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Los buenos modales

Muy Interesante. Num. 161
Octubre 1994

La humanidad estableció las reglas de cortesía por razones prácticas. Aunque los cambios sociales de nuestro tiempo las han cuestionado, el auge que están experimentando demuestra que el respeto a los demás nunca pasará de moda.

Guillermo Sánchez es un hombre de 65 años que ni ayuda a las señoras a ponerse el abrigo ni tampoco les abre la puerta para bajarse del coche. "Considero que este tipo de ademanes son un menosprecio para la mujer, es como tratarla de impedida", sostiene este psicoterapauta, cuya profesión le ayuda a estudiar la relación entre la forma y el contenido en el trato personal. Sánchez opina que, en la era de la emancipación, está de más desempolvar la cortesía galante de épocas pasadas.
Algo muy diferente piensa Felipe Durán, un caballero de los de antes, también entrado en los sesenta. Cuando Felipe invita a una mujer a un restaurante, no sólo la ayuda a quitarse el abrigo, sino que se encarga de pagar la factura y, en un gesto un poco anticuado, se levanta con una ligera inclinación cuando su acompañante femenino abandona la mesa por unos instantes para ir al lavabo.
Son diferentes maneras de comportamiento en una sociedad en la que todo está permitido. Mientras Felipe Durán cultiva las rancias reglas de la buena educación y afirma sencillamente que no puede actuar de otro modo, Guillermo Sánchez prescinde de ellas por convicción. Éste sostiene que el relajo actual de las formas en el trato ha aportado más humanidad y espontaneidad en comparación con la época en que las normas de conducta y la etiqueta en el vestir eran mucho más rígidas. Hoy podemos ir en vaqueros y zapatillas de deporte al teatro y tutear a los padres sin que nadie nos tache de maleducados, todo en aras de la libertad.
Desde hace dos años, sin embargo, un fenómeno llamado mobbing está asentándose en algunos países europeos. Cada vez es mayor el número de personas que son marginadas e incluso despreciadas en sus puestos de trabajo por padecer algún impedimento físico.
Por supuesto, el mobbing es un problema demasiado serio como para reducirlo a un simple asunto de modales. Pero quizás se trate de la parte visible de un iceberg cuya punta indica un desprecio hacia las más elementales normas de conducta, tales como la cortesía, la consideración y el respeto.
Podría parecer que estamos hablando de algo anticuado, de una reliquia de los tiempos en los que la sociedad estaba desmembrada en clases y condiciones. Entonees la vestimenta y los modales eran fundamentales para determinar a qué clase pertenecía una persona. Las maneras servían, por una parte, para mantener las distancias y, por otra, como distintivo. Así, los de clase inferior trataban siempre de amoldarse al saber estar de los de las superiores.
¿Son, pues, las reglas de cortesía un puro lujo, algo superficial de lo que podríamos prescindir actualmente con toda tranquilidad? La compostura surge siempre por una relación práctica, pero pierde su significado cuando se vacía de contenido. Hoy, cuando una pareja camina por la calle, no importa si el hombre va a la izquierda de la mujer. Hace cien años, sin embargo, tenía su sentido: era para que el sable que el varón llevaba a su izquierda no importunara a la dama.
El término buenos modales no implica poses anticuadas, sino más tacto en el trato social. "En síntesis -afirma el psiquiatra Enrique González Duro- se trata de un pacto implícito: no de imponer, sino de asumir el respeto a los demás. Si tenemos en cuenta que cada vez estamos más apretados en este planeta, guardar las formas se convierte en una pura necesidad para poder sobrevivir. La emigración extranjera es cada vez más un problema en aquellos países del Primer Mundo donde el espacio escasea de forma real o incluso sólo imaginaria. Allí las agresiones se producen con facilidad. Las buenas maneras, por el contrario, son una invitación a la integración. A este respecto, Lope de Vega (1562-1635), nuestro Fénix de los Ingenios, afirmaba ya en su obra Fuenteovejuna: "Es llave la cortesía para abrir la voluntad, y para la enemistad, la necia descortesía".
Los antropólogos han ido desarrollando las teorías más dispares sobre el comportamiento de nuestros antepasados. Hubo un tiempo en que se pensó que los hombres primitivos habían llevado una vida totalmente paradisiaca, libre de las ataduras de las convenciones sociales. Luego se les consideró caníbales, no mucho mejores que animales. Más tarde, aquella salvaje existencia pasó a reglamentarse y quedó encasillada en un sinfín de conceptos mágicos.
El antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942) corrigió estas opiniones. Sus investigaciones revelaron que el motor de los diversos rituales no era tanto la superstición colectiva como las razones de tipo práctico. Por ejemplo, en las islas Trobriand, al noreste de Nueva Guinea, el investigador descubrió que los pescadores dependían de las verduras que cultivaban los agricultores, mientras que a éstos les pasaba lo mismo con las capturas de los hombres del mar.
De esta forma, el trueque entre ellos se vio envuelto en un ceremonial de estricta observancia. Pescadores y campesinos se revelaron especialmente diestros en la defensa de sus intereses, convirtiéndose en expertos tesoreros y contables. Además consideraban "ridícula, grosera y una torpeza social" cualquier infracción de los buenos modales y creían que la generosidad era de buen gusto. Malinowski escribió: "Para ellos, el reparto de regalos y la entrega de excedentes es una prueba de riqueza y de poder que incrementa el prestigio del donante".
La evolución desde el egoísmo hacia el altruismo, esto es, hacia una mayor consideración hacia los demás, forma la base de los buenos modales. Esto queda claramente de manifiesto cuando repasamos la historia de la inocencia humana. Sir George Frazer (1854-1941), otro antropólogo, escribió en su libro "La rama dorada" que los salvajes se adecentaban de vez en cuando y mantenían su entorno limpio, no debido a su pasión por la higiene, sino porque temían que un enemigo pudiera robar sus cabellos, sus uñas cortadas e incluso sus inmundicias para luego utilizarlas en rituales mágicos.
Con todo, la progresiva civilización no volvió más limpia a la gente. Si bien es cierto que existían baños públicos en Grecia, Roma e incluso en ciertos lugares durante la Edad Media, éstos fueron considerados focos de infección e inmorales en el siglo XVI. En la corte de Luis XIV, la gente no se lavaba nunca. En el mejor de los casos, se frotaba el cuerpo con algodón empapado en aguardiente. Y, en lo referente a las necesidades fisiológicas, la duquesa de Orleans escribió en 1702 que no podía abandonar su alcoba sin encontrar a algún cortesano orinando en el corredor.
La actitud hacia la higiene fue variando poco a poco en los siglos siguientes hasta dejar de ser inmoral o peligrosa. No obstante, se creía que el agua fría era nociva para la piel, además de posible causante de neuralgias. Por escritos del siglo XIX sabemos que a partir de entonces la gente se volvió a lavar con frecuencia, fundamentalmente por respeto a los demás.
Así pues, cuando renunciamos a meternos el dedo en la nariz o vamos de visita con algún regalo, podemos considerarnos educados. No obstante, la sociedad actual es menos exigente que la de épocas anteriores y cada uno puede hacerse más o menos unos modales a medida. De todas formas, el que no acepte unas reglas mínimas de cortesía deberá estar dispuesto a asumir la soledad o la marginación. Imagínese que se encuentra con una amiga de aspecto pálido y agotado. ¿Qué le diría? "¡Tienes un aspecto deplorable!", no le diría nada o forzaría un "¡qué bien te veo hoy!". Probablemente, llegado el momento, los fanáticos de la verdad prefieran callarse.
La cortesía fomenta en el prójimo la autoestima, le ofrece oportunidades de evolucionar y le permite aproximarse con mayor facilidad a una imagen positiva de su persona. Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) lo dijo bien claro: "Cuando tomamos a la gente sólo como es, la hacemos peor; cuando la tratamos como si fuera lo que debería ser, la inducimos a superarse". Al elogiar a alguien, estamos demostrando que, como seres sociales, dependemos del aprecio del prójimo, valorizando con ello no sólo a los demás, sino también a nosotros mismos.
Aquí se podría objetar que un gesto fingido de cortesía equivale a una mentira. A mediados del siglo XVII se decía que "un cumplido sincero debe salir del alma para que las palabras produzcan su efecto". sin embargo, los buenos modales y la ética comenzaron a distanciarse durante el proceso de secularización. El escritor francés Jean de la Bruyerè (1645-1696) se quejaba así de que la etiqueta iba prescindiendo paulatinamente de un mayor número de valores humanos: "La cortesía hace aparecer al hombre por fuera como debería ser por dentro". Los soberanos en guerra se aprovechaban de la diplomacia para sellar alianzas que luego quebrantaban, y el resultado era que miles de soldados se aniquilaban entre sí. La historia reciente nos muestra también a dónde conducen los buenos modos carentes de humanidad.
Al parecer, Hitler hacía gala de un tremendo encanto y de unos exquisitos modales, todo lo cual no le impedía enviar a la muerte a millones de personas. De hecho, aquéllos que combinan una fría crueldad con unas soberbias maneras padecen una alteración de la personalidad especialmente peligrosa. Para contrarrestarla y tener éxito se especializan en la cortesía. En 1933, Hitler había conocido a un hombre al que casualmente volvió a encontrar cinco años más tarde. El Führer se acordaba de determinados detalles y le preguntó por la salud de su esposa. No es de extrañar que el buen señor quedara fáscinado por la memoria y la atención del dictador. Vemos, por consiguiente, que con la mera apariencia se puede crear en el receptor la sensación de ser estimado.
Por otra parte, el que llenemos la forma de contenido depende de nosotros mismos. Seguramente no existe persona alguna en la que no pueda hallarse algo bueno. Con esta visión, Charles Schwab, presidente de la United States Steel Company ganaba ya en 1921 un millón de dólares al año. Schwab dijo de sí mismo: "Creo que mi mejor virtud es la cualidad que tengo de fascinar a la gente. Mediante el reconocimiento y el estímulo se ponen en funcionamiento las fuerzas más positivas de la persona. Por el contrario, nada mata tanto la ambición como la crítica de los superiores. Estoy convencido de que hay que estimular a la gente para que trabaje. Por eso me gusta tanto alabar como me disgusta censurar".
Retrocedemos ahora al Barroco, entre los siglos XVII y XVIII, una época en la que la cultura de los modales disfrutaba de una extraordinaria aceptación y que activó la regulación de casi todas las formas de comportamiento. Fueron muchos los autores conocidos que se dedicaron con interés a esta cuestión. Había acabado la guerra de los Treinta Años. Alcanzar una sociedad pacífica quedaba todavía lejos y la gente estaba embrutecida. Tras el auge de los ritos de urbanidad se ocultaba el anhelo de vivir la utopía de una paz duradera, aunque sólo fuera en el terreno del juego social. Casi todo era digno de ser reglamentado: la caza, la guerra, los juicios, el comercio o la misma ejecución.
Los buenos modales estaban presentes en todas las esferas, incluso en las más íntimas. En el siglo XVIII, una mujer a punto de dar a luz pidió la presencia de una comadrona. Se envió entonces a un mensajero que realizó un cumplido de súplica de nueve líneas un impresas. Cuando la partera entró en la casa, fue recibida por el futuro padre con un cumpildo de bienvenida, igualmente de nueve líneas impresas, al que ella respondió con otro de ocho líneas. Nacido el bebé, el padre expresó las gracias a su mujer por haber aguantado los dolares del parto y por haber traído la bendición al matrimonio, le deseó fuerzas para pasar la cuarentena y una feliz crianza del hijo. La mujer si no estaba extenuada también respondía. Asimismo los matrimonios con relaciones menos armoniosas recurrían a la cortesía para evitar, o al menos canalizar, posibles conflictos.
Varios mundos separan nuestra época del Barroco. Sólo mirar atrás puede producirnos escalofríos. No obstante, para evitar una guerra como la librada por Michael Douglas y Kathleen Turner en su matrimonio cinematográfico de "La guerra de los Rose", los casados deben establecer sus propios rituales. Un pequeño ejemplo positivo: ella anuncia que va a hacerse un café, pero suena el teléfono y no puede ir a la cocina. El a escuchado su deseo, hace el café y se lo lleva al teléfono, a lo que ella reacciona con un cumplido de agradecimiento moderno: "¡Qué detalle! ¡Muchas gracias, cariño!". Es muy importante esta prueba mutua de consideración en las relaciones, especialmente en las prolongadas, siempre que los dos participen en la misma dinámica. Si él llega con el café y ella reacciona con un "Ya era hora de que se te ocurriera tener un detalle", todo se viene abajo, y él perderá las ganas de ser amable.
De hecho, los niños adoran las formas, porque, en medio de tantas cosas todavía desconocidas, les transmiten señales que les permiten aumentar su comprensión. Ayudan también a los que padecen algún tipo de trastorno mental, dolencia que, según médicos y psicólogos, está incrementándose por la falta de orientación humana que sufre nuestra sociedad.
Para el filósofo alemán Theodor W. Adorno, quien, entre otras cosas, se ha ocupado del significado de la cortesía, el trato descuidado y marcadamente materialista de la época de posguerra en su país ha sido síntoma de unas relaciones sociales enfermizas. Adorno veía en ello el resultado de la falta de humanidad ocasionada por las presiones de la era industial. El filósofo pensaba que las fórmulas de cortesía dejaban mayor espacio para una utopía más digna.
El psiquiatra Enrique González Duro opina también que, dada la poca tradición democrática española, al terminar con la dictadura en nuestro país se confundió con frecuencia la libertad con la falta de respeto cívico. Los buenos modales nunca están de más y es preciso acabar con muchas de las manifestaciones de grosería que se dan actualmente, confundidas con un estilo de vida más libre y antiautoritario.
A pesar de todo, desde mediados de los años ochenta tanto los libros como los cursillos sobre reglas de urbanidad y usos sociales están experimentando un éxito sorprendente. No es extraño, los medios de comunicación bombardean continuamente a niños y jóvenes con modelos conflictivos, no con esquemas positivos de convivencia humana, haciéndolos
más violentos. Los políticos nos engañan, se involucran en escándalos y después pretenden no haber hecho nada. Son muy pocos los que cometen un error y luego se disculpan.
Una regla de oro que casi nadie recuerda en nuestms días perduró durante miles de años en distintas religiones del planeta: "Pienso en ti como quiero que pienses en mí, hablo de tí como quiero que hables de mí, me comporto contigo como quiero que lo hagas conmigo". Según Ángel Amable, autor del libro Manual de las buenas maneras, "gran parte de las ceremonias más usuales en la vida de una persona están unidas a -cuando no provienen de- la religión, gran configuradora de toda suerte de ritos sociales".
Muchos psicólogos recomiendan a sus pacientes que se quieran más y no se menosprecien tanto, lo que significa lo mismo que está escrito en la Biblia: "Ama al prójimo como a ti mismo". Porque los buenos modales, tanto con nosotros mismos como con los demás, son contagiosos como la gripe. Y la cortesía es, como ya constató Baltasar Gracián en el siglo XVIII "una especie de brujería que conquista el favor de todos".

Laura Castaño
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