humanos, por fortuna, somos un mundo y cada quien se
mueve de forma diferente. Estandarizar la expresión corporal es como
estandarizar los caminados. Esto solo ocurre, y con gran dificultad, en el
ejército o la policía. Cada quien se mueve como le nace. Y camina como le
nace. Como caminaba desde pequeño.
Lo que no se debe hacer
Es imposible decir qué hay que hacer con el cuerpo durante una charla. Es
mucho mejor, entonces, decir qué no hay que hacer. Con Fernando Villa
Uribe les pusimos nombres muy simpáticos, de fácil recordación, a las
posiciones tan frecuentes como inadecuadas que utilizan las personas cuando
comunican.
A la posición con los brazos cruzados la llamamos de «prócer». Y hay que
ver cómo están los próceres en las plazas y parques del país, por la total falta
de consideración de las palomas.
Otras personas juntan las dos manos y las colocan a la altura de sus partes
nobles. Esta posición tiene un nombre para los hombres y otro distinto para
las mujeres. En los varones se llama posición de «tiro libre». Recuerde usted
cómo se colocan los de la barrera cuando se va a cobrar un tiro libre en
fútbol. En las mujeres la posición se llama «defensa de la pureza».
Otros conferencistas principiantes ponen las manos atrás. Esta posición la
llama el profesor Villa Uribe «anal» o «anual». Si es una sola mano, se llama
«semestral». Algunos ponen las manos entre los bolsillos del pantalón, pose
denominada «pesca milagrosa».
Hay quienes ponen las manos en los bolsillos del saco, llamamos a esta
posición «¿dónde están las malditas llaves?». Otros colocan las manos en la
cintura, que para nosotros en la posición «Sí, ¿y qué?, ¿no le gustó?».
La pregunta es, entonces, ¿qué hacer con las manos? ¿Dejarlas a la entrada
del hotel, junto con la gabardina?
Pavarotti encontró su remedio: usaba un pañuelo.
Luego de analizarlo durante años, se llega a la conclusión de que el sitio
donde menos se notan las manos es cuando penden con naturalidad al lado y
lado del cuerpo. Ni el más crítico de los críticos podría criticar esta posición.
Adicionalmente, están libres para realizar cualquier movimiento, cuando
surja del corazón del orador.
Cuando se habla con el corazón
Muchos de los expertos que consultamos coinciden en afirmar que cuando
una persona habla con el corazón, cuando expone con entusiasmo, su
expresión corporal es perfecta y ni se da cuenta. Los movimientos van tras las
palabras, reafirmándolas. Cualquier expresión que nos salga del corazón es
válida.
En nuestros seminarios les hemos dicho a cientos de personas que tuvieron
una expresión corporal perfecta. Y ni una sola nos ha dicho algo diferente a
esto: «¿Sí? Ni siquiera me di cuenta». Claro que no se dio cuenta. Uno,
cuando está concentrado en su mensaje, cuando lo comunica con brío,
entusiasmo, amor, con deseo de transmitir conocimientos, no está pendiente
de sus movimientos. Está concentrado en el mensaje y no en su cuerpo, por
fortuna. Está pendiente de su exposición, no de sí mismo ni del grupo. Es
exactamente lo que debe hacer. A diario confirmamos esta teoría, en el
sentido de que el ser humano, cuando comunica con entusiasmo, se mueve
perfectamente, de manera armónica y precisa, y no se da cuenta, como
tampoco nota sus movimientos cuando maneja un carro o realiza cualquier
operación mecanizada por su cerebro como consecuencia de la repetición.
Ignacio Orrego Rojo dice que el mejor profesor de expresión corporal del
mundo es el corazón. Hable con entusiasmo y su expresión corporal será
perfecta. Hable sin ganas, y no sabrá qué hacer con sus manos o con su
cuerpo.
Carnegie asegura: «Todo movimiento que no mejore nuestro porte, lo
empeora. No hay movimientos neutrales. Con que, estémonos quietos y
dominémonos físicamente. Esto dará idea de dominio mental, de serenidad».
Las manos, pues, déjelas pender naturalmente. No se preocupe por ellas.
Se moverán perfectamente en la medida en que comunique con pasión. Los
ademanes surgen sin que usted se dé cuenta. Y ahí son coherentes, perfectos,
maravillosos. El mejor director de la expresión corporal, reitero, es el
corazón. Muévase como se lo dicte su entusiasmo. Gesticule como se lo dicte
su instinto. Los únicos ademanes que realmente sirven son los que nacen de
la emoción.
Luis Alfonso Anleu señala que «hay que comunicar con todo el ser».
Zenaida Orozco lo apoya: «Creo que nuestra pasión se muestra mediante
nuestras palabras y nuestra expresión corporal. Uno habla con las manos, con
la cara, con los ojos, con el cuerpo entero. Uno transmite con todo».
Así pues, para cerrar este aparte citamos al profesor Pedro H. Morales,
quien dice que el expositor «debe ser absoluta y estrictamente natural. Y debe
hacer que lo que salga de su corazón esté directamente enfocado a los
corazones de la audiencia».
La expresión del rostro
Las expresiones de su rostro, sus gestos, deben ser consecuentes con lo que
está comunicando. Podríamos decir que la gente oye tanto las palabras como
el rostro del conferencista. No tenga el rostro inexpresivo, como de madera o
mármol. No debe parecer frío y lejano. Pero tampoco puede hacer muecas a
cada momento. No tuerza la boca, no se la muerda ni lama los labios.
En una oportunidad le dije a un alto ejecutivo de una multinacional:
«Usted habla como si estuviera bravo» Y me respondió: «Pero estoy feliz».
La verdad es que no se le notaba. Le recomendé que, en su siguiente
intervención, lanzara de vez en cuando una sonrisa al grupo y su
comunicación fue recibida de mejor manera. Esto se llama actitud
comunicadora. No hable como si estuviera furioso, regañando al grupo. Una
sonrisa abre más puertas que un tractor. Este tipo de defectos son difíciles de
detectar por cuenta propia. Es por eso que resulta vital tomar un seminario
taller sobre el tema. Un pequeño cambio de esta naturaleza puede ser la clave
para que su mensaje realmente llegue y mueva a la acción.
El contacto visual
Usted debe mirar permanentemente a su auditorio. Y es necesario que sepa
interpretar el sentido de las miradas que recibe. Mediante el contacto visual
es posible establecer en qué medida está siendo entendido y el interés que
están despertando sus palabras.
La mirada es definitiva en la comunicación frente a grupos. Hay miradas
que son un discurso completo. Otras personas, cuando hablan frente a grupos,
los miran pero sin ninguna gana, expresividad, sin pasión, sin deseo de
venderles sus ideas, sus planteamientos. Esas miradas ni dicen nada ni
influyen para que su mensaje sea vendido. Usted comunica para convencer,
para lograr una respuesta y esas deficiencias lo impiden. Hay gente que
mientras habla frente al grupo, se dedica a mirar para el techo, como
diciendo: «Dios mío: mándame más ideas».
El estadista y hombre de letras Lord Chesterfield dijo algo lleno de verdad:
«El fin de la oratoria no es otro que persuadir al auditorio; y tú sabes que un
gran paso para llegar a esta persuasión consiste en saber agradar a la gente».
A mí, personalmente, no me agradan los oradores que no me miran a los
ojos. A nadie le gusta que lo desconozcan, y esto es lo que siente un grupo
que no es mirado permanentemente. Varios de nuestros entrevistados en
diferentes países coinciden en recomendar que usted mire a los ojos cada vez
que hable con una o dos personas, de tal forma que desarrolle esta
característica que luego utilizará frente a los grupos.
Con la mirada se puede establecer la aprobación o desaprobación de parte
de los miembros del grupo, por ejemplo, mediante gestos o movimientos de
cabeza. De todas maneras no debe pretender jamás la unanimidad. Mientras
las mayorías lo acepten, está bien. Hable con entusiasmo e ignore a una o dos
personas que con sus gestos muestren desaprobación. Usted debe mirar con
más insistencia, por ejemplo, a quienes le sonríen, lo aprueban con
movimientos de cabeza, están atentos o toman notas. Es más, sería ideal que
pida que les den hojas sueltas o libreta y esfero a quienes lo escucharán. El
hecho de ver que algunos están tomando apuntes, es algo que lo animará a
continuar.
La experiencia nos enseña algo que puede resultarle absolutamente vital:
cuando usted mira a alguien que lo está aprobando con movimientos de
cabeza y le habla por unos segundos más a esa persona, con seguridad su
oyente lo aprobará más y más. Cuanto usted más se le dirija, más moverá la
cabeza, lo cual resulta provechoso y se debe utilizar. Es perfectamente
absurdo dedicarse a mirar a quien lo mira mal o a quien lo desaprueba con
sus gestos o movimientos. Dedique más contacto visual a quienes dan
muestras de aprobación, ya que estos lo incitan a que continúe su exposición.
Digamos que le sirven de apoyo. Con la información que recibe mediante el
contacto visual, puede ajustar sus intervenciones. Recuerde que quien tiene la
información tiene el poder.
José Manuel Paredes nos dijo:
Hay quienes no miran al grupo, como tratando de escapar del momento. Pero eso, al igual que
otros aspectos de la expresión corporal o el lenguaje no verbal, son efectos. Lo realmente
importante es establecer las causas, que normalmente tienen que ver con falta de confianza en sí
mismo, con el temor a quedar mal, etcétera, situaciones que obedecen a falta de experiencia
hablando ante grupos.
El instructor Mauricio Piñol, manifestó que cuando la gente es mirada «siente
que la están teniendo en cuenta». Y agrega:
Se puede trabajar la seguridad en ese tipo de personas que sienten que no pueden mirar a los
ojos de quienes los escuchan. Uno puede trabajar la seguridad de una persona generando
hábitos positivos. Ideal que las gentes trabajen en desarrollar su seguridad. Existen
profesionales y procedimientos que permiten lograrlo.
Sobre el contacto visual, Enrique Castellanos nos enseña:
El orador no debe tratar al auditorio como un solo conjunto. Está hablando con personas y debe
tomarse el tiempo para establecer contacto visual con la mayor cantidad de individuos. Bastan
algunas décimas de segundo, pero se mira a través de los ojos de cada persona para contactarse
con su esencia.
ENRIQUE CASTELLANOS RECOMIENDA A LOS ORADORES:
Tenga mucho interés en que su mensaje llegue al auditorio, por lo cual debe evaluar si sus
oyentes se ven interesados o se ven aburridos con el tema.
Busque con su mirada a personas del auditorio que se vean interesadas para que le sirvan
de motivación.
Preocúpese por visualizar no solo a las personas frente a usted, las más cercanas, sino
incluso a las más alejadas para elevar el interés de todos.
Por su parte, el doctor Rodrigo Sepúlveda indica que el orador no debe, sin
embargo, concentrarse en una sola persona, o permanecer mirando
exclusivamente a un punto, sino hacer paneos, pasear la mirada por todo el
salón, en lo posible, por cada uno de los participantes. Salvo, como dijimos
antes, por uno o dos que con su lenguaje no verbal, le hagan mal ambiente.
En mis seminarios, encuentro que muchos de los estudiantes cometen el
error de mirar solamente a una persona y descuidan a las demás. El contacto
visual tiene que hacerse con todos los miembros del auditorio. En cierta
oportunidad, una asistente al seminario se quejó de un orador en los
siguientes términos: «No le puse cuidado porque no me miró. Si yo no le
importo, pues su tema tampoco me importa a mí».
Actitud comunicadora
Muchos oradores comunican como si estuvieran disgustados, haciendo, como
se dice popularmente, mala cara. Les he hecho caer en cuenta de esta
situación y les he pedido que procuren que la expresión de su rostro sea más
amable al comunicar. Al hacerlo, el cambio resulta muy positivo. Una actitud
comunicadora y una cara amable son elementos importantes. Cuando una
persona comunica haciendo mala cara, el auditorio piensa que no está a
gusto. Cree que desearía no encontrarse prestando ese servicio, conclusión
que, desde luego, no es cierta.
Cuando un orador, sin quererlo, mira mal al grupo, este se ofende, se
enconcha y no lo escucha. Nunca descuide tan primordial aspecto. Y no se
trata de comunicar sonriendo permanentemente. No. Se trata de que, de vez
en cuando, regale una sonrisa a los oyentes. De tal forma que el mensaje sea:
«Estoy muy a gusto con ustedes. Es un placer prestar este servicio».
A propósito de esto último, Mauricio Piñol señala que «es bueno sonreír y
mostrar una expresión amable y cordial. Hay que saber manejar bien los
gestos. Diría que las expresiones del rostro deben ser consecuentes con lo que
la persona está diciendo en ese preciso momento».
La postura del cuerpo también refleja su actitud comunicadora. Párese
firme, no se balancee hacia adelante y hacia atrás.
Dale Carnegie recomienda que no se mude el peso de un pie al otro,
«como hacen los caballos cansados». Recuerdo que a uno de nuestros
seminarios asistió una funcionaria de cierta compañía aérea internacional.
Durante la intervención levantaba a cada momento la punta del zapato y la
movía de un lado a otro. Como dijo alguien: «Solo le falta el bolillo y queda
como un policía». No haga movimientos nerviosos que delaten su falta de
serenidad y dominio.
«El hombre más poderoso es aquel que es dueño de sí mismo», decía
Aristóteles. Debe dar sensación de control de usted mismo.
Recuerde que el comunicador activo es una autoridad y debe comportarse
como tal. Mire al auditorio como si tuviera algo muy urgente que decirle y
comience con decisión. Mire al grupo con confianza y valor. Si hay algo que
echa a perder la credibilidad de un orador, es que mire con desconfianza,
inseguridad. Si hace esto, está perdido.
Muchos de nuestros entrevistados recomiendan que se usen movimientos
vigorosos, altivos, dinámicos, lo cual no solo es impactante para el auditorio,
sino que, además, se traduce en beneficios para el orador. Cuando hable por
radio, gesticule. Los oyentes no lo verán, pero lo intuirán.
Hablan los expertos
Daniel Samper Pizano
Uno de los personajes entrevistados para este libro fue el periodista y escritor
Daniel Samper Pizano. Es columnista político y de humor, y sus ingeniosas y
satíricas notas se han publicado en Colombia, España y varios países de
América. Entre sus libros más conocidos están: A mí que me esculquen,
Dejémonos de vainas, Esta no es vida, No es porque sea mi hijo, Les Luthiers
de la L a la S y Nuevas lecciones de histeria de Colombia. Desde España nos
dio sus respuestas, llenas de sencillez, inteligencia y sabiduría:
En su concepto, ¿cuándo un orador es bueno?
Creo que un orador es bueno cuando comunica convincentemente su mensaje.
¿Cuándo es un fracaso?
Cuando no despierta interés, no convence o transmite un mensaje de manera
confusa.
¿Cuál ha sido el mejor orador que ha escuchado y por qué lo considera el
mejor?
Hay distintos tipos de oradores. Yo diría que tres: el buen conversador, que
expone con claridad y capacidad de convicción ante una junta o una reunión
pequeña; el buen expositor, que lo hace ante un auditorio de salón
(conferencias, cátedras, seminarios, etc.); y el orador de foro, que se
desempeña ante auditorios generalmente masivos y populares. Creo que el
mejor y más versátil orador que he escuchado es Luis Carlos Galán, quien fue
candidato a la presidencia en Colombia. Galán tenía un formidable talento para
convencer y transmitir entusiasmo ante cualquier auditorio: una sala, un salón
o una plaza. También debo mencionar, entre los buenos oradores de foro, a
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.
En su concepto, ¿cuáles son las principales cualidades que debe tener un
orador para impactar al auditorio?
Las principales cualidades, a mi juicio, son el interés del mensaje que
transmite y la habilidad de los recursos (expresión, buen decir, humor,
claridad, sinceridad, convicción, etc.) para llevarlo al auditorio.
¿Puede mencionar alguna historia interesante en relación con el tema de
hablar bien en público? ¿Alguna experiencia que le haya parecido
particular? ¿Cuál fue? ¿Por qué fue especial?
Recuerdo un primero de mayo en La Habana, cuando hablaron, ante una
multitud de más de cien mil personas, Daniel Ortega, el dirigente político
nicaragüense, y Fidel Castro. Fidel tiene una capacidad impresionante para
hacer calar pedagógicamente su discurso. Y Ortega maneja a las maravillas los
recursos retóricos (pausas, cambios de volumen e intensidad, ademanes,
sarcasmos...). El mano a mano duró más de cuatro horas, pero no hubo un solo
minuto en que los que presenciábamos el acto nos sintiéramos fatigados. Fue
algo medio mágico el estar presente, entre tal multitud y en semejante fecha,
escuchando a dos monstruos como esos.
¿Usted cómo se siente cuando debe hablar de pie ante un grupo? Por
favor, cuéntenos sus experiencias sobre este aspecto.
Me encanta hablar de pie, o sentado encima del pupitre. Creo que un expositor
que permanezca sentado renuncia a uno de los recursos que transmiten
dinamismo a su charla. En clase, incluso, suelo recorrer el salón, si es posible
hacerlo. No digo que no sea posible despertar y conservar el interés y hasta el
entusiasmo del auditorio desde una posición sedentaria. Pero el orador o
expositor que habla de pie parece atraer más a su auditorio. Obviamente, si su
mensaje es aburrido o la forma de transmitirlo es apática, podría estar hablando
desde un trapecio y se dormirá hasta el público de primera fila.
¿A usted qué tipo de oradores, de conferencistas, lo entusiasman, lo
animan a escucharlos?
Quizás por hemopatía, me gustan los que son capaces de adobar sus
exposiciones o intervenciones con humor.
¿Cuál es el peor defecto que puede tener un orador?
Hay muchos defectos que pueden arruinar a un orador; algunos de ellos son
difíciles de enmendar, como la timidez, que lleva al balbuceo, el tartamudeo, el
volumen inaudible. Pero hay otros fácilmente corregibles. Yo diría que en
general es fatal leer una conferencia o exposición. No me refiero a un discurso
político o un acto académico de cierta formalidad. Pero sí a las participaciones
o intervenciones en congresos profesionales, las clases, los seminarios, etc. De
todos modos, me parece que leer exige una preparación oratoria especial. He
visto que algunos expositores intercalan, en sus conferencias leídas, ciertas
pausas de conveniencia para relatar anécdotas de manera improvisada o para
explicar alguna frase o idea que se ha leído. Estas salidas del texto resultan
muy útiles para echar lazos a la audiencia: son como salvas de artillería para
evitar que la monotonía de la lectura hunda a la audiencia en el marasmo.
Al mismo tiempo, debo reconocer que una buena conferencia muy bien leída
(con pausas, ademanes, variación de intensidades, etc.) puede ser excelente. En
este terreno, no conozco a nadie mejor que el escritor mexicano Carlos
Fuentes. En 1980 tuvo en vilo a un auditorio repleto (más de seiscientas
personas) con la lectura de una exposición sobre literatura mexicana de la
Revolución. Yo era uno de los que escuchaba alelado.
¿Desea agregar algo más?
Por mi experiencia propia, puedo decir que el humor y todo cuanto aligere una
exposición (anécdotas, ejemplos, comparaciones, historias, etc.) constituye el
aceite que ayuda a mover la máquina de una charla o conferencia. Pero lo ideal
es portar una guía. Y no hay que olvidar a Gracián: «Lo bueno, si breve, dos
veces bueno». Y lo malo, si largo, noventa veces malo.
La voz
Otro componente fundamental de un buen discurso es la voz. Su adecuado
manejo definitivamente influye en el impacto de su mensaje y puede marcar
la diferencia entre el éxito y el fracaso de su conferencia.
Darío Arizmendi Posada nos dijo que, en su concepto, es seguro que un
orador fracasa cuando es aburrido. El Senador Enrique Gómez Hurtado
señala, por su lado, que «si un mensaje es monótono, así sea maravilloso, la
gente no lo capta». Y el profesor Pedro H. Morales indica que «el orador,
diga lo que diga, hable de lo que hable, comente lo que comente, tiene que
hacerlo con enorme seguridad. Esa es la clave del éxito. Hable con seguridad.
Siéntase dueño de sí mismo. Domine y conozca el tema. Domine y conozca
al auditorio. Y ahí tiene las claves del éxito».
La emoción
Si usted desea influir la voluntad de quienes lo escuchan, moviéndolos a
adoptar esta o aquella posición concreta, la emoción es supremamente
importante, es definitiva.
Debe dar más fuerza, más agudeza a lo que tiene más interés. Si dice sin
ningún énfasis lo que es más importante de un párrafo, tal vez pase
desapercibido. Tenga en cuenta este hecho. Como dice Gastón Fernández de
la Torriente, autor especializado en temas de comunicación, hay que
establecer, cuáles son los nervios principales de su intervención, con el objeto
de hacerlos sobresalir mediante el énfasis. Los hechos principales se merecen
el énfasis. Merecen ser destacados sobre otros menos importantes.
Nunca olvide que la materia prima de la producción de la voz, es el aire.
Por fortuna he recibido inmensa asesoría sobre este tema de dos
investigadores que lo dominan a cabalidad: los doctores Iván Payares Rincón
e Ivette Consuelo Hernández, a quien entrevistamos para este libro.
Usted puede, en la comunicación hablada como en la escrita, subrayar las
palabras más importantes, destacar unas sobre otras.
Cuando reflexiona, puede hablar lentamente. Y cuando desea convencer,
incitar a la acción, hacerlo más rápidamente. Es necesario colocar matices, de
acuerdo con lo que esté diciendo. No hable monótonamente, en un solo tono.
Resulta desesperante para la audiencia y afecta su comunicación. Recalque,
diga con más énfasis las palabras que desea destacar. Ponga énfasis en
aquellos puntos en los que quiere llamar la atención. Muchas ideas
principales se pierden, no son atendidas, no llegan al grupo porque no se
cuida este aspecto fundamental. Siempre reitero la historia de un profesor que
estuvo en mi seminario y me dijo: «Germán: a mí nunca se me habría
ocurrido que hablaba monótono». Cuando le pregunté por qué, me respondió:
«Porque llevo cinco años dando clases y los alumnos nunca me preguntan
nada». Y uno de sus alumnos, semanas después, me dijo lo siguiente: «A ese
señor no lo escuchamos porque habla monótono. Incluso lo llamamos el
anestesista: en clase nos duerme y en el examen nos raja». Ojalá que a usted
nunca lo llamen así.
Pausas
Haga pausas. Mediante ellas, es posible realizar más fácilmente inflexiones
de la voz, cambios de tono y ritmo. Si hace buen uso de las pausas, puede
mantener de mejor manera la atención. Hay personas que infortunadamente
no usan pausas y convierten sus intervenciones en un montón de palabras
atropelladas y monótonas. Cuide mucho que su voz no sea monótona, como
la del profesor anestesista.
Hace poco tuvimos en el seminario a una estudiante de derecho que
pretendió desarrollar ocho ideas en ocho minutos. Hablaba como una
ametralladora. Terminó exhausta y su mensaje, desde luego, no fue
comprendido. Atropelló las palabras y las ideas. Le dijimos que el uso
inadecuado de las pausas resulta tan perjudicial y confuso para el oyente
como el uso inadecuado de la puntuación en un escrito resulta para el lector.
Hace algún tiempo observé una película del cómico mexicano Mario Moreno,
Cantinflas, quien estaba escribiendo a máquina una carta. Intempestivamente,
en cualquier momento, se detenía y decía: «Hace rato que no pongo una
coma». Y la ponía. O decía: «Hace rato no pongo punto y coma», y lo
agregaba, de cualquier manera, en cualquier sitio, sin criterio alguno.
Clases de pausas
Pausas psicológicas. Se producen cuando el orador desea que los oyentes
reflexionen.
Pausas lógicas. Se usan cuando así lo requiere el contexto de la frase y
normalmente son breves.
Pausas respiratorias. Ocurren, obviamente, cuando al orador se le acaba
el aire y necesita una nueva aspiración.
Otras pausas. Ocurren cuando el orador formula una pregunta y da
tiempo para que el auditorio conteste, por lo menos mentalmente.
El temblor de la voz
Hay personas a las que les tiembla la voz. Pero ellas parecen ser las únicas
que lo notan. En muchas oportunidades me ha sucedido que los alumnos me
dicen: «¿No se percató de que me temblaba la voz?» La verdad es que, las
más de las veces, no he notado eso.
Estos es lo que recomienda el doctor Rodrigo Sepúlveda a las personas
que presentan este problema cuando hablan en público:
Hay personas que, infortunadamente, tienen una exagerada autocrítica y, como usted lo dice,
solo ellas se dan cuenta y se preocupan por el hecho de que les tiemble la voz. Esto lo deben
revisar. Les recomiendo ejercicios de respiración y que permanentemente lean en voz alta, en
diversos niveles. Lectura en voz baja, media o alta.
La dicción
El autor Fernández de la Torriente, el doctor Rodrigo Sepúlveda y otros
expertos entrevistados para este libro, formulan diferentes recomendaciones
para vencer el miedo y comunicar mejor. En lo que tiene que ver con la voz,
se indica que la claridad se puede lograr mediante la adecuada acción del
maxilar inferior, la lengua y los labios. Una dicción adecuada se consigue
cuando los músculos que mueven estas áreas, lo hacen de manera enérgica y
definida. He comprobado que muchos defectos de la dicción obedecen a
vicios, costumbres que no se han corregido a tiempo. Pero se pueden
conseguir avances importantes en este aspecto. Vean ustedes el caso de la ex
reina Paola Turbay: a base de trabajo, ejercicios, asesorías, disciplina, hoy
habla mucho mejor.
El doctor Fernando Villa Uribe, conferencista en el tema de hablar en
público desde hace cuarenta años, señala que vocalizar es saborear las
palabras, decirlas completas. Es indispensable hablar despacio para hacerlo
con claridad, si se tienen problemas de dicción. En la medida en que el
maxilar, la lengua y los labios se mueven con la energía necesaria, se puede ir
aumentando la velocidad.
EJERCICIO PARA MEJORAR LA DICCIÓN
Para mejorar la dicción, se puede leer en voz alta, diciendo las palabras completas y haciendo una
consciente y adecuada articulación y vocalización. Lea en voz alta, abra bien la boca y separe
cuidadosamente todas y cada una de las sílabas. Exagere, incluso, su pronunciación. Esto le ayudará a
mejorar su dicción.
Vigile que esté diciendo completos los finales de las frases. Hay quienes descuidan este aspecto y
muchas de sus palabras o frases resultan casi incomprensibles.
El volumen
Otro elemento importante es hablar con intensidad. A los alumnos les
insistimos en que le pongan dinamita a la voz. No se trata de gritar, sino de
hablar con ganas e intensidad. Nunca olvide que en un auditorio pueden estar
algunos oyentes a diez o quince metros y son muchos los que, cansados de
intentar escuchar, se desconectan y se van del tema, aun cuando permanezcan
sentados en su puesto. Igualmente, mediante la intensidad de la voz, se debe
impedir que ruidos externos, ambientales, frustren la llegada del mensaje. Es
fácil detectar si el volumen que utiliza es el adecuado. Por ejemplo, observe
si hay movimientos o esfuerzos en las personas que se encuentran al fondo
del salón.
Cierto día, en un auditorio, una persona que se encontraba al final del
salón le gritó al conferencista: «No se oye». Y este respondió: «Pero se
siente».
La respuesta fue ingeniosa, pero inadecuada. Usted necesita y está
obligado a comunicar con la intensidad adecuada, de acuerdo con las
características del salón o lugar donde esté comunicando, y la distribución de
las personas. Hay quienes hablan en voz muy baja. Esto tiene consecuencias
graves. Por una parte, no son escuchadas por los más alejados y, por la otra,
se ha comprobado que una persona, cuanto más bajo habla, más se acobarda.
He notado que generalmente los oradores que no están seguros de lo que
dicen o los que no creen en sus propios mensajes, suelen hablar en voz baja.
El manejo del volumen de la voz es absolutamente indispensable para
mantener la atención del grupo. Muchas veces la atención del auditorio,
cuando se está dispersando, puede ser atrapada nuevamente mediante el
levantamiento del volumen.
No se trata, reiteramos, de gritar. Si el orador grita, se cansará de su voz y
cansará a sus oyentes. Hay que hablar con el volumen adecuado, de acuerdo
con el salón, la distribución de los oyentes, los ruidos del ambiente, etc. Hay
personas que hablan muy bajo y realmente resultan desesperantes. Póngale
pólvora a la voz. En salones donde se encuentran más de cuarenta personas,
lo ideal sería la amplificación del sonido, de tal manera que el expositor no
tenga que hacer demasiado esfuerzo con su voz.
Zenaida Orozco, a partir de su experiencia de veinte años como instructora
del Instituto Dale Carnegie, señala:
Creo que hay personas que hablan muy suave por inseguridad. Hay que hablar con voz alta y
con convicción. Hay que hablar con pasión y proyectar la voz, para que todos nos oigan. Todos
deben escuchar nuestras palabras. No hable hacia adentro; proyecte su voz con energía.
EJERCICIO PARA SUBIR EL VOLUMEN DE LA VOZ
Si usted está acostumbrado a hablar en voz baja y le cuesta mucho subir el volumen de la voz, practique
la siguiente dinámica:
Grite, pronuncie discursos como un político en plaza pública. Imagine que está frente a doscientas
personas, votantes potenciales, y que no tienen micrófono ni parlantes en esa plaza.
El efecto que este ejercicio obrará en usted será maravilloso. Luego de esos gritos, descubrirá que sí
puede subir el volumen, sin que se le desportille la porcelana de la garganta y, en el momento de su
exposición, hablará con más ganas.
Hablan los expertos
Fernando Ávila
Otro de nuestros asesores fue el doctor Fernando Ávila, quien ha publicado,
entre muchos otros, los libros Noticia, Redacción profesional, Manual de
redacción periodística y En busca del verbo preciso. En diferentes periódicos
aparecen sus columnas de temas gramaticales El lenguaje en el tiempo y
Semifusas.
Desde 1988, su actividad principal ha sido la dirección de seminarios y talleres
de redacción profesional. Es docente de redacción periodística y comunicación
en la Universidad de Los Andes, la Universidad Javeriana y la Universidad
Jorge Tadeo Lozano. Trabaja también como conferencista en diferentes
naciones.
Los temas de sus seminarios y talleres son: ortografía, sintaxis, semántica,
estilo y géneros periodísticos.
¿Para quien habla en público hay normas como para quien escribe para el
público?
Por supuesto. Así como para escribir hay normas de ortografía, sintaxis,
semántica, para hablar en público existen también reglas gramaticales.
¿Ortografía, sintaxis y semántica, doctor Ávila?
En este caso no hay normas ortográficas, pero sí sus correspondientes, que son
las normas ortológicas, o de prosodia. Además, por supuesto, las mismas
normas sintácticas y semánticas que al escribir.
Por favor, doctor Ávila, háblenos, entonces, en primer lugar, de las reglas
ortológicas.
La ortología es la parte de la gramática que estudia y enseña la correcta
pronunciación de las palabras. Así como al escribir rigen unas normas
ortográficas, que nos dicen si una palabra se escribe con «uve» o con «be», con
«hache» o sin «hache», con «equis» o con doble «ce», con «ge» o con «jota»...
al hablar, estamos regidos por unas normas que nos dicen cómo pronunciar
cada letra, cada combinación de letras; cómo armar las frases, cómo expulsar
el aire para una correcta expresión, desde el punto de vista gramatical.
No parece que sean muy conocidas esas normas...
Efectivamente. Quizá la parte más desconocida de la gramática es esta.
Por favor, háblenos de algunas normas ortológicas.
Me voy a referir solo a algunos sonidos frecuentemente mal emitidos por
locutores, oradores, cantantes, predicadores y demás hombres públicos que
tienen la palabra hablada como su principal vehículo de comunicación. La
«uve» es una letra que se debe pronunciar en español igual que la «be». Es
falso que una sea labiodental y otra labial. Las dos son labiales. Qué bueno que
a las presentadoras de televisión les enseñaran eso. La «uve» es labial, es decir,
se pronuncia juntando los labios para expulsar el aire. El sonido «va» de
«vaca» es idéntico en español al sonido «ba» de «bata». Un sonido labiodental
en español, para que se pueda observar la diferencia, es el de la «efe». Para
pronunciar la «efe», se muerde, por así decirlo, el labio inferior, es decir, es
una letra de sonido labiodental. Esa sí. Pero la «uve» no. La «uve» es labial.
Y, entonces, ¿de dónde ha salido todo eso de la «ve»» labiodental y de su
pronunciación labiodental?
La «uve» parece haber sido siempre labial. Si usted observa algunas
etimologías, advertirá que de palabras latinas con «uve» salen palabras
españolas con «be». Por ejemplo «ad vocatus» da «abogado»; «cavallo» da
«caballo»; «verris» da «berrear»... Si bien es cierto que las palabras
evolucionaron perdiendo algunas de sus características originales, es de
suponer también que palabras latinas con «uve» hubieran seguido siendo en las
lenguas romances con «uve», si la «uve» se hubiera pronunciado distinto de la
«be». Si el latín «verris» da el vocablo español «berrear» es porque en la
evolución del lexema no hubo diferenciación fonética entre una y otra «be».
Y, entonces, ¿por qué se llama labidental?
No. No se llama labidental. Mire usted el Diccionario de la Lengua Española.
Cualquier edición posterior a 1927 llama a esta «ve» simplemente «ve» o
«uve». La terminología de labidental se incorporó tardíamente y se eliminó en
1927. Se eliminó ese nombre precisamente para no confundir su sonido. La
pronunciación labiodental de la «uve» es hoy más efecto de influencias
inglesas, francesas y alemanas, que de pretender seguir una norma.
¿De manera que es errónea la pronunciación de la «uve» como letra
labiodental?
Sí. Definitivamente, sí. Además, es rebuscada esa pronunciación. Es de
suponer que quienes la pronuncian así en sus discursos ante el público o en sus
noticieros ante los televidentes, no la pronuncian de igual manera en la
intimidad. Ahora: pronunciar la «be» como letra labiodental, como se oye a
veces en el audio de comerciales televisivos es peor aún. El sonido labiodental
de la «uve» puede calificarse de barbarismo, es decir, influencia de idiomas
foráneos. Pero la pronunciación de la «be» como lexema labiodental no es ni
barbarismo... porque ni en inglés, ni en francés, ni en alemán se pronuncia
así... Es peor.
¿Qué otro lexema es mal pronunciado?
La «ye» se pronuncia como «elle» en muchas regiones, por ejemplo en la zona
andina. Y la «elle» como «ye», en muchas otras, por ejemplo en la zona paisa,
en Colombia. La «ye» tiene un sonido más fuerte que en algunos
hispanohablantes, por ejemplo argentinos y uruguayos, está cerca del sonido
«che». La «elle» es más suave. Una forma práctica de identificar los sonidos
correctos es oírlos en quienes los pronuncian naturalmente bien. Oiga usted a
un costeño pronunciar palabras como «Barranquilla», «caballo», «billete»...
¡ese es el sonido! Y oiga a un paisa, en Colombia, pronunciar la «ye». Óigalo
decir «yuca», «yegua», «Ayala»... ¡esa es la pronunciación correcta!
Pero hay normas fonéticas, doctor Ávila...
Desde luego que hay normas fonéticas... Lea usted al comienzo de cada uno de
los capítulos del diccionario y verá que hay una explicación técnica de cómo
pronunciar la letra. El problema es que la terminología usada para explicar o
describir estos sonidos es tan complicada que para los profanos resulta mejor
decirles «oiga a un paisa», «oiga a un costeño».
Entonces, ¿no hay personas que hagan correctamente los dos sonidos?
Algunos. Ciertos locutores de radio distinguen perfectamente cada uno de los
sonidos... y una observación al margen: hablo de la «elle», a sabiendas de que
la «elle» como letra española fue eliminada en abril de 1994. Me refiero al
sonido «elle», más que a la letra, que como tal ya no existe.
Algunas personas pronuncian la «ye» como i...
Sí. Ese es un error muy común entre la gente joven; muy marcado entre
quienes están más influidos por el inglés. Es bueno insistir en que la «ye» no
se pronuncia como i. La letra «ye» se llama también i griega y fonéticamente
lo es, cuando va sola y cuando va al final de la palabra. Por ejemplo, «rey»,
«ley», «buey» se pronuncian «rei», «lei» y «buei», pero «reyes», «leyes« y
«bueyes» no se pronuncian «reies», «leies» y «bueies», como muchas veces se
oye. Si la letra «ye» o «i» griega no va al final de la palabra, cambia su sonido.
Por favor, hablemos de algunos otros errores fonéticos.
La «equis»: esta letra se debe pronunciar como «gs» y no como «ds». Por
ejemplo, «sexo», «taxi», «axioma» no se pronuncian «sedso», «tadsi» ni
«adsioma», sino «segso», «tagsi» y «agsioma». La «be» posvocálica: «objeto»,
«objetivo», «subjetivo» no se pronuncian «odjeto», «odjetivo» ni «sudjetivo»,
aunque usted habrá advertido que muchas veces se oye así. Ahora, muchas
veces la «equis» tiene sonido ese: «auxilio» no se pronuncia «augsilio» sino
«ausilio». Y en «México», «Texas» y «Oaxaca» se pronuncia como jota:
«Méjico», «Tejas» y «Oajaca».
Hay, doctor Ávila, una especial dificultad fonética con la combinación
«sc»...
Sí. Lo he notado. Muchas personas pronuncian «picsina», «egcenario»,
«agceta» cuando leen «piscina», «escenario» y «asceta». La pronunciación
americana -que no la española- sería «pissina», «esenario» y «asseta».
¿Existe el pronombre «sen»?¿Qué nos puede decir sobre este particular?
Con mucho gusto. El pronombre «sen» no existe. Aunque muchas veces se oye
«córrasen», «siéntesen», «váyasen», es claro que estas voces son erróneas.
Nadie dice «sen corren», «sen fueron». Pues igual, porque el «sen» que va
antes del verbo es el mismo que va después de él: «se den» es igual a «dense».
Entonces, no es lícito decir «desen». En esa línea, tampoco es lícito el
pronombre «men», como «tráigamen», «ayúdemen» o «demen». Así como
nadie dice «men pagaron», «men ayudaron» o «men pegaron», nadie debería
decir «ayúdemen» que es la unión del verbo «ayude» y el pronombre
(erróneo) «men». Lo que va en plural es el verbo: «ayuden», «traigan»,
«vayan»,«salgan» y a él se le añade el pronombre: «ayúdenme», «ayúdense»,
«tráiganme», «váyanse», «sálganse».
Bueno, doctor Ávila. Pasemos ahora a aspectos sintácticos del lenguaje
oral.
Toda la doctrina sintáctica para escribir es válida para hablar. Digamos solo lo
básico: las ideas son más claras cuando se sigue el orden sujeto -verbo-objeto
directo-objeto indirecto- complementos circunstanciales. Si yo digo «La Junta
Directiva aprobó una prima para sus mejores colaboradores, por
recomendación de los accionistas minoritarios», oración que sigue ese
esquema, es más claro que si digo: «Por recomendación de los accionistas
minoritarios, una prima aprobó la Junta Directiva para sus mejores
colaboradores». Si un discurso se estructura con oraciones ordenadas según ese
esquema es muchísimo más claro que si se busca elaborar párrafos que parecen
rompecabezas porque todo está al revés...
¿Es mejor usar oraciones cortas u oraciones largas?
¡Cortas! Mire usted: a veces las oraciones se alargan por el exceso de incisos
explicativos. Analicemos un ejemplo, donde voy a hacer énfasis en lo esencial:
«Nuestra empresa, ejemplo de buen manejo de las relaciones con la
comunidad, abrirá, como ya lo habíamos anunciado, una oficina de servicio al
cliente, que atenderá consultas de todos los usuarios». Lo esencial es: «Nuestra
empresa abrirá una oficina de servicio al cliente». Decir solo eso es mejor que
ir aclarando cada elemento esencial, pues lo que se logra en ese afán de aclarar
es justamente lo contrario.
Hablemos de problemas semánticos...
¡Hay tantos! Si quiere que le paguen, no diga «cancele» porque «cancelar» es
anular, suspender, abolir, derogar y, no pagar. «Adolecer» no indica en el
complemento una condición sino un defecto: «el agua de la ciudad adolece de
bacterias venenosas» , «la oficina adolece de humedad», «el cajero adolece de
inseguridad». No «el agua adolece de pureza», ni «la oficina adolece de
ventilación», ni «el cajero adolece de seguridad». «Adolecer» es tener, no
tener o carecer. Tener un defecto, no carecer de algo. Si su servicio es
«bimestral» no lo ofrezca como «bimensual». Lo «bimestral» sucede cada dos
meses, seis veces al largo de un año; lo «bimensual» sucede dos veces al mes,
es decir, veinticuatro veces a lo largo de un año.
¿Qué frases debe evitar el que habla en público?
«El tema a tratar es el nuevo sistema equis», «los problemas a resolver están
siendo estudiados», «el personal nuevo a contratar debe ser profesional»...y
mil frases más con esa construcción galicada: temas a tratar, luces a prender,
vestidos a diseñar, cuestión a discutir...La preposición y el infinitivo sobran:
«El tema es el nuevo sistema equis», «los problemas están siendo estudiados»,
«el personal nuevo debe ser profesional». Otras frases ajenas a la morfología
española son: «con base en» y «en base a» que se pueden reemplazar por
«según»; «al interior de» que se puede reemplazar por «en»; «de acuerdo con»
que equivale también a «según»; «a la mayor brevedad» que en buen español
puede ser «sin dilación alguna» o «lo más pronto posible»...
¿Qué recomendaciones adicionales haría usted a nuestros lectores, a los
oradores?
¡Tantas...! Que use los gerundios como adverbios de modo y no como verbos
de consecuencia; que no omita la preposición «de» cuando el verbo es
intransitivo y que no la agregue cuando el verbo es transitivo; en fin, que le dé
un repaso a las normas gramaticales generales y revise su fonética habitual...
Quizá un análisis profesional con grabación en mano permita un diagnóstico y
un programa de corrección paulatino y progresivo. Y que ayude, a través de
sus discursos, a mejorar el uso del idioma en público. El público no solo
atiende lo que él dice sino también cómo lo dice.
Recomendaciones para mejorar la voz
A propósito del manejo y el cuidado de la voz, entrevistamos a la
fonoaudióloga Ivette Consuelo Hernández. Se trata de una de las personas
que más sabe sobre este tema en América Latina. Es egresada de la
Universidad del Rosario, de Bogotá y ha trabajado como docente de técnica
vocal y expresión oral en distintas universidades y en algunas academias de
formación actoral. Dicta seminarios sobre la materia para empresas de
diferentes países de habla hispana; realiza asesorías particulares a locutores,
presentadores de televisión, actores, dirigentes políticos y empresarios.
Partiendo de nuestra entrevista con ella, resumimos en este capítulo sus
recomendaciones para manejo y el trabajo de la voz.
Defectos de la voz
Según el criterio de la doctora Hernández, estos son algunos de los más
frecuentes defectos en el manejo de la voz.
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Hablar con la boca muy cerrada o labios casi inmóviles.
Carraspear.
Hablar con tensión de cuello y rostro.
Elidir, (omitir) vocales. Ejemplo: En «nuestr_amo» se ha omitido la «o» al final de la voz
«nuestro».
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Utilizar volúmenes muy fuertes, sin justificación alguna, chillidos o risotadas.
Respirar por la boca.
Emplear volúmenes débiles o tono monótono.
Caer en muletillas.
Usar sonsonete.
Para el manejo de la respiración
PRIMER EJERCICIO
Acostado boca arriba en una superficie dura, relaje los hombros y los brazos con las palmas de las
manos hacia arriba. Ponga sobre el estómago un objeto moderadamente pesado –un libro, por ejemplo–
y respire profundamente, manteniendo las clavículas y las primeras costillas tan inmóviles como le sea
posible. A medida que inspira, a medida que tome aire, intente expandir las últimas costillas (flotantes y
falsas), la pared abdominal y la zona de la espalda a la altura de la cintura.
Imagínese que tiene en la zona del estómago y la espalda un balón que se infla al inhalar; haga una
pausa de tres segundos y expulse gradualmente todo el aire inhalado, al tiempo que permite que el
abdomen descienda y toda la zona se desinfle; el balón se desinfla a medida que deja escapar el aire que
lo llenaba. Es así de sencillo
No abuse de este ejercicio. Cuando logre ubicar los músculos que intervienen en la respiración
adecuada, debe suprimirlo.
SEGUNDO EJERCICIO
Parado, con los pies separados unos sesenta centímetros, deje caer el torso (tronco) hacia adelante,
desde la cintura. Inclínese todo lo posible con los brazos descolgados, sin tensión. La cabeza también
debe quedar descolgada, sin tensión en el cuello. La opresión que esto produce en el vientre le ayudará
a encontrar, a detectar, a descubrir los movimientos de expulsión del aire. Después, inhale mientras se
endereza lentamente, sintiendo como se va llenando desde la cintura hasta el abdomen. Al llenar de aire
los pulmones, la inhalación misma le obligará a recobrar la posición vertical. De esta manera
coordinará los movimientos del diafragma con los movimientos respiratorios.
Para una buena dicción
La fonoaudióloga Ivette Consuelo Hernández, basada en lo propuesto por el
foníatra argentino Jorge Perelló, en su libro Canto-dicción4, recomienda los
siguientes ejercicios para conseguir una adecuada dicción:
EJERCICIO PARA LA MANDÍBULA
1. Abra la boca tanto como le sea posible. Cierre la boca y apriete los dientes.
2. Abra fuertemente la boca y mueva la mandíbula a la derecha y a la izquierda, sin mover la cabeza.
3. Proyecte repentinamente el maxilar inferior hacia adelante.
4. Baje el maxilar.
5. Cierre la mandíbula fuertemente.
MOVIMIENTOS PARA EJERCITAR LOS LABIOS
1. Apriete los labios hacia adentro con fuerza. Luego separe rápidamente los labios, dejando ver los
dientes todavía apretados. Enseguida vuelva a apretar los labios.
2. Hinche las mejillas y los labios. Hunda, desinfle las mejillas, sin separar los labios, pero sí los
maxilares. Es como masticar una bola de aire dentro de la boca, con los labios cerrados.
3. Eleve las aletas de la nariz como haciendo una mueca de asco. Baje el labio superior.
4. Suba y baje el maxilar inferior con la boca abierta. Luego hágalo con los labios juntos, pegados.
EJERCICIOS PARA LA LENGUA, EN BUSCA DE UNA ÓPTIMA DICCIÓN
1. Saque la lengua puntiaguda, luego métala y cierre la boca. Hágalo varias veces.
2. Saque e introduzca rápidamente la lengua. La boca debe permanecer siempre abierta.
3. Haga girar la lengua entre las encías y los labios cerrados.
4. Con la boca abierta y con la punta de la lengua, toque sucesivamente los dientes de arriba, los de
abajo, la comisura (borde) labial derecha y luego la izquierda.
5. Siempre con la boca abierta, saque la lengua y mueva la punta de arriba a abajo.
EJERCICIOS PARA LA COORDINACIÓN GENERAL
Estos sirven para que las partes móviles que intervienen en la dicción, como son mejillas, velo del
paladar, lengua, labios, y maxilar inferior, funcionen adecuadamente, sin gastar energías
innecesariamente:
1. Apriete los labios, sople y haga una pequeña explosión.
2. Pronuncie sucesiva y rápidamente: «ta, ka, ta, ka, ta, ka, ta, ka».
3. El dorso es la espalda o revés de una cosa. Pues bien, coloque el dorso de la lengua hacia atrás y
haga ruido de gargarismo.
4. Haga ejercicios de pronunciación.
Repita los siguientes trabalenguas:
El cielo está enladrillado, quien lo desenladrillará, el desenladrillador que lo desenladrille,
buen desenladrillador será.
Un tigre, dos tigres, tres tigres.
Repita las siguientes palabras, pronunciando de manera clara y precisa cada fonema:
Tiembla, sombra, tractor, tic, dúctil, escudo, reloj, inyección, acné, sección, pared, vid,
istmo, adscrito, adyacente, puff, golf, dogma, Ignacio, opción, salud, verdad, objeto,
ómnibus.
TRABALENGUAS PARA MEJORAR LOS MOVIMIENTOS DE QUIJADA Y LABIOS
Lo ideal es que practique estos trabalenguas muchas veces, si quiere mejorar su dicción, aspecto de alta
importancia en la comunicación frente a grupos. Hay que hacer un esfuerzo, pero los resultados son
sencillamente fantásticos.
No despreciéis al impedido, no despreciéis al indigente, no despreciéis al torpe aquel.
Porque de haberlo podido cada cual, por suerte hubiera elegido mejor suerte para él.
Tocar el güiro a Eulalio el güero en el aéreo empíreo oiríais, si el hielo aéreo la audición
augurara.
(Tenga presente que los dos labios deben juntarse)
Abdicó el rey Abdulah. Los súbditos del imperio lloran por su majestad. Su abdicación no
esperaban, la apuró su enfermedad. Los súbditos, subgerentes y subcontadores hoy
imploran que Abdulah se salve, Alá.
TRABALENGUAS PARA MEJORAR LA AGILIDAD Y PRECISIÓN
EN LOS MOVIMIENTOS DE LOS ÓRGANOS ARTICULADORES
Pablito clavó un clavito en la calva de un calvito; en la calva de un calvito, clavó un clavito
Pablito.
Calixto, Calixto, examen no dio, es un buen alumno pero se atrasó. No encontró su texto,
no pudo estudiar, buscó el saxofón, se puso a tocar. Calixto seguro que no va a pasar y en
el sexto grado otro año estará.
En un santiamén os santiguáis los seis. ¿Quiénes sois los seis? Los seis sois seis saineteros
sucios que osáis saciar vuestra sevicia zahiriendo a quienes a su vez no osan zaheriros.
¡Eso es lo que solo sois los seis!
Rueda la rajada rueda, rueda rugiendo rudamente rauda; rauda rueda rugiendo raudamente
la rajada rueda. Rueda rauda, recia rueda, rauda reciamente rueda. Rueda recia rauda rueda
rugiente, rajada rueda.
Quiebra piedra, piedra quiebra en la quebrada de Puebla el picapedrero Pliego, y al quebrar
Pliego la piedra en la quebrada de Puebla, pierde piedra, piedra pierde en la quebrada de
Puebla el picapedrero Pliego.
Lenguas luengas corren leguas, luego la luenga lengua del lego leguas luengas recorre.
Recursos expresivos de la voz
La doctora Hernández asegura que todos podemos lograr una voz expresiva
para lo cual debemos comenzar por conocer las siguientes definiciones:
Timbre. Es el color o característica personal de la voz, lo particular de
cada voz.
Tono. Es el grado de agudeza (voz fina) o gravedad (voz gruesa) de una
voz.
Duración (ritmo). Es el tiempo de la emisión, incluidos los alargamientos
o las pausas.
Intensidad (volumen). Es el grado o fuerza de la emisión. Hay emisiones
fuertes y otras débiles.
El manejo de los tonos da como resultado las inflexiones o entonaciones
de la voz. Se distinguen principalmente tres grados:
Central. El tono normal usado por cada persona.
Grave o bajo. Se usa para restar importancia al mensaje.
Veamos este ejemplo:
El jefe del Estado, desde el Palacio de Nariño, dijo que no aceptará más
presiones por parte de los sindicatos.
La frase «desde el Palacio de Nariño», que se emite en tono grave (bajo),
se podría suprimir tranquilamente y no se alteraría significativamente el
mensaje.
Veamos:
El jefe del Estado dijo que no aceptará más presiones por parte de los
sindicatos.
El tono agudo o alto se usa para dar énfasis. Lo vamos a comprobar:
El jefe del Estado, desde el Palacio de Nariño, dijo que no aceptará más
presiones por parte de los sindicatos.
Este tono se usa también en frases interrogativas, siempre y cuando no
tengan las cláusulas: ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿cuál?, ¿quién?, ¿cuánto?...
El tono agudo le da carácter interrogativo a la frase y la diferencia de una
afirmación.
Otro recurso para lograr expresividad es el volumen. Distinguimos,
fundamentalmente, tres niveles:
Medio. El adecuado al lugar donde se habla y al número de personas.
Fuerte. Voz plena. Nos sirve para enfatizar.
Débil. Voz susurrada. Hay casos en los que también enfatiza, pues crea
expectativa.
Así mismo, logramos expresividad mediante el uso del ritmo.
Distinguimos tres clases:
Rápido. Resta importancia al mensaje.
Lento. Puede enfatizar cuando se emplean pausas o se alargan palabras.
Normal. No crea variaciones especiales.
Cuidados de la voz
La doctora Hernández dice que la voz es un elemento de extraordinaria
importancia en nuestras relaciones interpersonales y, sin embargo, no se
cuida en la debida forma. Se trata de un regalo muy valioso del que nos dotó
la naturaleza. Mediante la voz, usted puede dar a conocer sus ideas, expresar
lo que lleva dentro, transmitir diferentes emociones, decir lo que siente y lo
que quiere.
Por tanto, es vital que conozca los principales cuidados que debe tener en
el manejo y uso de la voz, con el fin de prevenir alteraciones en su
producción y mantenerla en buenas condiciones.
EJERCICIOS Y CONSEJOS PARA UNA BUENA VOZ
1. Emplee un volumen moderado en todas las situaciones que viva en el día.
2. No intente hablar por encima de ruidos ambientales muy fuertes, como los originados por
maquinaria, discotecas, bares, vehículos, trenes, edificios en construcción, entre otros.
3. No hable mucho durante estados gripales, laringitis, congestiones nasales, infecciones respiratorias.
4. Para evitar la tos y el carraspeo permanentes, consuma agua al clima, no fría ni con hielo.
5. Evite hablar mientras levanta objetos muy pesados o realiza ejercicios fuertes.
6. No incurra en usos inadecuados de la voz como gritos o chillidos. Evite también las risas demasiado
fuertes.
7. Cuando hable, trate de evitar las tensiones en los músculos de la cara, cuello, garganta y hombros.
Respire profundo, relájese. Este tipo de actitudes le sirven, no solamente para el cuidado de la voz,
sino también para una mejor comunicación, conservar más adecuadamente la salud y prolongar la
vida.
8. Evite lugares polvorientos o donde haya humo.
9. No se exponga a cambios fuertes de temperatura. Abríguese al cambiar de un ambiente cálido a uno
frío.
10. Elimine el cigarrillo y el alcohol.
11. Acostúmbrese a respirar por la nariz, no por la boca.
12. Controle el consumo de comidas picantes o excesivamente condimentadas, si va a hacer uso de la
voz ese día o si tiene irritaciones estomacales.
13. No consuma bebidas o alimentos muy calientes o muy fríos.
El aire y la respiración
Cuando le preguntamos a la fonoaudióloga Hernández si el aire es la materia
prima de la producción de la voz, respondió: «Exactamente. Si no hay aire,
no hay vida. Si no hay aire, tampoco hay sonido. Por eso, para que una
persona maneje su voz bien, tiene que respirar bien. Para producir un buen
sonido, son vitales la respiración y la relajación».
Para el buen manejo del aire
A continuación presentamos una serie de ejercicios recomendados por la
doctora Hernández para trabajar un adecuado manejo del aire:
EJERCICIO PARA MEJORAR LA FUNCIÓN DE LA NARIZ
Trabaje lo relacionado con la entrada del aire por la nariz. Un sistema muy sencillo es ocluir, tapar una
fosa nasal y respirar por la otra, veinticinco veces, ojala por la mañana. Luego haga lo mismo por la
otra fosa. Hágalo todos los días. Eso va consiguiendo que la nariz se adecúe o se reacostumbre a la
entrada de aire. La nariz ha perdido su función, entre otras cosas, porque cada vez se usa menos. Esta
sencilla práctica hace que las fosas estén abiertas, preparadas, listas para que el aire entre
adecuadamente y la persona logra, necesariamente, un mejor manejo de su aire al hablar.
EJERCICIO PARA REGULAR EL GASTO DE AIRE
Tome aire. Cuando tenga los pulmones llenos, distribúyalo, sáquelo, muy suavemente, como si
estuviera haciendo mover levemente la llama de una velita. Ese soplo se hace como pronunciando una
«s» suave, con los labios muy relajados. No se trata de soplar como sobre velas de cumpleaños, porque
el aire se iría muy rápidamente, en un instante. Este ejercicio lo puede hacer a diario, con el objeto de
que aprenda a regular el gasto de su aire. Tome el aire lentamente, llene sus pulmones y luego déjelo
escapar también en forma lenta. Dígase mentalmente que los hombros y el pecho no se deben levantar.
El inicio del soplo no debe ser fuerte, como suele suceder. No espere a que se vacíen totalmente los
pulmones. Cuando esté perdiendo la comodidad, vuelva a tomar aire.
Puede realizar este ejercicio acostado boca arriba, muy relajado, preferiblemente sin el estómago
lleno. Días después, puede comenzar a decir las vocales, el Padrenuestro u otra oración, procurando que
cada vez le salgan más palabras con el aire inhalado. Luego puede coordinar pensamiento, palabras y
voz. Por ejemplo, toma el aire, y dice todas las marcas de autos que se le vengan a la mente. Luego
todas las prendas de vestir, postres colombianos, nombres de personas, cosas, etc. Se trata de un
ejercicio un poco exhaustivo, pero que da excelentes resultados. Posteriormente, puede hacer estos
ejercicios sentado y de pie.
Sobre la inspiración, la fonoaudióloga Hernández insiste en que debe ser muy suave, delicada, no
brusca. Pide que imaginemos que aspiramos un aroma delicado, como el de una orquídea o un
chocolate. Cuando se inspira bruscamente, se cierran las ventanas nasales, que es justamente lo que
debemos evitar. Por el contrario, al inspirar de una manera delicada, todo el canal de abre. Eso es lo
ideal.
Cómo evitar los gallos y el temblor de la voz
Según la fonoaudióloga Hernández, los gallos y el temblor de la voz ocurren
«fundamentalmente por tensión laríngea y falta de respiración, de una buena
respiración».
PARA EVITAR LOS GALLOS Y EL TEMBLOR DE LA VOZ
Evite la tensión y ciertas posiciones, por ejemplo, llevar la quijada muy arriba o contraerla
hacia el cuello. Para saber si habla con el mentón muy subido o muy abajo, colóquese un
libro entre la base del cuello y el mentón. Al colocar el libro recto, el mentón debe reposar
libremente sobre el libro.
Si suele producir gallos, sonidos muy agudos o voz temblorosa, puede estar ocurriendo que
los cartílagos laríngeos estén muy tensos, y lo adecuado es que sean flexibles. Puede
ocurrir incluso que, al tomar agua, su descenso produzca un fuerte sonido. La
recomendación es que bostecen cinco veces antes de su aparición frente al grupo, o que
pasen saliva o medio vaso de agua. Eso hace que los músculos de la laringe abran y esta se
suelte. Se trata de técnicas, por lo demás, deliciosas. Es muy fácil de hacer y se consigue lo
que buscamos, es decir que el cuello se abra libremente y que no ocurran esos temblores.
Los problemas aparecen porque la laringe se contrae, en consecuencia se va hacia arriba, y
la voz tiende a temblar o producir ciertos chillidos, conocidos como bitonalidades, gallitos
o gallos.
«A las personas que me dicen que se ahogan –señala la doctora Hernández–
les respondo que están respirando insuficiente e inadecuadamente, y además
por la boca. Esto produce, igualmente, el resecamiento de la boca. Lo
adecuado, insisto, es respirar por la nariz».
Para el carraspeo
«Otra cosa que me preguntan mucho los asistentes a mis seminarios es por
qué carraspean con tanta frecuencia. Hay varias razones: al estar respirando
por la boca se crea resequedad. Y otra razón es el nerviosismo», señala la
doctora Hernández.
El carraspeo se convierte en una especie de muletilla, según lo afirma
nuestra fonoaudióloga, quien además nos recuerda algo que es muy frecuente
en los colectivos y transportes públicos: si uno viaja en transporte público y
se fija bien, verá como la gente, antes de decir que se va a bajar, que le paren
en la siguiente esquina, carraspea. «Muchas veces es pura inhibición y miedo
a hablar. Temen que les suene mal la voz, es inseguridad en su voz. Sienten o
piensan que la garganta les va a fallar y creen que carraspeando van a mejorar
la situación, pero, en el caso de los oradores, realmente la empeoran», agrega.
Recomienda la doctora Hernández que cuando una persona siente que va a
carraspear, lo mejor que puede hacer es pasar saliva y luego emitir la voz. El
paso de la saliva hace que la laringe y las cuerdas realicen un movimiento que
limpia.
Que no falte el vaso de agua
El orador debe tener a su lado, así mismo, el vaso de agua, pero al clima.
Nunca se debe tomar con hielo o helada, porque el agua muy fría crea
descompensación en la mucosa y, como están usando la voz, se genera
descompensación de temperatura. Esto origina más moco y la persona se pasa
la mitad de la conferencia carraspeando. El agua al clima mejora la
resequedad de la boca, hace que los movimientos laríngeos limpien la
mucosa y evita que el problema se presente o se agudice.
La fonoaudióloga aconseja que los movimientos para llenar el vaso y
tomar el agua sean lo menos notorios posibles, para que no interrumpan el
discurso. Igualmente, recomienda tomar agua en una pausa o cuando alguien
está haciendo una pregunta, sin perder el contacto con esa persona. En la
medida en que la tensión va disminuyendo, el orador cada vez utilizará
menos el vaso.
Hay que abrir bien la boca
Nuestra experta nos habló también de los principales defectos que originan
una mala dicción: no movilidad de labios y no movilidad de quijada.
«En cierta oportunidad, en una academia de locución grabamos a
profesionales de la voz y la mayoría no movía el labio superior, y la quijada
la tenían muy cerrada. Notamos que casi no movían el labio superior, por
ejemplo, al decir palabras como “obtuso”, “absurdo”», cuenta la doctora.
«Vea usted cómo reza la gente. Definitivamente, no se tiende a mover
adecuadamente ni labios ni quijada. Para superar esta deficiencia, recomiendo
“hipervocalizar”, lo cual significa exagerar los movimientos en la
vocalización», agrega.
Para trabajar este defecto, nuestra experta aconseja buscar frases con
palabras que tengan triptongos como «estáis», «asumiréis» (como las de los
trabalenguas) y pronunciar exageradamente las vocales. Si hace este ejercicio
mirándose al espejo, verá que es necesario el movimiento muy marcado del
labio superior y de la quijada.
«Si uno quiere sacar el carro del garaje de la casa, tiene que abrir la puerta.
Si usted quiere que su voz se proyecte, abra labios y quijada», suele decir la
doctora Hernández en sus seminarios de oratoria y afirma, igualmente, que
«la mayoría de problemas de intensidad y de esfuerzos, también ocurren
porque las personas no abren bien la boca».
Voz débil
Otra consulta repetida para la experta la formulan personas que hablan muy
débilmente.
Hay tres razones fundamentales: el expositor tiende mucho a cerrar labios y quijada. Como si lo
que va a decir no fuera importante. Ese defecto lo tienden a acompañar con movimientos de las
manos hacia la boca, como queriendo reprimir las palabras. Estas personas deben comenzar a
pensar que lo que dicen, que su mensaje, es un servicio y es importante. Yo le recomendaría
que, primero, piensen qué quieren decir. Segundo, que establezcan lo que piensan y lo que
sienten sobre lo que quieren decir. Eso hará que se sientan más seguros de su mensaje y del
servicio que van a prestar.
Por otro lado, si un orador no cree en su mensaje ni se identifica con él, si tiene una posición
demasiado neutra sobre el tema, no proyectará convicción y cada vez se acobardará más. Una
persona acobardada, habla con voz muy débil y esto, a su vez, la acobardará más. Se trata de un
círculo vicioso que hay que romper.
Dice la doctora Hernández que otro elemento que origina este problema es la
falta de una respiración más completa, más plena. Cuando no se respira bien,
el poco aire que entra no alcanza y la voz surge muy débil. Si no hay una
buena corriente de aire, no podrá haber un volumen adecuado.
«¿Qué es lo primero que se disminuye en un radio cuando las pilas están
fallando? La respuesta es: el volumen. Si usted no tiene buena corriente de
aire, se disminuye el volumen de su voz», les dice la fonoaudióloga a sus
alumnos y les recomienda que «crean en lo que dicen, que amplíen los
movimientos de su quijada y sus labios, y mejoren su respiración».
EJERCICIO PARA FORTALECER LA VOZ
Coja un tarro metálico. Cuanto más largo mejor y no tan ancho como largo. Ponga sus dedos en la
paredes del tarro y en la base. Ubíquelo a una distancia de una cuarta al frente de la boca e intente
llenar el tarro con su voz. Alargue la distancia poco a poco, vaya separándolo más y más, hasta que
quede a una distancia de más o menos un metro. Y siempre, sin aumentar el volumen, piense que quiere
llenar con su voz el tarro.
Esto hace que usted trabaje su respiración para sacar la voz y además amplíe los movimientos de la
boca. Otra cosa que se logra es que la persona empieza a sentir su voz afuera y se va acostumbrando a
esto. Comprobará algo importante, encantador y es que su voz sí puede salir.
Es ideal el tarro metálico, porque capta mucho mejor la vibración de la voz.
¿Sirven el alcohol o los gargarismos para aclarar la voz?
Existen personas que dicen que tomar licor es muy bueno porque los relaja y,
además, la voz les sale muy clara.
En efecto, es posible que se relajen y la voz salga más clara. Pero también
podrían relajarse a través de una buena respiración y no tienen que ingerir
este tipo de bebidas, que pueden ser contraproducentes para la coherencia y
seriedad de su intervención. Adicionalmente, debemos recordar que el
alcohol es un factor irritante para los pliegues vocales.
Otra cosa que menciona nuestra experta es que cuando la voz está ronca,
ningún gargarismo sirve porque estos llegan solo hasta la faringe, que está
arriba. Habría que tomar algo que vaya por vía sanguínea, una vez
identificada la causa de la dolencia, lo cual puede ser formulado y aplicado
por un otorrino o un médico general, para aliviar la laringe.
Los gargarismos no llegan a la laringe y no mejorarán para nada la voz.
Cuando la persona esté ronca, debe hablar lo menos posible. El reposo es lo
más adecuado.
La hora del discurso
Discursos de memoria
Otra cosa importante es recomendarle que no se aprenda nunca un discurso
de memoria.
Sobre este tópico, el profesor Pedro H. Morales señala que «si una persona
memoriza y no es natural en la pronunciación, no puede convencer. La gente,
automáticamente, se da cuenta de que está recitando mal, y es importante en
la oratoria que la gente recite bien».
Enrique Castellanos dice, con negrillas, que un orador nunca debe
aprenderse una disertación de memoria. Prácticamente todos los expertos
entrevistados por nosotros para este libro coinciden en lo mismo. Un orador
jamás debe aprender un discurso de memoria. Nunca debe hacerlo. ¿Por qué?
¿Qué tal, por ejemplo, que se le olvide el párrafo tres o el siete? Entre
aprender un discurso de memoria y leerlo, es mejor leerlo. Si lo lee con
ganas, con pólvora en la voz y manteniendo el contacto visual con su
auditorio, saldrá adelante de manera digna.
Cuando una persona habla de memoria, no parece un ser humano. En el
caso de que no se le olvide el párrafo ocho, lo que significaría el desastre
total, de todas maneras sonará frío, como un robot, insípido, automático.
Dejará ver que está hablando de memoria. Si usted tiene claros los hechos y
las ideas, las palabras le fluirán sin problema.
Muchas veces en nuestros seminarios talleres, cuando vemos que un
alumno está hablando de memoria, lo interrumpimos con una pregunta. Al
responder, vuelve a hablar con naturalidad, que es, justamente, lo que
deseamos. La única manera de que una persona que habla de memoria vuelva
a hacerlo como un ser humano, es formularle una pregunta.
Varios de los psicólogos entrevistados para este libro coinciden en afirmar
que cuando una persona habla de memoria pone la mente a trabajar hacia
atrás, recordando palabras, en cambio de permitirle su curso normal, hacia
adelante, exponiendo hechos o ideas.
Nunca piense en palabras. Piense en hechos e ideas. Y las palabras saldrán
como aparece el agua en las cataratas del Niágara.
Si usted tiene ideas, convicciones, si tiene claro lo que va a decir, ante un
grupo, ante su jefe, en una reunión familiar, si tiene claras las ideas y los
hechos, las palabras surgirán. Puede tener la certeza de esta realidad.
Entrénese en lugar de memorizar
Ensaye, ensaye, ensaye, aun cuando sea mentalmente, pero, eso sí, visualice
también el auditorio. Esto tiene un efecto importante y es que cuando esté
frente a los auditorios, le parecerá una experiencia conocida, vieja.
En una oportunidad, el director técnico de un equipo de fútbol realizó la
siguiente acción, que resulta interesante: se enfrentaba por un trofeo
importante en una ciudad de América. Sabía exactamente que tendría
cincuenta mil personas en contra, cantando, ofendiendo, insultando a su
escuadra. Era consciente de lo que le esperaba. Sabía que tenía que jugar
contra cincuenta mil personas de las tribunas, once jugadores en la cancha y,
como ocurre algunas veces, contra el árbitro local.
Este entrenador hizo algo tan desconcertante como inteligente. Sacó al
equipo a la cancha de juego mucho antes de lo previsto: treinta minutos. Y
ocurrió lo que tenía que ocurrir. Comenzaron los gritos, los insultos, los vivas
para el equipo local. Con esta actitud, el técnico logró dos cosas: cuando se
inició el partido, esas tribunas ya estaban cansadas y sus embestidas, sus
gritos, necesariamente habían perdido fuerza. Esos hinchas estaban
desgastados. También sucedió algo mucho más importante: sus muchachos se
habían habituado, durante esos minutos, a jugar con el ambiente en contra.
Digamos que la tribuna los preparó para soportar los gritos y el ambiente en
contra. El equipo realizó un excelente partido.
Lo mismo ocurrirá con los oradores, cuando, al practicar sus discursos,
mentalmente o en voz alta, piensen con intensidad en los auditorios: cuando
se encuentren frente a ellos, les sonará a experiencia vieja, conocida.
Entrene. No deje todo para la inspiración de último momento, la cual, las
más de las veces, no llega.
«Definitivamente –nos decía un exalumno luego de poner en práctica
nuestras recomendaciones– más vale la seguridad que la policía. La seguridad
intelectual, invariablemente, nos da seguridad física y psicológica».
En la medida en que usted practique, en que piense lo que va a decir, se
familiarizará con su intervención. Aclarará las ideas, las fijará, y esto le dará
confianza.
LA DECISIÓN DE PEDRO
Pedro, uno de los asistentes a nuestros seminarios, formulaba esta reflexión
hace algunos meses:
Durante mucho tiempo, no tuve los minutos, las horas, los espacios para dedicárselos a mi
familia. Participaba en la Junta de Acción Comunal del Barrio, en la Junta Administradora de
mi edificio, en las reuniones del Club de Leones, patrocinador del equipo de fútbol; era
entrenador voluntario de baloncesto para diferentes organizaciones y, en fin, me metía en
cuanta actividad me proponían. Y, mientras tanto, mi familia quedaba de lado. Luego, como
consecuencia de un infarto, determiné cambiar mi forma de ser y de actuar. Hoy, cada vez que
me proponen participar en alguna actividad, ser parte de este o aquel proyecto, me hago siempre
una pregunta: «¿Esto será realmente importante para mí dentro de cinco años?» Si la respuesta
es no, rechazo de inmediato la oferta. Y lo hago porque, en cambio, mis hijos, mi esposa y mi
salud sí serán importantes para mí dentro de cinco años. Y el tiempo que dedicaría al proyecto
que rechazo lo podré compartir con esos seres queridos, que tanto necesitan mi compañía, mi
fuerza, mis consejos, mi orientación, mi amistad.
La lección que queda de la decisión de Pedro es esta: puede tener la certeza
absoluta de que aprender a reflexionar parado, a pensar, a hablar ante un
grupo, será importante para usted en cualquier época de su vida. Es una
herramienta vital. Es muy importante para usted. Lo sabemos porque está
leyendo este libro. Practique, practique, dedíquele tiempo a esta actividad.
En cambio de amargarse la vida en una congestión vehicular, piense en un
tema, imagínese un auditorio y pronuncie su discurso. Desarrollará una gran
habilidad para esta actividad que tantas satisfacciones, de todo tipo, deja a
quienes la ejercen.
Cómo leer bien en público
Entre aprenderse un discurso de memoria y leerlo, es mejor lo segundo.
Enrique Castellanos nos dijo que es un error craso, grave, memorizar un
discurso, pues sonará hueco, automático, robotizado, vacío.
Muchos expositores –políticos, profesores, homenajeados, dirigentes–
creen que leer en voz alta equivale a leer en público. Son dos acciones de
comunicación oral parecidas pero distintas. Porque leer en público supone, en
mayor o menor grado, un conjunto de actuaciones como las que siguen:
CONSEJOS PARA LA LECTURA
Mire frecuentemente al auditorio mientras lee, en señal de que se interesa por él.
Evite tener la misma expresión del rostro mientras dure la lectura.
Exprésese con una de las manos para aumentar el vigor comunicativo en algunos pasajes
del texto.
Asegúrese de tener una adecuada presentación personal.
Observe la mejor posición posible del cuerpo, de pie o sentado, sin concesiones a la
vulgaridad o la rigidez.
Varíe el volumen de la voz y el ritmo de lectura para evitar la monotonía.
Haga pausas.
Haga énfasis en ciertas palabras para que su exposición no se sienta fría o plana.
Observe la entonación correcta según el propósito: de conferencia, si es una conferencia;
de discurso, si es un discurso, etc.
Si se han incluido términos de idiomas extranjeros, su pronunciación debe ser la natural en
estos.
Vocalice perfectamente.
Válgase de las inflexiones naturales de la voz para asegurar intenciones de sarcasmo,
ironía, asombro u otra circunstancia.
Para leer textos entrecomillados, baje o suba el volumen de la voz, aumente o reduzca la
velocidad de la misma o utilice pequeños estribillos como «abro comillas, cierro comillas».
Escriba el mensaje en hojas de tamaño funcional, como media carta o medio oficio.
Transcriba el texto en un tipo de letra que facilite la lectura, en renglones a espacio y
medio o espacio doble, y distribuidos en una anchura de columna de fácil percepción para
los ojos.
No cosa las hojas ni utilice clips. Esto puede dificultar el manejo ágil de los textos.
Use señales ocasionales en las márgenes, para indicar cuándo acelera o desacelera, enfatiza
o debilita, qué puede omitir en caso dado, qué debe ampliar sobre la marcha.
Si debe leer en público un texto propio o ajeno, léalo varias veces antes de ese
compromiso. Así dará la impresión de que no está leyendo y podrá hacerlo de una forma
más técnica y menos amateur.
Aprenda los finales de cada párrafo, de modo que pueda observar al grupo sin
desconcentrarse del texto.
Infortunadamente, hay conferencistas que leen como si no entendieran lo que
están leyendo. Insistimos en la necesidad de revisar meticulosamente y varias
veces el discurso o la conferencia antes de pronunciarlo.
Normalmente, los discursos que se leen corresponden a personalidades
públicas, jefes de gobierno, ministros, dirigentes políticos, sindicales,
obispos, etc. Lo hacen porque sus pronunciamientos son trascendentales y no
desean ser malinterpretados, como infortunadamente ocurre en muchos
países. Algunos periodistas, en su afán de darle «fuerza» a la noticia, ponen
en boca del personaje algo que él no ha dicho y generan situaciones molestas,
muchas veces peligrosas para el propio país.
Al leer, no solo debe preocuparse por entregar al auditorio el contenido de
su discurso, sino también por expresar ese contenido con sentimientos, que
puede reflejar en las expresiones de su rostro o en el manejo de la voz.
Lo ideal es que el grupo no vea las hojas que se van leer. Para estos casos,
el uso del atril es muy apropiado. Las personas del auditorio, normalmente,
tratan de observar el montón de hojas que van a ser leídas y, si son muchas,
se predisponen negativamente desde el primer momento.
Cuando la mente se queda en blanco
Hay otro aspecto que ocurre con frecuencia y es cuando la mente le queda en
blanco a quien habla en público. El «0» blanco o negro significa que el
orador está pronunciando su intervención y, de repente, sin saber por qué, la
mente le queda en blanco. O en negro. Algunos comunicadores llamamos a
este fenómeno «telón» negro. Muchas veces este «telón» surge cuando el
orador se concentra en sí mismo o en el auditorio, en lugar de estar
concentrado en lo que realmente es importante: el tema.
¿Qué alternativas existen? Si usted está hablando de un tema que domina
plenamente y le llega el «telón», seguramente necesitará apenas de diez o
quince segundos para retomar el hilo de la charla, o para caminar hasta donde
están sus temas, su esqueleto, su esquema, su plano, observar lo que sigue y
continuar.
Haga cualquier cosa, menos quedarse callado, paralizado. Desde ya le
advertimos que no esperamos que diga cosas geniales, por ejemplo, que
tengan mérito para ser incluidas en libros o ponencias en Harvard. De lo que
se trata es de salir de una emergencia, de la derrota que significa el hecho de
quedarse callado, cuando llega el «telón» negro o blanco. Las siguientes
recomendaciones resumen la opinión de por lo menos diez de nuestros
entrevistados con respecto a este tema.
OPCIONES PARA SALIR DEL «TELÓN»
Acérquese a donde está el agua, sirva un vaso y tómeselo lentamente. A todos los oradores
nos da sed. Para realizar esta acción pondrá a trabajar la parte más superficial de su
inteligencia, de su cerebro, de su concentración. La parte más profunda estará laborando
intensamente para encontrar la forma de continuar con la conferencia.
Pregúnteles a las personas que se encuentran al fondo, los que están atrás: «¿Me escuchan
correctamente?» «¿Tienen alguna pregunta o algún comentario de lo que se ha visto hasta
el momento?». Usted sabe que los de atrás lo escuchan perfectamente. Lo que desea es
ganar esos segundos preciosos.
Si usted no puede salir del «telón» y nadie le formula una pregunta, diríjase a una persona
del auditorio y pregúntele qué opina de lo tratado hasta ese momento. Arránquele un
comentario y haga lo mismo con una o dos personas más. Mientras tanto, usted
reencontrará el camino que había perdido y seguirá con su charla.
Formule una pregunta sobre lo que acaba de afirmar. Si, por ejemplo, su conferencia es
sobre la industria de auto partes y usted acaba de decir: «El contrabando de auto partes está
acabando con la industria del país», hágase la siguiente pregunta en voz alta: ¿Y por qué
afirmo que el contrabando de auto partes está acabando con la industria del país?». Acto
seguido, respóndase usted mismo: «Pues lo digo por tal y tal razón».
Vuelva al título de su conferencia y formule nuevas consideraciones mientras encuentra el
camino del que se extravió. Puede repetir conceptos que ya ha emitido, siempre que no use
las mismas palabras.
Recursos para recordar
Si una persona lee en voz alta, hay dos sentidos que reciben la idea: la vista y
el oído. De esta manera el lector podrá recordar mejor lo que lee o estudia.
A nuestros alumnos en los seminarios siempre les recomendamos que
utilicen ayudas audiovisuales, ya que las personas retienen mucho más lo que
ven que lo que oyen. Y sería deseable que pudieran tocar, oler y hasta
saborear algo que deseen recordar. Hay que ver cómo historias, situaciones,
experiencias vividas mucho tiempo atrás, regresan a la memoria tras un olor
específico.
Es muy conocida aquella reflexión en el sentido de que una imagen vale
más que mil palabras. Téngala muy en cuenta en el momento de organizar su
disertación.
Luis Jorge Santos, fundador de los sistemas de enseñanza de inglés
Winston Salem, es un experto en la materia. Sus lecciones y las de sus
profesores son extraordinarias. Normalmente, los estudiantes están hablando,
mencionando objetos y al mismo tiempo los observan proyectados sobre el
telón. De esta forma se fijan adecuadamente en la memoria.
Los chinos dicen que «ver una vez equivale a escuchar mil veces».
Una vez que usted haya creado su esquema, el plano de su discurso, una
vez que tenga claras las ideas que desea comunicar, concéntrese en esas
ideas, piense permanentemente en ellas, fíjelas en la memoria. Luego, en la
medida en que las repita, jamás se irán de su recordación.
Un elemento importante para la memoria es la asociación. El doctor
William James, eminente psicólogo norteamericano, dice lo siguiente:
Nuestra mente es, en esencia, una máquina de asociaciones. Supongamos que me estoy callado
por un momento y de pronto digo: «¡recordad! ¡recordad!». ¿Obedece nuestra facultad de
memoria y reproduce cualquier imagen precisa de lo pasado? Desde luego que no. Se queda en
lo vacío, preguntando: ¿Qué quiere que recuerde? Necesita, entonces, una sugestión. Pero, si yo
digo que recuerden la fecha de su nacimiento, o que recuerden qué tomaron de desayuno esta
mañana, o que recuerden la sucesión de notas de la escala musical, entonces la memoria
produce enseguida el resultado exigido: la sugestión determina un amplio juego de
potencialidades hacia un punto particular. Y si nos molestamos en ver cómo sucede esto,
advertiremos inmediatamente que esta sucesión es algo asociado por continuidad a la cosa
recordada.
Las recomendaciones y técnicas para una buena recordación son variadas,
pero para el doctor James, la base de todo está en una memoria educada que
tiene como base un adecuado sistema de asociaciones:
La expresión «fecha de mi nacimiento» tiene una asociación íntima con un número, mes y año
determinados. Las palabras «desayuno esta mañana» cortan toda otra suerte de recuerdo,
excepto el que se refiere al café con leche, tostadas y mantequilla. Las palabras «escala
musical» son las eternas vecinas mentales de «do, re, mi, fa», etc. Las leyes de la asociación
gobiernan todos aquellos movimientos del pensar que no están interrumpidos por sensaciones
que nos lleguen desde afuera. Todo cuanto aparezca en la mente, debe ser introducido; y cuando
se lo introduce, se asocia con algo que hay allí. Esto es igualmente cierto sobre lo que se
recuerda o lo que pensamos. Una memoria educada descansa sobre un sistema organizado de
asociaciones. Y, segundo, su número. El secreto de una buena memoria es, entonces, el secreto
de formar diversas y múltiples asociaciones con todos los hechos e ideas que queremos retener.
Y formar asociaciones con un hecho o idea, ¿qué es sino pensar en este hecho o idea tanto como
sea posible? En pocas palabras, pues, de dos hombres que tienen la misma experiencia exterior,
el que medita más en sus experiencias y las entreteje en relaciones más sistemáticas entre sí,
será el que tenga mejor memoria.
Muchas técnicas para tener una buena memoria se pueden encontrar en el
libro Sea usted una computadora humana, de Jaime García Serrano. Para que
una persona posea buena memoria la tiene que ejercitar. Debe pensar mucho
tiempo en el mensaje que va a comunicar, debe darle vueltas en la mente con
el objeto de que esas ideas fundamentales se afiancen. Algo que sugerimos es
que usted investigue qué tiempo tiene para su conferencia, planifique, haga el
esquema, lo lea veinte veces, lo grabe y lo escuche treinta veces o más, y
hable con cualquier persona sobre los argumentos a exponer. Ocurrirá que, de
tanto trabajar estas ideas, se fijarán en su mente y cuando las ideas y los
hechos que usted desea comunicar están claros en su cabeza, las palabras
fluyen con gran facilidad.
«Yo no creo que exista mala memoria sino mala técnica. El que tiene
buena memoria es porque la ejercita y tiene una buena técnica», afirma Jaime
García, conocido como la Computadora Humana.
A nuestros alumnos de los seminarios les decimos siempre que una buena
forma de cerrar intervenciones es con una frase contundente de un autor
reconocido. La mayoría de ellos nos manifiestan su preocupación de cómo
podrían guardar en la memoria esa frase y el nombre de ese autor. La
Computadora Humana nos da la respuesta:
Lo que tiene que hacer es repetir esa frase y ese autor una buena cantidad de veces. Lo ideal es
que la repita mentalmente, en voz alta y ojalá que también la escriba. Cuando uno repite y
escribe se le graban más las cosas. Esa frase debe estar memorizada. Y la persona debe repetirla
muchas veces, por ejemplo, frente a un espejo. Hay muchas cosas que puede olvidar el orador
por nerviosismo. Creo que es porque no está preparado. Es por eso tan importante la práctica así
como acumular experiencias positivas frente a los grupos. Sin duda, cada vez se desarrollará
más habilidad. Otra cosa que recomiendo es la respiración. Respirar profundo, antes y durante
la conferencia. Esto es fundamental. Hay que tomar aire, sostenerlo y soltarlo lentamente.
También hay que ser positivos y pensar que lo que va a exponer, va a salir bien. Eso ayuda. Hay
que tener mente positiva. El expositor debe pensar que no se va a equivocar, que todo va a salir
bien. Eso es positivismo. La respiración es importante porque oxigena el cerebro.
Al igual que Jaime García, todos los expertos consultados coinciden en
afirmar que la repetición es muy importante. Usted puede recordar una
inmensa cantidad de cosas, si la utiliza. Piense permanentemente en lo que
desea recordar. Hay que ver cómo existen oradores, el caso, por ejemplo, de
Ignacio Orrego Rojo quien, sin observar ni una nota, puede hablar,
subyugando a su auditorio, tres, cuatro, cinco horas. Toca todos los temas que
deseaba tocar, impacta como quería impactar y deja los mensajes que
realmente deseaba dejar. No consulta permanentemente apuntes en hojas,
pero sí utiliza acetatos o presentaciones de Power Point, donde encuentra las
palabras clave que le ayudan a fijar las ideas principales y a desarrollar de
manera organizada los temas. Tal hecho no debe sorprendernos. Realmente,
Orrego Rojo realiza esta tarea prácticamente todos los días, en todo tipo de
países, desde hace muchos años. Siempre habla de lo mismo y esos conceptos
básicos de sus charlas, obviamente, se quedan grabados en su memoria.
Todos los conocimientos que usted emplee, se fijan en su memoria. Hable
permanentemente sobre su tema, intercambie conceptos con otras personas,
formúlese preguntas y cuestionamientos sobre sus propias reflexiones: «¿Esto
por qué es así?» «¿De qué otra forma podría ser?» «¿Quién dijo que era así?»
Recordemos la expresión: «Lo conoce como la palma de la mano». ¿Y
uno por qué conoce la palma de la mano? Seguramente porque, como es de
uno, tiene la oportunidad de observarla. Ahora bien: es posible que haya
personas que no conozcan la palma de su mano. ¿Por qué? Porque no la han
observado con suficiente atención, porque no han hecho repetidamente este
ejercicio, porque no han fijado en su memoria cómo es la palma de su mano.
De todas formas, esta recomendación es muy importante: minutos antes de
realizar una intervención, repase su información, sus datos, recuerde los
pasos que recorrerá, los elementos que tratará. Refresque su memoria.
Ayudas
Hable con claridad. No exponga más de una o dos ideas por frase.
Haga todo lo que sea necesario en aras de la claridad. Por ejemplo,
muestre objetos. Un ver equivale a cien decires. En muchos países se dice,
con absoluta razón, que una imagen vale más que mil palabras. La mayor
parte de lo aprendido lo hemos adquirido por el sentido de la vista.
Luis Alfonso Anleu nos resaltó que «las ayudas son un respaldo para el
conferencista, no son las protagonistas». Indica que no es adecuado colocar
demasiado texto en una diapositiva, puesto que las personas tienen que hacer
mucho esfuerzo para tomar los datos que más necesitan. Cuando se utilice
papelógrafo o portafolios, como se dice en algunos países, Anleu recomienda
que se escriba o se muestre lo escrito y luego se pase a una hoja en blanco,
con el objeto de que las personas no permanezcan distraídas y se centren de
nuevo en el conferencista.
En cuanto a las diapositivas, opina este experimentado instructor que
deben ser elaboradas por personas expertas y enfatiza: «Si una ayuda es
deficiente, es mejor no usarla». Hay que escribir pocas palabras y en letras
grandes, que puedan ser leídas en cuestión de segundos, máximo cinco o seis
frases. También se pueden usar imágenes o videos cortos, siempre que no
pasen de ser un apoyo para el conferencista.
Hoy las presentaciones se elaboran en Power Point y durante la
conferencia se amplifican usando un video beam, si bien aún existen algunos
salones y auditorios, ya muy pocos, donde no se encuentra un video beam y
hay que usar un retroproyector de acetatos o de filminas. Por esta razón, es
muy importante informarse con la debida anticipación sobre los medios con
los cuales contará para la conferencia, a fin de prepararse para ello.
De todas maneras, jamás perdamos de vista que las ayudas audiovisuales
se llaman ayudas, porque ayudan. No porque protagonizan. El protagonista
de su conferencia es usted, no una filmina, un acetato, un video, la Internet o
el Power Point.
Anleu enfatiza que las ayudas son muy importantes, pero no deben
reemplazar al conferencista. Por eso se llaman ayudas. A su turno, Galdámez
manifiesta que «hay quienes usan ayudas y ayudas, para estar en una zona
cómoda. Existen expositores que creen que las ayudas, los audiovisuales, les
salvarán la conferencia, pero la verdad es que el conferencista no debe perder
importancia frente a sus propias ayudas».
Su mensaje debe ser comprendido de inmediato. Recuerde que sus oyentes
no pueden hacer lo que los lectores, es decir, repetir la lectura cuantas veces
sea necesario, hasta entender, digerir el mensaje.
Hablan los expertos
Jaime García Serrano, la Computadora Humana
Jaime García Serrano, conocido en el mundo como la Computadora Humana,
es un calculista matemático que logró lo que nunca antes había conseguido un
ser humano: ser más rápido que una computadora. Así lo acredita la
organización literaria Guinness Records, con sede en Londres, varios de cuyos
reconocimientos mundiales ha ganado García, radicado actualmente en
Europa. García Serrano memorizó el 4 de junio de 1990 un número de 220
dígitos.
Actualmente recorre el mundo sorprendiendo a estudiosos y expertos cuando
algunas computadoras resultan lentas frente a su memoria y su vertiginosa y
desconcertante rapidez mental.
¿Por qué hay personas que dicen tener mala memoria?
Yo no creo que exista mala memoria sino mala técnica. El que tiene buena
memoria es porque la ejercita y tiene una buena técnica.
¿En la medida en que uno haga ejercicios puede desarrollar una buena
memoria?
Sí, lógico. A mí me gustan los números y, como consecuencia de la práctica,
cada vez tengo más capacidad. Si antes demoraba diez minutos grabándome
cien números, con el ejercicio, la práctica, pasé a ocho, siete, luego a seis y
ahora me grabo cien en tres minutos.
¿Usted diría que la memoria es como un músculo?
Sí claro. No es un músculo, pero la verdad es que se le parece. Cuanto más la
ejercita uno, ella va cediendo, se va ampliando. Y si no se ejercita, pues
lógicamente se atrofia.
Las personas recuerdan con mayor facilidad cuando ponen atención. Y
cuando hacen más énfasis en lo que desean recordar.
A nuestros lectores les hemos dicho que una muy buena forma de cerrar
intervenciones es con una frase contundente de un autor reconocido.
¿Cómo podrían ellos tener en la memoria esa frase y ese autor?
Lo que tiene que hacer es repetir esa frase y ese autor una buena cantidad de
veces. Lo ideal es que la repita mentalmente, en voz alta y, ojala, que también
la escriba. Cuando uno repite y escribe se le graban más las cosas. Esa frase
debe estar memorizada. Y la persona debe repetirla muchas veces, por
ejemplo, frente a un espejo. Hay muchas cosas que puede olvidar el orador por
nerviosismo. Creo que es porque no está preparado. Es por eso tan importante
la práctica y acumular experiencias positivas frente a los grupos. Sin duda,
cada vez se desarrollará más habilidad. Otra cosa que recomiendo es la
respiración. Respirar profundo, antes y durante la conferencia. Esto es
fundamental. Hay que tomar aire, sostenerlo y soltarlo lentamente. También
hay que ser positivos y pensar que lo que va a exponer, va a salir bien. Eso
ayuda. Hay que tener mente positiva. El expositor debe pensar que no se va a
equivocar, que todo va a salir bien. Eso es positivismo. La respiración es
importante porque oxigena el cerebro.
¿Queda claro, pues, que una de las leyes de la memoria es la repetición?
Desde luego, eso es cierto. Lo que usted utilice frecuentemente, lo que repita,
las cosas a las que le dé vueltas en la cabeza, se van fijando. Eso es una
realidad absoluta. Vea esto: si usted marca permanentemente el teléfono de su
novia, su casa u oficina, pues lo recuerda. Pero hay muchos teléfonos que
marca pocas veces, no los usa más y se le van. Cuanto más uno repite, pues
más se marcan las cosas.
Hay expertos que sugieren que antes de iniciar la conferencia, se revisen
los datos, se revise el plano que se va a desarrollar, el esquema, los puntos
que se van a tocar. Dicho de otra forma, que se refresque la memoria. ¿Su
opinión cuál es?
Claro que es positivo. Si tiene la conferencia a las diez de la mañana, pues
puede hacer el repaso a las nueve. La persona debe refrescar la memoria y,
sobre todo, tener tranquilidad, seguridad. Actuar con decisión.
¿Usted cree que el hecho de que una persona se haya preparado a
conciencia, haya estudiado y sepa exactamente sobre su tema, le da
tranquilidad?
Sí. Cuando uno está seguro de lo que va a hacer, eso da mucha fuerza y
seguridad. Una persona puede tener facilidad de expresión, pero si va a hablar
de un tema que no sabe, lógicamente se va a poner nerviosa. Una persona
insegura de su tema tiene problemas. Lo ideal es tener seguridad y dominio
sobre el asunto a exponer. La gente solo debe hablar de lo que sepa. Esto da
más seguridad y tranquilidad.
Si cuando a uno le presentan a una persona y la observa detenidamente,
por ejemplo: los ojos, el pelo, la nariz, la forma de vestir, ¿es posible que
luego, al recordar esos detalles, pueda recordar también el nombre?
Es verdad. Hay quienes ven a una persona y recuerdan su nombre, porque
cuando la conocieron pensaron que se parecía a otro amigo. Es ideal que haya
buena observación y una buena atención, si se desea, a la postre, recordar, por
ejemplo, un nombre de alguien. Si a una persona le presentan a cinco más y a
los diez segundos no recuerda ningún nombre, tal vez no es porque no tenga
destacada memoria, sino porque le faltó poner atención. Esto es lógico.
¿Usted qué actividades desarrolla, qué hábitos cultiva para conservar su
buena memoria?
Llevo una vida sana. Duermo bien, me alimento bien, no fumo, no tomo. No
tengo vicios. Para conservar mis capacidades, me cuido mucho.
Hay personas que antes de la conferencia se toman unos tragos, con el
argumento de que necesitan tranquilizarse. Y hay algunos que se
tranquilizan demasiado y dejan ver su estado de ebriedad o por lo menos
de confusión frente al grupo. ¿Cuáles son sus reflexiones sobre este
tópico?
No creo que sea conveniente. Yo por lo menos nunca lo hago.
¿Usted se siente nervioso antes de sus conferencias? ¿Qué hace para
tranquilizarse?
Normalmente me siento nervioso al comienzo. Pero me tranquilizo con el paso
de los segundos, en la medida en que me voy metiendo en lo mío. Solo hablo
de lo que sé y eso me sale bien, me da tranquilidad. Creo que sentirse un tanto
nervioso no es malo. Todo lo contrario. Demuestra responsabilidad y respeto
por el auditorio. Pero hay que avanzar con decisión y la tranquilidad llegará en
segundos. La experiencia, acumular experiencias, tranquiliza mucho. Eso me
ha pasado a mí.
¿Cómo responden los grupos frente a usted?
La mayoría de las personas que me ven no creen que una persona le pueda
ganar a una computadora. Son escépticos. Me gano a la gente cuando ven que
es verdad, que es cierto y que, en efecto, como lo saben muchos en varios
países, soy más rápido que una computadora. Hay casos en que los escuchas
podrían demorar media o una hora haciendo una operación matemática
manualmente y yo la saco en menos de un segundo. La experiencia me enseña
que si uno no está preparado para algo, tendrá nervios. Pero si se ha preparado
a conciencia, todo sale bien.
¿Usted es prepotente frente a esos auditorios que se maravillan con sus
demostraciones?
No señor, todo lo contrario. Uno debe ser muy humilde. Si uno llega
prepotente, es seguro que le caerá muy pronto la pedrada en la cabeza.
¿Alguna recomendación final?
Que pongan mucha atención en los temas que van a tratar, en las cosas que
desean recordar. Esto es clave. Cuando esté preparando su intervención, es
ideal que esté alejado del ruido, que realmente se concentre de manera
adecuada. Esto es importante al momento de sacar la información que ha
entrado a su cabeza. Otro elemento fundamental es hablar descansado. Tengo
la seguridad de que recordará todo más fácilmente. Lo adecuado sería, por
ejemplo, hacer ejercicio antes de una conferencia importante, tomarse luego
una ducha y llegar al recinto realmente en óptimas condiciones.
Culminación del discurso
El jefe de transportes de un periódico para el cual trabajé, decía: «No necesito
mucho tiempo para probar la calidad de los conductores que nos solicitan
trabajo. Los conozco en la arrancada y en la frenada».
Siempre me quedó sonando esta reflexión y hoy pienso que un buen
conductor, al igual que un buen orador, se conoce en el arranque y la frenada.
En la forma como comienza y como termina. Desde luego, hay muchos que
comienzan mal, sin ganas, sin entusiasmo, hablando en voz baja, etc., pero,
con el paso de los minutos, mejoran de una manera impresionante. Es de vital
importancia realizar un buen cierre de nuestros discursos. Se debe hacer
profesionalmente.
Con un buen comienzo, usted atrapa la atención del grupo. Y con un buen
final, le deja un gran sabor, un gran recuerdo. Los escritores destacados se
preocupan mucho por hacer buenos comienzos y buenos finales.
Muchos oradores inexpertos dicen: «Bueno, ya para finalizar… ». Usted
debe llegar al final sin advertirlo. Pero para esto es necesario planear. Debe
tener perfectamente claro cómo será el final de su intervención y, si puede, ir
más allá: trate de conocer cuál es la intención de su comunicación. Puede
escribir el final de sus discursos y aprenderlo de memoria. Ojo: solo el final.
El conferencista Pedro H. Morales dice que «los cierres deben ser
magistrales, maestros. Tienen que dejar una conclusión final impactante e
inolvidable».
Es imperioso redondear la idea. Una sucesión de ideas, un discurso, no se
debe truncar intempestivamente. Se tiene que redondear el final.
Para el auditorio debe quedar perfectamente claro que usted terminó. He
visto, para mi tristeza, oradores que no dan a entender que ya terminaron. De
un momento a otro paran, van hacia su maleta y comienzan a guardar los
papeles. Los del grupo no saben qué hacer. No es claro que esa persona
concluyó.
Y hay quienes se preguntan:
«¿Ya terminaría?» o «¿Estará buscando un nuevo acetato o documento?».
En los cursos exageramos un poco y decimos que solo nos damos cuenta
de que terminó, cuando sale del salón y vemos por la ventana que su esposa
lo recoge en un Renault color verde. Desde la ventana tenemos que darle el
aplauso.
Prácticamente a todos nuestros entrevistados les pedimos orientación sobre
la mejor manera de culminar intervenciones frente a grupos. Las opciones
que presentamos a continuación resumen sus conceptos.
OPCIONES PARA TERMINAR UNA INTERVENCIÓN
Termine, por ejemplo, con un pequeño resumen. Recapitule los puntos fundamentales que
incluyó su intervención. Ejemplo: «Como vemos, es un producto de excelente calidad, no
contamina, dura el doble, es importado y cuesta la mitad».
Exhorte a la acción. Invite al auditorio a que respalde lo que ha dicho. Ejemplo: «Yo los
invito, entonces, a que cuidemos los recursos naturales. Porque nos pertenecen a nosotros,
pero también a las futuras generaciones». Luego puede inclinar la cabeza o decir gracias,
pero francamente ya ha quedado claro que terminó.
Finalice con unas frases de agradecimiento sinceras, galantes, sin incurrir en
exageraciones.
Cierre con una frase hermosa o una cita poética. Una frase contundente de un autor
reconocido. Lo ideal es que la aprenda de memoria.
Desafíe al auditorio. Esta opción funciona muy bien en conferencias de ventas o
motivación. Ejemplo: «Esa es, pues, la meta que tenemos para el segundo semestre. ¡Y
tengo la seguridad de que si trabajan unidos, la pueden conseguir!».
Termine con una cita bíblica o una frase religiosa. Obviamente, relacionada con el tema
del que habló. Ejemplo: «Con toda la razón se dice que si Dios está con nosotros, quién
contra nosotros». O «Ayúdate que yo te ayudaré».
Luego de redondear su idea, simplemente diga gracias y realice una inclinación de cabeza.
Cierre con lo que comenzó. Si al abrir su charla dijo: «El afán de la chiva, la primicia, está
afectando al periodismo», desarrolla el tema y al final dice: «Es por eso que afirmo que el
afán por la chiva, la primicia, está afectando al periodismo de este país».
Prepare el final
El orador argentino Leopoldo Barrionuevo termina diciendo: «Dios los
bendiga». Nos dice que se trata de un cierre que le gusta a la gente.
Y recuerde siempre algo que saben los buenos oradores: «Lo bueno, si es
breve, es dos veces bueno» . Y aun lo malo, si es breve, no es tan malo.
Montesquieu manifestó: «Lo que falta a ciertos oradores en profundidad,
os lo dan en extensión».
Nunca termine, pues, diciendo cosas tan destempladas como: «Ya para
terminar… »; «como no quiero cansarlos más… »; «sé que ya deben estar
cansados y no me quiero alargar más… » o «ya acabé».
En torno a este tema, Luis Alfonso Anleu, del Instituto Og Mandino, nos
dijo:
El cierre es una de las partes importantes de la charla. Por eso decimos en Guatemala que el
cierre es la tapa del pomo, del frasco. Veamos: si yo hago una conserva con muy buen sabor,
debo también tener una buena tapa para que la conserva dure mucho tiempo. El cierre refrenda
el mensaje. Debe ser impactante. Para el auditorio debe quedar claro que el conferencista ya
terminó. El cierre debe estar bien planificado. Se trata, reitero, de una parte fundamental del
mensaje. Un cierre mal hecho afecta la conferencia, la desluce.
Nuestro entrevistado indica que el cierre debe dejar huella, al igual que
conferencia. Añade que el cierre debe estar planificado, lo mismo que
inicio y el desarrollo. «Si usted no ha preparado el cierre, es posible que
surja temor cuando se acerque el final de su conferencia», concluye
experimentado profesor Anleu.
la
el
le
el
Hablan los expertos
Carlos Lemos Simmonds
Otro consultado fue Carlos Lemos Simmonds, político colombiano. Carlos
Lemos fue un estudioso de tiempo completo y durante decenas de años estuvo
dedicado al periodismo en prensa, radio y televisión. Fue, en mi concepto, uno
de los más contundentes y claros escritores de América.
¿En su opinión, doctor Lemos, cuándo un orador es bueno?
Cuando convence, y a veces no es fácil distinguir a un orador que convence de
uno que conmueve.
¿En qué casos fracasa?
Cuando le falta al respeto a su auditorio diciendo tonterías o proponiéndolas.
Por favor, mencione a un gran orador.
En lo nacional el expresidente Alberto Lleras quien, por cierto, no improvisaba
sino que leía. Tal vez por eso decía lo que la gente debía oír y no lo que la
gente quería que le dijeran.
En su concepto, ¿cuáles son las principales cualidades que debe tener un
orador para impactar al auditorio?
Estar convencido de lo que dice y expresarlo con claridad.
Por favor, mencione alguna historia que le haya parecido interesante en
relación con la oratoria.
En la campaña de 1972, que fue durísima y en la que luchamos por desmontar
el enorme poderío de Anapo en Bogotá, vi al expresidente Turbay en un barrio
popular de la capital hacer un discurso ante no más de una docena de personas,
con la misma convicción y entusiasmo con que lo habría hecho ante millares
de seguidores. Ese día aprendí que lo importante no es el tamaño y cantidad
del auditorio sino el mensaje que hay que comunicar. Desde entonces no le he
vuelto a dar tanta importancia al número de manifestantes como a lo que hay
que decirles y cómo hay que decírselo.
¿Cómo se siente al comunicar frente a grupos?
Si estoy convencido de lo que voy a decir, entusiasmado; si no estoy
convencido, intimidado. Pero siempre se siente algo de susto antes de empezar
a hablar.
¿Qué clase de conferencistas lo animan a escucharlos?
Los que uno sabe que saben lo que dicen.
Por favor, mencione defectos de oradores.
Gritar y gesticular en exceso. El buen orador debe ser entusiasta pero sobrio;
elocuente pero no teatral.
Biografía
Hablar bien en público sí se puede
Autor: Germán Díaz Sossa
El arte de hablar en público ha cobrado gran importancia en el mundo
moderno y, hoy por hoy, prácticamente todas las personas que deseen
destacarse en el ámbito laboral y académico deben desarrollar al máximo sus
competencias para la comunicación oral. La buena noticia es que todos
tenemos la capacidad para lograrlo. Basta combinar, en sus justas
proporciones, la técnica, la disciplina, el esfuerzo personal y el interés.
Este libro no solo recoge el fruto de más de veinticinco años de experiencia
de su autor como docente, conductor de seminarios y coach en el campo de la
oratoria, sino que incluye las recomendaciones, enseñanzas y puntos de vista
de los más reconocidos expertos de América Latina. Oradores, periodistas,
comunicadores, docentes, psicólogos, políticos, una fonoaudióloga y una
experta en manejo de imagen se cuentan entre los distintos expertos
entrevistados por el autor a lo largo de varios años, como parte de su
investigación para producir el contenido de esta obra, apta para
conferencistas profesionales, aficionados y principiantes.
Alfonso López Michelsen, el padre Gonzalo Gallo, Daniel Samper Pizano,
Darío Arizmendi, Horacio Serpa Uribe, Miguel Ángel Cornejo, Pedro H.
Morales, Ignacio Orrego Rojo, Fernando Ávila, además de varios docentes de
los Instituto Dale Carnegie y Og Mnadino, están entre los personajes
consultados.
Germán Díaz Sossa
Es periodista, docente y conferencista, especializado en el tema de la oratoria.
Trabajó en varias emisoras de la radio colombiana y fue colaborador del
Servicio Latinoamericano de la BBC de Londres. Igualmente, fue
corresponsal de la revista Selecciones del Reader’s Digest. Su labor como
periodista lo hizo acreedor a los premios Rey de España en 1992 y Ortega y
Gasset en 1989. Se especializó en oratoria en los institutos Og Mandino y
Dale Carnegie, y durante los últimos veinticinco años se ha dedicado a
trabajar en este campo.
Otros títulos de Intermedio Editores
FF
J. A. Correa Veléz
17 x 24, 638 pp.
Isbn: 978-958-757-209-4
uando un pasatiempo se transforma en una tarea
rigurosa y se empiezan a acumular datos, lo
mejor es escribirlos y dejar que otros puedan
tener acceso a esta información. Este diccionario fue
pensado para aquellos crucigramistas que no quieren
dejar esos cuadros vacíos y que aún no han encontrado
esa palabra que encaja perfecto. Diccionario para
crucigramistas tiene una recopilación juiciosa de
significados que el autor ha ordenado para facilitarle al
lector la búsqueda de esas palabras que, a veces, se quedan en blanco.
El creador de esta obra ha tomado información de revistas, periódicos, enciclopedias y diccionarios,
entre otros, con el fin de verificar, enriquecer y complementar la información aquí compilada. La
intención, aparte de ayudar a resolver las dudas de los crucigramas, es enriquecer el vocabulario del
lector con todas estas palabras que han caído en el olvido.
J.A. CORREA VÉLEZ es un apasionado crucigramista, curioso del lenguaje, médico cirujano de la
Universidad de Caldas, médico pediatra de la Universidad del Valle, actualmente se desempeña como
profesor de pediatría de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Coeditor y autor de varios
capítulos de la serie en cinco tomos de Fundamentos de Pediatría, texto básico en la enseñanza de esta
materia en el país.
C
VENCER EL ESTRES
Ariel Alarcón
15 x 23, 448 pp.
Isbn: 978-958-757-247-6
l estrés ha estado asociado a la vida laboral o a
los problemas familiares, pero no nos han
explicado que también puede ser causado por el
amor o por la falta de tiempo. Este libro explica la
diferencia entre el estrés positivo, que produce resultados
y acciones productivas en la vida, y el patológico.
También esclarece algunas causas y cuenta cuáles son
las enfermedades asociadas como los dolores de cuello y
espalda, la gastritis o úlcera y los dolores de cabeza o
jaquecas. El autor ha hecho un manual con instrucciones
precisas incluyendo un material auditivo para sobreponerse a este “mal de nuestro tiempo” y ha
narrado, de forma grata y placentera, situaciones que ejemplifican los tipos de estrés.
ARIEL ALARCÓN PRADA, MD. Es siquiatra y sicoanalista, realizó un fellow en Medicina Sicosomática en
la universidad de Bonn (Alemania). En la actualidad es docente e investigador de los departamentos de
siquiatría de las universidades Javeriana y Rosario, en Bogotá, Colombia. Fue jefe del servicio de
siquiatría de la clínica de Marly y director científico del programa para la reducción del estrés de la
organización Real- lax: www.real-lax.com. Ha publicado dos libros y varios artículos científicos y
capítulos de libros sobre medicina sicosomática, sicooncología y sicoterapia. Publicó con esta editorial
el libro Vencer el cáncer. Lleva más de quince años dictando conferencias, seminarios y talleres, así
como adelantando diversas investigaciones sobre la detección y la reducción del estrés en diferentes
ámbitos clínicos, académicos y empresariales.
E
Astrosofía
Puerta, Mauricio
9789587573107
208 Páginas
Cómpralo y empieza a leer
La astrología y la astrosofía son artes diferentes: mientras que la primera se enfoca en saber de los
signos astrales, los sectores, la fortuna, los momentos para hacer o no cosas en la vida; la segunda es
una mirada a lo más profundo del alma humana, a la que solo podemos acceder con las herramientas
astrales, mitológicas, sicológicas y religiosas que hemos tenido siempre frente a los ojos, en el acervo
cultural y en nuestra naturaleza. Este libro no solo es útil para los interesados en las artes predictivas o
en los temas astrológicos sino, y sobre todo, para aquel que esté buscando la mejor manera de conducir
su vida: el conocimiento profundo de su ser interior a través de la conciencia.
Cómpralo y empieza a leer
Velásquez, el retador del poder
Soto, Martha
9789587575859
224 Páginas
Cómpralo y empieza a leer
Perseguido por agentes del Estado, graduado como enemigo del expresidente Álvaro Uribe y odiado
por un sector del país, Iván Velásquez, el llamado "magistrado estrella de la parapolítica", salió de
Colombia en 2013, con el récord de haber obtenido evidencia para condenar a sesenta congresistas
colombianos que sellaron siniestras alianzas con fuerzas paramilitares. De hecho, en los noventa ya
había enfrentado a los jefes del paramilitarismo y a Pablo Escobar, en una época en la que el destino lo
juntó con Uribe. Aunque muchos creyeron que su salida del país coincidía con su retirada, pasados dos
años, como cabeza de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, ya había
desmantelado una red de corrupción y puesto tras las rejas a doscientos implicados, incluido el
presidente de Guatemala, Otto Pérez. ¿Cómo logró todo esto? ¿Quién es este hombre que ha
sobrevivido a por lo menos cinco montajes en su contra y planes para asesinarlo? A partir de la verdad
consignada en expedientes y en decenas de testimonios de actores de todas las orillas, Martha Soto
revela episodios inéditos de la vida de Velásquez, que reviven algunas de las más dolorosas y
vergonzosas páginas de nuestra historia. Con rigor investigativo y con la trayectoria de Velásquez
como hilo conductor, la periodista aborda capítulos oscuros y polémicos que involucran a las mafias y
el paramilitarismo, a políticos, magistrados, congresistas y exfiscales, para hacer un aporte a la
memoria del país, a veces esquiva pero sin la cual es imposible construir una Colombia en paz.
Cómpralo y empieza a leer
Hágase rico por internet
Saldarriaga, Sebastián
9789587573459
175 Páginas
Cómpralo y empieza a leer
En este libro usted encontrará secretos del mercadeo por internet que jamás nadie le ha contado.
Aunque los expertos se reservan estas claves, la verdad se trata de información simple y práctica que
cualquiera puede aplicar desde su computador. Usted tendrá las herramientaspara montar su propio
negocio en la red o simplemente para conseguir ingresos extras cada mes. Gracias a lo que comparto en
estas páginas he conseguido ventas por más de US$150.000 en apenas tres días, ¿cuánto quiere ganar
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Experiencias medicinales con el Yagé
Restrepo, Javier Darío
9789587572926
232 Páginas
Cómpralo y empieza a leer
De la mano del médico Omar Escobar, el reconocido periodista y escritor Javier Darío Restrepo hace
un recorrido por las experiencias de ocho personas de diversa índole que tienen en común haber
encontrado en el yagé la solución a graves problemas de salud que la medicina alópata daba por
irresolutos. Una monja, un médico cirujano, una familia con un problema hereditario, entre otros, dan
testimonio de las increíble y maravillosas virtudes de esta planta considerada sagrada por las culturas
indígenas y que debido a prejuicios raciales, ignorancia e incomprensión, ha sido satanizada. Pero ¿qué
es realmente lo que hace el yagé para que los protagonistas de este libro hayan superado enfermedades
como cáncer terminal, lupus, depresión u alcoholismo? En palabras de algunos de ellos, ha sido un
estímulo del alma; una lucidez de visión del taita para encontrar qué enfermedad tiene el paciente y qué
cura se le debe dar (con plantas medicinales); una potenciación de las facultades intelectuales, o la
experiencia de "reformatear" el alma. Para el autor y su compañero de viaje, se trata simplemente del
futuro de la ciencia médica, al enriquecerse la medicina alópata de la indígena al acceder a la parte
emocional y espiritual de los pacientes.
Cómpralo y empieza a leer
La memoria del alcatraz
Gossaín, Juan
9789587574692
100 Páginas
Cómpralo y empieza a leer
Lector, buscador de historias, conocedor y centinela de la lengua, amante del mar y los recuerdos,
crítico y doliente de un país cuya mayor miseria es la corrupción, pero sobre todo un gran narrador, eso
es Juan Gossaín, autor de las crónicas que se compilan en este libro. Se trata de escritos magistrales y
sin sesgos que retratan la realidad colombiana, rescatan sus pintorescos personajes e historias, y
denuncian a los corruptos, causantes de los peores males que aquejan a este país donde el interés
particular arrasa con los derechos fundamentales de la gente. Buena escritura, humor y total seriedad y
compromiso con la investigación es lo que caracteriza a estas crónicas cuya lectura se vuelve necesaria,
si no obligada, para quienes desean conocer o intentan entender la realidad e idiosincrasia colombianas.
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